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Jordi Mercader opina sobre la visita de Felipe VI a Ceuta y Melilla

Jordi Mercader opina sobre la visita de Felipe VI a Ceuta y Melilla Fotomontaje CG

Pensamiento

El Rey, en África

"Sus majestades protagonizan una escenificación de Estado para evitar que cunda el pánico y el desánimo entre los habitantes de Ceuta y Melilla, asustados por la invasión de marroquíes de finales de julio, disfrazada de crisis inmigratoria"

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Felipe VI y su esposa, la Reina, visitan por primera vez en su reinado Ceuta y Melilla, las dos ciudades de soberanía española enclavadas junto a Marruecos. Incluso se quedarán a dormir en Ceuta, detalle glosado a destajo por las voces monárquicas como un hecho histórico de trascendencia inconcreta.

El objetivo de la visita no tiene secreto. Se trata de proclamar la españolidad de las dos ciudades y subrayar la importancia de la reciente declaración de los responsables de la Unión Europea al considerar ambos territorios como la frontera del sur de Europa.

Un apaño para ir tirando. Sus majestades protagonizan una escenificación de Estado para evitar que cunda el pánico y el desánimo entre los habitantes de estas ciudades autónomas, asustados por la invasión de marroquíes de finales de julio, disfrazada de crisis inmigratoria.

El Rey de Marruecos se ha quejado, pero poco, de estas presencias reales. Su reclamación de estas ciudades como parte de su país es conocida y seguramente también podría aportar alguna declaración de la Unión Africana, asegurando que estas ciudades son la frontera del norte de África.

Una manera como otra de ganar tiempo por ambas partes, que ahora mismo dan prioridad a las ventajas de una buena relación vecinal en beneficio de los intereses compartidos. No se espera ningún incidente diplomático durante esta visita, más allá de algún comunicado oficial del Gobierno marroquí recordando lo obvio o una invitación del ministro de Exteriores al embajador español en Rabat para tomar café y comentar lo acontecido.

El actual equilibrio de fuerzas internacional permite pensar que Felipe VI no deberá vivir el desenlace de esta disputa territorial en el norte de África, como tampoco deberá sufrir la secesión de Cataluña, salvo catástrofe institucional autoinfligida.

Estas apocalípticas eventualidades no se intuyen como previsibles a corto y medio plazo, a pesar de la insuperable división política imperante en España y la temeraria inconsistencia de los dirigentes que se avecinan.

Su majestad puede dormir tranquilo, sea en Ceuta o en La Zarzuela. Su heredera, quizás no tanto. Todo dependerá de las tensiones de política interna que deban administrar Mohammed VI o sus herederos.

El futuro de Ceuta y Melilla no está en manos de España. No nos engañemos. La historia contemporánea se mueve en dirección contraria a los intereses españoles en estas plazas. Tampoco es imaginable un acto de fuerza de la corona alauita (muy diferente de la entrada de julio) para acelerar un destino que solo debería confirmarse a partir de una negociación larga y complicada sobre derechos adquiridos por los descendientes de generaciones de residentes y las expectativas de la integridad nacional del Estado reclamante.

Todo llegará, aunque no sepamos cuándo. Marruecos tiene poca prisa por entablar formalmente el conflicto y España no tiene ninguna. Ni parece que nadie en el mundo esté dispuesto a tolerar la apertura de un frente de inestabilidad en el norte de África, justo cuando el paso del estrecho de Gibraltar está recuperando un valor geoestratégico olvidado desde hace décadas gracias al aventurismo de Donald Trump en el Golfo Pérsico.

La integridad territorial de los estados es un derecho que no solo será esgrimido por Marruecos en su momento, también el Estado español lo santificará en cada intento del independentismo catalán de reclamar un Estado propio.

Los protagonistas del procés que quedó en nada y han sido amnistiados por razones ajenas a la fuerza de su movimiento no están legitimados ni a ojos de los soberanistas para repetir jugada. Sin embargo, llegarán otros dirigentes, tal vez más tarde que pronto, pero lo harán y, en aquel momento, el respeto que exhiba España por la integridad territorial de Marruecos tendrá su relevancia frente a la comunidad internacional cuando lo maneje para negar las aspiraciones de los separatistas catalanes.