Si la seguridad en Barcelona es siempre una patata caliente, con el anuncio electoral para el próximo mes, ese debate adquiere una dimensión mucho mayor.
El conseller de Justicia, Ramon Espadaler, afirmaba esta pasada semana que Cataluña estaba registrando pasos de gigante en la lucha judicial contra la multirreincidencia. Indicaba en Metrópoli Abierta que la espera de un juicio rápido para juzgar a multirreincidentes se había acortado de 14 a 7 meses, un avance que al ritmo anterior de mejora hubiera supuesto tener que esperar 28 años para conseguirlo.
Espadaler es un político sensato y honesto, y entiendo su alegría por constatar avances significativos en un área tan sensible para los ciudadanos, especialmente para los barceloneses. El problema es que la sociedad actual está aquejada de tantos males que no basta con buenas soluciones. El último año ha registrado un incremento notable en la lucha contra el delito, por los acuerdos con el Gobierno y la activación del número de jueces destinados a combatir ese tipo de delitos.
La ciudadanía, no obstante, con el panorama habitual en las calles, pide, exige y clama por una situación todavía más de choque que la que se vive en la actualidad. Siete meses de espera en los juicios rápidos es inaceptable. Es cierto que no se pueden fabricar jueces de un día para otro, pero la trascendencia del delito en Barcelona es tan severa que la administración central tendría que haber dado una salida más favorable desde hace años y no lo ha hecho.
El candidato popular en Cataluña para los próximos comicios, el aguerrido Xavier García Albiol, no ha desaprovechado la oportunidad para vaciar la santabárbara y ofrecer a los catalanes soluciones drásticas. Cambios legales de calado que permitan ofrecer soluciones que las compra un número muy elevado de ciudadanos, sean ideológicamente próximos a los partidos de derechas o, simplemente, personas preocupadas por su seguridad.
Albiol señaló este fin de semana que, ante el multirreincidente, la receta será drástica: el español, a la cárcel; el extranjero, expulsado. Esa manera de pensar, por mucho que determinados sectores de la ultraizquierda la encasillen en el fascismo moderno, rezuma tanto sentido común como tontería los planteamientos buenistas. No debería ser patrimonio exclusivo de la derecha tal afirmación, pero el miedo a que el mundo woke cancele por racista al autor de una afirmación como esa ha dejado ese tipo de actitudes que demanda la sociedad solo en manos de políticos valientes.
Hay situaciones en la calle que deben resolverse con determinación, sin agua templada. Cercenar el caldo de cultivo que fomenta el robo en las calles, y otros delitos de mayor enjundia, es una de ellas.
Con juicios más rápidos se podrá limpiar las calles al primer atisbo de multirreincidencia y evitará que la actividad policial, esa de detener a un tipo un día sí y al siguiente también, se convierta en una acción estéril y absurda porque a las pocas horas vuelven a la calle.
