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José Antonio Bueno opina sobre las elecciones generales

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Pensamiento

Instinto

"No son de esperar grandes propuestas, sino sólo esfuerzos por movilizar desde la pasión. Nadie aspira a que se vote racionalmente, sino emocionalmente"

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Si algo caracteriza al actual presidente del Gobierno es su impredecibilidad. Pero, en esta ocasión, casi todo el mundo daba por descontado que ahora se daban las mejores circunstancias para que Sánchez convocara elecciones anticipadas, por lo que esta vez no nos ha sorprendido.

Llegar a julio 2027 sería muy complicado, especialmente tras la debacle que podría darse para su partido en las elecciones municipales y autonómicas, donde la “infantería” —usando palabras del presidente García-Page— podría sufrir un voto de castigo destinado al gran jefe.

Tampoco tenía mucho sentido convocar tras una posible derrota en la tramitación de los Presupuestos de 2027, pues sería arrancar con el motor parado y con sensación de fracaso.

Con una izquierda a la izquierda del PSOE en reconstrucción, el PSOE puede aspirar a ser la primera fuerza por número de votos si atrae a mucho votante de ese espacio, aunque es muy complicado que tenga capacidad para formar Gobierno aliándose como hasta la fecha, con todas las fuerzas que no quieren que gobierne la derecha.

Lograr ser los primeros en número de votos, aunque no gobernase, no sería un mal resultado con la deriva actual.

La derecha está movilizada desde hace tiempo, manteniendo un enfado estructural con el gobierno que la mantiene despierta, pero la izquierda no tanto, fundamentalmente desencantada. Probablemente la chispa del desahucio 280.001 desde que gobierna el actual presidente ha funcionado, algo que no había ocurrido con todos los 280.000 lanzamientos anteriores. Enhorabuena a quien puso el ojo en este caso porque se ha sabido mover por tierra, mar y aire.

De momento ya lleva la iniciativa, transmitiendo que no ha hecho más en estos ocho años porque no le han dejado y logrando que se convoque una huelga contra la oposición. No es un mal comienzo de campaña, ni mucho menos.

El acceso a la vivienda es, lo dicen las encuestas, uno de los temas que más preocupan a nuestra sociedad, y desahuciar a una anciana de 87 años, por más que su historia podría tener alguna sombra, puede movilizar a la izquierda tras su referente mundial. Algo que también podrá capitalizar después de la más que probable derrota de los republicanos norteamericanos en las elecciones de midterm de principio de noviembre. Desde luego, instinto no le falta al presidente del Gobierno.

Si la legislatura ha sido bronca, no podemos esperar menos de la campaña electoral que nos viene donde, además, los aliados dejarán de serlo. Las bofetadas entre los otros aliados serán épicas, lo mismo entre los que, probablemente, se alíen en el futuro.

Veremos mensajes de brocha gorda en el tema de la vivienda, pero también en la corrupción, la inmigración o en las cloacas del Estado. Todo ello, por no hablar de lo que se le ocurra a un Junts empeñado, o necesitado, en marcar perfil propio. O del nuevo Sumar o de Podemos, condenados al ostracismo ante un PSOE que irá a recoger todos los votos de su izquierda que pueda.

En este escenario, el espacio más ansiado en el pasado, el centro, quedará empequeñecido y medio huérfano, todos se escorarán hacia los extremos. Lo mismo que en Cataluña el espacio natural de Convèrgencia no lo cubre nadie, en el resto de España tampoco nadie se pelea por el espacio de Ciudadanos, por no remitirnos a la prehistoria con UCD.

El moderado no importa, lo cual es un error de los dos grandes bloques y algo que deberíamos achacar a los grandes partidos. Podemos, Aliança Catalana o Vox crecen no tanto por sus méritos, sino por los deméritos de los partidos de Estado.

Vivienda, economía y emigración se perfilan como los grandes temas que más preocupan a los españoles y, se supone, constituirán el eje de la campaña, además de sembrar el miedo si ganan los otros.

En vivienda hay dos modelos: el intervencionista del mercado, personificado en los ya famosos reales decretos que se han colado por la Diputación Permanente del Congreso —donde el voto de Junts no es decisivo— o la construcción de vivienda protegida.

La verdad es que es necesario reanimar el mercado de la vivienda, porque es innegable que el notable crecimiento de la población española, sobre todo gracias a la inmigración, no ha ido acompañado de un incremento de viviendas, calculándose en casi un millón las nuevas viviendas que hacen falta hoy.

En inmigración, unos vendrán con el buenismo para acoger a todo el que quiera venir, y otros con defender las fronteras, en discursos más emocionales que racionales. No sería tan complicado vincular los dos problemas, vivienda e inmigración, con planes de formación para quienes llegan sin oficio ni beneficio.

No solo hace falta suelo, también hace falta mano de obra en el sector de la construcción, por no hablar del cuidado de los bosques. Tal vez muchos subsidios podrían reconvertirse a formación o incluso empleos públicos.

Y la economía… ahí seguiremos con lo de siempre, estadísticas que ocultan la realidad. Nuestra economía es débil porque nuestro modelo económico lo es. Necesitamos el turismo, sin duda, pero algún día ese maná dejará de fluir y entonces no sabremos cómo reaccionar. España va bien… de momento.

No son de esperar grandes propuestas, sino sólo esfuerzos por movilizar desde la pasión. Nadie aspira a que se vote racionalmente, sino emocionalmente.

Lo más triste es que si Ciudadanos y PSOE se hubiesen puesto de acuerdo en la XIII legislatura, cuando sumaban, probablemente España estaría más centrada y los extremos influirían en la agenda política mucho menos. Pero la historia ya no puede reescribirse y vamos hacia una campaña agria, llena de confrontación, con pocos argumentos, donde el miedo será la cantinela más repetida.

Ojalá sea una campaña leve y la porquería no salpique en exceso.