No parece mala estrategia la de mandar a Madrid toda la morralla política catalana, el problema es que no sé si va a caber.

Con este método nos libramos en Cataluña de Míriam Nogueras y su pandilla, Rufián tiene ganas de seguir alargando sus 18 meses hasta que se conviertan en 18 años aunque sea apuntándose a un frente de izquierdas bien poco independentista, y ahora le toca el turno a Ada Colau.

Pocos años atrás, nuestra chatarra política iba a Madrid solo cuando lo requería la Audiencia Nacional, y además viajando en furgón policial, lo cual tampoco era una mala manera de quitárnoslos de encima por unos años.

Los tiempos han cambiado y ahora van a Madrid engañados, pensando que forman parte de una estrategia política, cuando en verdad es una artimaña para perderlos de vista. Y allá se las apañen los madrileños. A ver si tenemos suerte y cuando Puigdemont regrese le ofrecen desde la capital algún cargo, aunque sea de subsecretario en un ministerio o de ujier en las Cortes.

Ver estos días en los medios a Ada Colau, o a la caricatura de sí misma en que se ha convertido, convencida de ser la líder que necesita la izquierda española, no deja de ser enternecedor.

Puesto que ella misma es consciente de que tras su paso por la alcaldía de Barcelona no podría engatusar ni a un puñado de catalanes para que la votaran, conserva la esperanza de que más allá del Ebro quede alguien que no haya oído hablar de su liliputiense talla política y de su nula capacidad de gestión.

Si, como parece, esa cosa llamada Frente Amplio viene a ser un Podemos con otro nombre, será el sitio ideal para quienes entiendan la política como una suma de proclamas vacías, gestos demagogos e ignorancia supina. Ahí no puede faltar Ada Colau.

Tengo para mí que, para los políticos catalanes, hacer política en Madrid es como para los cantantes españoles de los años setenta del siglo pasado hacer giras por Latinoamérica.

Hombres y mujeres que en España no llenaban ni una sala de fiestas de pueblo con sus canciones pasadas de moda, regresaban de la gira jurando y perjurando en todas las entrevistas que habían triunfado a lo grande, que en América llenaban estadios y eran auténticos ídolos de masas.

No teníamos más remedio que creerles, claro, porque América quedaba muy lejos y además, qué pereza ponerse a averiguar si lo que contaban era cierto o se habían pasado cinco meses tocando el piano en un burdel de Acapulco.

Los políticos que han fracasado en Cataluña también se marchan a Madrid con la intención de regresar de vez en cuando a contarnos el prestigio de que gozan en España y lo respetados que son allá donde vayan.

Lo que ocurre es que Madrid está aquí al lado y, además, las comunicaciones no son las mismas que hace medio siglo, así que todos sabremos que siguen siendo igual de inútiles aunque estén 600 quilómetros más lejos de nosotros, detalle que nos place, y más nos placería si fuesen 6.000. Si trabajan de pianistas en un burdel tendremos hasta las imágenes, el siglo XXI es así.

Colau alcanzó su techo político y laboral cuando se disfrazaba de superhéroe antidesahucios, uno la veía y comprendía que aquella mujer había nacido para pasearse en malla por las calles, gritando insensateces. Y para absolutamente nada más.

Gestionar la cosa pública le venía varias tallas grande, como demostró con creces años más tarde en Barcelona. Confiemos que en Madrid no tengan noticia de la tierra quemada que deja allá por donde pasa, y que si les asegura que es la líder que necesitan, sean tan crédulos como nosotros con los cantantes melódicos que se iban a hacer las américas. Y que se la queden, sobre todo, que se la queden.