Pese a los momentos, tal vez muchos momentos, de melancolía, el próximo regreso de Puigdemont a España, plenamente amnistiado, es, en términos de formación de la personalidad y del destino, un verdadero, indiscutible triunfo.

Triunfo sobre la ley y sobre los jueces, triunfo sobre su detestada España que, por decisión personal del presidente del Gobierno, prácticamente no sólo le absuelve de sus pecados sino que, además, le pide perdón.

Ese triunfo ya empezaba a mostrar sus perfiles con las continuas visitas de ministros y ex presidentes del Gobierno que peregrinaban a Waterloo para atender a sus exigencias políticas y penales y discutir con él sobre votos y formaciones de Gobierno. Algunos de esos mensajeros, por cierto, ya están en la cárcel o a punto de ingresar.

Triunfo, también, sobre su previsible destino, que era pasar a la historia como un agitador más bien primario que tuvo que purgar sus errores con unos años de cárcel, como sí han hecho algunos de sus más íntimos colaboradores.

En lugar de ello ritorna vincitor. Cierto que en la aventura ha perdido el poder de la Generalitat, pero puede intentar recuperarlo —aunque pueda parecernos improbable, cosas más extrañas se han visto en estos últimos tiempos—. Y cierto que su partido político se ha desmochado, pero eso no debería preocuparle, pues su trayectoria personal le eleva por encima de las luchas partidistas y de sus avatares sin grandeza.

Si la suerte, o algún otro giro extraño de los acontecimientos, no quiere devolverle nunca al Palau de la plaza de Sant Jaume, ni volver a presidir conspiraciones de Govern bajo el desagradable cuadro de Tàpies, por lo menos tendrá el considerable consuelo no tener que ocuparse nunca más de ganarse el pan como el común de los mortales: como jubilado de la presidencia de la Generalitat, disfrutará de una jugosa sinecura hasta el fin de sus días, con despacho, secretaria, coche oficial, etcétera.

Además, sus sucesores en el cargo no han tenido los arrestos de retirar a su esposa, Marcela Topor, del programa televisivo, en la televisión pública, tan bien pagado aunque sus índices de audiencia sean menos que cero. Pequeña corruptela. Pelillos a la mar. Será por dinero.

Vuelve Carles Puigdemont a los 62 años, y “las nieves del tiempo platearon su sien”, pero llevando consigo una historia única y rocambolesca. Lo llamo “destino”. Un periodista mediocre de la prensa de provincias, dotado de una formación, unos conocimientos y una cultura básicas, gracias a una serie de carambolas asciende al poder en su país. Como estaba mal preparado, monta un lío de mil demonios, causa la desgracia de los suyos y tiene que darse a la fuga.

A partir de entonces vive en un exilio dorado en una de las ciudades más importantes de Europa. Diez años después, regresa a casa, convertido en figura. Y todavía no es tan mayor que se pueda decir que ya ha escrito el último capítulo de su vida pública.

Añádase a eso la experiencia de haber vivido estos últimos diez años en las afueras de Bruselas, años que tienen que haber sido un manantial de experiencias y sorpresas muy formativas. Otras costumbres, otras gentes, otras formas de relacionarse, otros paisajes.

Ahora, el que fuera un gañán de Amer se ha convertido en un hombre viajado, madurado por la adversidad, cargado de recuerdos de un país lejano, que vuelve a casa, no como los exiliados del franquismo, procurando pasar lo más desapercibidos posible, sino, como quien dice, a lomos de un caballo blanco.

De las amenazas de la señora Colau, que le advierte de que “tendrá problemas para caminar por Cataluña” —con motivo de la negativa de Junts a aprobar los decretos sobre vivienda— debe de estar riéndose.

No cabe descartar tampoco la posibilidad de que, tras pasar unos meses entre nosotros, tras celebrar unos cuantos banquetes de reencuentro con los viejos amigos, tras recuperar el contacto con Amer, Gerona y Barcelona, todo esto le parezca un poco aburrido, y un buen día decida volverse a Bruselas.

En tal caso, para que no parezca la suya una decisión egoísta, dictada por el interés personal, siempre cabe el recurso de decir que se vuelve al exilio y que no piensa volver “hasta que Cataluña sea libre”, o algo así.