La semana pasada asistí a una nueva edición del BCN Desperta! organizado por Crónica Global. Fueron tres días de múltiples aportaciones, efectuadas con rigor, en las que se abordaron los problemas y retos clave de la sociedad actual.

Finalizadas las jornadas, y consecuencia de las mismas, mi reflexión evolucionó hacia el mundo en general y hacia Europa en particular, que se encuentra ante una transformación tecnológica que puede determinar su posición económica, política y estratégica durante las próximas décadas.

La inteligencia artificial, el espacio, la robótica, la computación avanzada, las comunicaciones y la ciberseguridad ya no son ámbitos exclusivamente económicos o científicos, constituyen la base de la seguridad y la autonomía de los Estados, o de unión de estados, como es el caso de la Unión Europea.

Por ello, la cuestión a plantearse es: ¿hasta qué punto puede Europa controlar las tecnologías críticas de las que depende su economía, su sociedad y su seguridad?

Durante años, Europa ha construido una economía altamente integrada en las cadenas globales de suministro. Esta interdependencia ha generado importantes beneficios, pero también vulnerabilidades cuando determinados componentes, infraestructuras o capacidades tecnológicas dependen de terceros países.

No hay que aspirar a producir absolutamente todo dentro de Europa, pero en aquellas tecnologías que resultan críticas, Europa no puede quedar estratégicamente condicionada por decisiones tomadas fuera de sus fronteras.

En este contexto, la posición actual de Europa en materia tecnológica está por debajo de sus capacidades y requisitos. Por ello, es cierto que requiere mantener buenas relaciones comerciales, científicas y tecnológicas con Estados Unidos, Asia y el resto del mundo para afrontar problemas globales, pero esta cooperación debe poder hacerse desde una posición de capacidad propia y no desde una dependencia estructural.

Una dependencia excesiva de capacidades externas se convierte rápidamente en vulnerabilidad, cuando una crisis internacional altera el acceso a determinadas materias primas, bienes de consumo, tecnologías o servicios.

La inteligencia artificial es una de ellas, su desarrollo afecta a la industria, la medicina, las finanzas, las administraciones públicas, las comunicaciones, la defensa y la ciberseguridad. Quien controle los modelos, los chips, los centros de datos, el acceso a grandes cantidades de información y las infraestructuras necesarias para procesarla marcará las tendencias y reglas del juego de la economía del futuro.

Por ello, Europa no precisa solo regular, regular una tecnología sin la capacidad de desarrollarla sirve de muy poco, sino que requiere además investigar, convertir sus resultados en productos y servicios, inversión y capacidad industrial.

Algo similar ocurre con el espacio. Los satélites son fundamentales para las telecomunicaciones, la navegación, la observación de la Tierra, la meteorología, la agricultura, la gestión de emergencias y numerosas actividades económicas. También tienen una importancia creciente para la seguridad.

La Unión Europea dispone de capacidades relevantes, pero necesita seguir desarrollando una infraestructura espacial propia, competitiva y resiliente. Los sistemas de navegación, la observación terrestre, las comunicaciones seguras y las capacidades de lanzamiento deben contemplarse como activos estratégicos que van más allá de proyectos científicos o industriales.

El mismo concepto debe aplicarse a la robótica y a los sistemas autónomos. Drones, vehículos no tripulados, sensores, sistemas de vigilancia y plataformas robotizadas están modificando la forma en que se desarrollan determinadas operaciones industriales y las interacciones profesionales o personales.

Europa tiene recursos científicos, económicos e industriales considerables. La cuestión es convertirlos en capacidad estratégica para desarrollar sus propios satélites, sistemas de comunicaciones, tecnologías de inteligencia artificial, capacidades de ciberseguridad, semiconductores, sistemas robóticos y tecnologías energéticas.

Si canaliza adecuadamente sus prioridades, tendrá más margen para decidir su futuro, teniendo en cuenta que hay tecnologías demasiado importantes como para depender completamente de otros.

Europa lo puede hacer si asume que el reto de transformar el conocimiento científico en grandes empresas tecnológicas y en capacidad industrial sigue siendo un desafío que debe afrontar. Es decir, que la inversión en investigación debe ir acompañada de financiación para el crecimiento empresarial, infraestructuras digitales, acceso a capital, formación de especialistas y mercados capaces de permitir que las empresas europeas alcancen una escala internacional.

Pero también requiere avanzar en una mayor capacidad fiscal de la Unión, que le permita disponer de recursos para financiar bienes públicos y proyectos estratégicos europeos como la defensa, la energía, la transición tecnológica, las infraestructuras críticas y la inversión estratégica.

Todo ello implica transferir más competencias a la Unión, acompañándolas de los recursos fiscales necesarios para ejercerlas eficazmente y, al mismo tiempo, reducir su enorme burocracia que frena las iniciativas.

Debería haber pocas dudas de que el siglo XXI no se decidirá únicamente por quién tenga más recursos naturales o más armamento, sino también por quién sea capaz de generar conocimiento, transformarlo rápidamente en tecnología y convertir esa tecnología en capacidad industrial, estratégica y de progreso socioeconómico.