Guillem Bota opina sobre la entrevista de Jordi Basté a Puigdemont en La2Cat
Todos los presidentes de Jordi Basté
"Al encender la tele y ver el casoplón donde vive Puigdemont, me entraron ganas de ser un exiliado de ese mismo estilo, menudo lujo. Hasta que caí en la cuenta de que cualquier día llaman a la puerta y es Basté, que viene a darte la tabarra, tratando de 'president' a todo el mundo"
Uno se pregunta por qué razón Jordi Basté llama president a un tipo que no preside nada, y llega a la conclusión de que seguramente Basté llama president a todo el mundo, hasta a sus amigos, a su padre, a un taxista y al frutero. Es una enfermedad de carácter psicológico, una especie de complejo de inferioridad que hace que el pobre se dirija a los demás con ese cargo, para realzar su propia insignificancia, aunque no precisamente física.
No es una enfermedad grave, por lo menos no en el sentido de que sea letal, pero sí preocupante, sobre todo para sus amigos y familiares: imagínense ir a cenar de restaurante con Jordi Basté y que, cuando viene el camarero a tomar nota, le precise: "El filete lo quiero poco hecho, president".
Fue en el último Pla seqüència, un programa totalmente prescindible de La2Cat, como casi todos, cuando Cataluña entera percibió ese trastorno en Basté. Hasta ahora eran solo rumores, uno se niega a creer que alguien a quien has apreciado en la lejanía pueda padecer esa extraña enfermedad, pero ahora ya no sirve de nada negarnos a ver la realidad.
Se fue el periodista a Waterloo a —como es preceptivo— lamerle el trasero al fugado y amnistiado Puigdemont, y no dejó de llamarle president, hasta el punto de que tuve que preguntar a la IA si, para distraerse un poco de tantos años de vida ociosa y despreocupada, Puigdemont se había puesto a presidir alguna cosa, un club de lectura o una asociación ornitológica, la que fuese.
Resultó que no, que hasta una presidencia simbólica es demasiado trabajo para quien está acostumbrado a no pegar sello, lo cual, tristemente, confirma la patología de Jordi Basté: cree que, excepto él, todo el mundo es presidente.
Triste sino el de quien fue estrella de la radio. Llamar president a Puigdemont puede admitirse si es para reírnos de él, eso lo hace mucha gente y además reírse es muy sano. No pasa nada, también los hay que llaman sire a los internos psiquiátricos que se creen Napoleón o catedrático al tonto del pueblo, siempre como cachondeo, aunque en el fondo sea cruel. Pero llamarle president en serio, casi ejecutando reverencias como vimos que hacía Basté sin asomo de rubor, por fuerza ha de obedecer a algún trastorno psicológico del entrevistador, eso no es normal.
Lo peligroso es que el otro, el que vive en Waterloo, no está tampoco muy bien de la azotea, con lo que a fuerza de oír que le llaman president igual se termina creyendo que preside algo, y a ver qué le encontramos después, para que lo presida un poco y deje de dar la brasa.
El trastorno de Basté, además de molesto, suele crear incertidumbre. Llamando president a todo el mundo, incluyendo al pelagatos que dejó tirados a sus socios y amigos mientras huía escondido, provoca que a su alrededor reine la confusión. Imagino el caos que habría en el palacete de Waterloo cuando el presentador y director del programa daba instrucciones al equipo de rodaje.
- Necesito más iluminación aquí, president —le ordenaba al jefe de fotografía—.
- Y a mí qué me cuentas, Basté, yo pensaba que solo venías a entrevistarme —respondía Puigdemont.
- No es a usted, president, es al otro president —se disculpaba Basté
- ¿Me lo dices a mí, Jordi? Yo soy el cámara, esa no es mi función.
-No, president, tampoco era a ti, se lo decía a aquel president.
Al encender la tele y ver el casoplón donde vive Puigdemont, me entraron ganas de ser un exiliado de ese mismo estilo, menudo lujo. Hasta que caí en la cuenta de que cualquier día llaman a la puerta y es Basté, que viene a darte la tabarra, tratando de president a todo el mundo. Un peaje demasiado caro, aunque sea a cambio de vivir como un pachá.