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Fernando Ortega opina sobre el uso de la IA en la agricultura

Fernando Ortega opina sobre el uso de la IA en la agricultura Fotomontaje CG

Pensamiento

La IA también genera polémica en el sector agroalimentario

"La tecnología puede ser una aliada extraordinaria, siempre que complemente (y no sustituya) el criterio y la responsabilidad humana"

Publicada

El pasado fin de semana se abrió una interesante (o interesada) polémica sobre ese compañero fiel e inseparable de nuestras vidas en que se ha convertido la denominada inteligencia artificial (IA).

Seguro que están al tanto de la cuestión. Sam Altman, CEO de la empresa OpenAI creadora de ChatGPT, expresa: "La IA podría salir muy mal, podríamos perder el control del futuro”. Antes de eso, saltó a la prensa la siguiente afirmación: "Los empleados estamos aterrados", advertía un exinvestigador de Anthropic a la BBC.

Estos hechos, junto a un breve debate con un entrañable amigo en redes, aquel que todos tenemos dedicado a la IA en el sector agroalimentario, me han permitido abrir campo para estrenar colaboración con este medio digital.

Y es que la inteligencia artificial ha encontrado en el sector agroalimentario un terreno especialmente propicio para demostrar su utilidad. Ejemplos concretos como la gestión del riego, la predicción de cosechas, la optimización de insumos o la automatización de procesos encajan de forma natural en una actividad que depende de datos, precisión y capacidad de anticipación. En un contexto marcado por la escasez de mano de obra y la presión sobre los márgenes, su adopción avanza con una rapidez inusitada.

Sin embargo, el despliegue de la IA no está exento de debate. En Japón, uno de los países que más han acelerado la digitalización agrícola, se ha iniciado un experimento que ha generado inquietud: explotaciones donde la IA no solo asiste, sino que dirige; y donde las personas ejecutan instrucciones sin responsabilidad directa sobre los resultados.

De forma casi inmediata, me surge la cuestión: la IA no solo puede mejorar la agricultura, sino que debemos configurar qué papel debe ocupar en la toma de decisiones.

Entrando en detalle, resulta que el Gobierno japonés ha habilitado zonas especiales en Hokkaidō para impulsar su automatización dentro de un entorno agrícola:

  • Tractores autónomos sin conductor.
  • Drones de fumigación sin supervisión humana.
  • Sistemas de IA que gestionan ciclos de cultivo, invernaderos y maquinaria.

En este tercer punto surge el experimento más polémico: explotaciones donde la IA actúa como “director técnico” y los trabajadores se convierten en ejecutores de instrucciones.

Añado un factor importante. Y es que la IA falla y su impacto es real (hay algunos ejemplos). Aunque la IA aporta eficiencia, también puede cometer errores graves:

  • Un agricultor perdió 25 acres de sésamo tras aplicar un tratamiento recomendado por un algoritmo que interpretó mal los datos.
  • Otro vio arrasadas 10 hectáreas en una noche por una decisión errónea del sistema que controlaba riego y fitosanitarios.


En ambos casos, los agricultores siguieron instrucciones confiando en la precisión del sistema. El resultado fue devastador.


Y aquí es donde continúo con mi duda: si la IA decide y el humano ejecuta, ¿quién responde cuando la IA se equivoca?

Entramos en el campo de las implicaciones éticas y de gobernanza.

El experimento japonés plantea cuestiones relevantes para el sector:

  • Responsabilidad difusa: ¿quién asume las consecuencias económicas o ambientales?
  • Desprofesionalización: la agricultura es conocimiento y experiencia; reducir el rol humano a la ejecución puede erosionar ese valor.
  • Dependencia tecnológica: una explotación dirigida por IA es eficiente… hasta que deja de serlo.
  • Transparencia algorítmica: los sistemas no siempre explican por qué recomiendan una acción.

¿Hacia dónde debe evolucionar el sector?

La IA será clave en la agricultura del futuro: optimización de recursos, reducción de mermas y mayor precisión. Pero el experimento japonés muestra que el debate no es solo tecnológico, sino social y de gobernanza.

El futuro del campo no debería ser IA contra agricultores, sino IA con agricultores.

La tecnología puede ser una aliada extraordinaria, siempre que complemente —y no sustituya— el criterio y la responsabilidad humana.

El debate está abierto, la solución es compleja, y seguramente no será única. La IA es una herramienta, y con esa clara practicidad debemos usarla. Ahora bien, la decisión debe ser de las personas, llevando implícita la asunción de responsabilidades. Inhibirse o delegar en algoritmos no es admisible, los límites los fijamos y asumimos los humanos.