Las quinielas sobre los jefes de filas de los diversos partidos para concurrir a las elecciones generales del 29N están agitando los tendidos. Un nombre ha tomado cuerpo en los últimos días como probable estandarte de su formación y ha disparado la preocupación de las almas sensibles. Me refiero al ofrecimiento de Ada Colau por liderar el espacio ultraizquierdista denominado Frente Amplio.
Colau gobernó ocho años en Barcelona y dejó a la poderosa capital catalana tiritando. Secó de ideas y de proyectos a la ciudad, impuso sus ensoñaciones —algo que podría ser admisible solo cuando uno alcanza la mayoría absoluta— y abandonó el barco dejando a Barcelona con menos músculo que un tipo que no ha pisado el gimnasio en su vida.
El compañero de viaje de Colau en Madrid parece ser que finalmente será Emilio Delgado en lugar de la candidata Mónica García, la ministra de Sanidad, que ha peleado sin suerte con más determinación de la que ha tenido en el gobierno, tras dejar a la sanidad española esperando una ambulancia medicalizada por un severo riesgo vital.
Debe ser duro fracasar en tus cometidos y tener que buscarse la vida y pelear por tratar de mantener un estatus confortable. Ni a los representantes de la ultraizquierda les parece agradable abandonar las prebendas de la moqueta oficial. Colau lo hizo tras ser descabalgada en el Ayuntamiento de Barcelona y, tras anunciar que no puede pagar su alquiler, ahí está en la pole para ocupar un puesto que Gabriel Rufián tenía a tiro pero que no se ha decidido a ocupar.
Colau debe desear volver a contar con fondos suficientes para no vivir como un paria. Algo de eso debía sentir también cuando se postulaba Mónica García, sabedora de que tras sus desmanes su tiempo se acaba. Veremos si el Frente Amplio hace honor a su nombre o si, por el contrario, las luchas intestinas de la izquierda desembocan en un fracaso de concentración.
Donde no se espera una confraternización entre las fuerzas de izquierda es en la lucha de los candidatos de Barcelona para las elecciones generales. Si se confirma la opción del PSC en la figura de Jordi Hereu se barrunta un duelo áspero, sin floretes florentinos. No hay dirigente de izquierdas más de orden que Hereu. No hay política menos apegada al orden que Colau, al menos de las que han tenido responsabilidades.
El duelo invita a hacer acopio de bolsas varias de palomitas para ver cómo dos formaciones que se necesitan se picotean como en una pelea de gallos. El duelo de alcaldables será majestuoso con la incorporación de Xavier García Albiol, si finalmente es el elegido para representar al PP por la demarcación de Barcelona. Pocos pelos en la lengua y lenguaje directo.
Si Luis Martín-Santos escribió el magnífico libro Tiempo de silencio, estos comicios prometen rock and roll. Con decibelios. Muchos decibelios.
