La presencia de Shanghái como ciudad invitada durante las fiestas de la Mercè tiene un significado que va mucho más allá del intercambio cultural.
Barcelona y Shanghái están hermanadas desde hace más de veinticinco años y, en esta ocasión, la Cámara de Comercio de Barcelona y el Ayuntamiento han recuperado, junto con sus homólogos chinos, una vieja y necesaria tradición: construir puentes económicos y culturales entre ciudades.
La elección de Shanghái resulta especialmente oportuna. Mientras Barcelona debate sobre límites, China continúa avanzando con una enorme capacidad de planificación, inversión y ejecución.
Hace unos años, China venía a aprender de nosotros. Hoy, en muchos ámbitos, somos nosotros quienes deberíamos aprender qué están haciendo ellos.
El reciente debate sobre la industria europea del automóvil, con el ejemplo de Volkswagen frente a BYD, es suficientemente ilustrativo.
Pero no se trata únicamente del automóvil. China está concentrando esfuerzos en ámbitos estratégicos como los circuitos integrados, la inteligencia artificial, la biomedicina, las baterías o las nuevas tecnologías.
Europa dispone de capacidades importantes —también Barcelona y Cataluña—, pero necesita convertirlas en proyectos, inversiones y empresas capaces de competir globalmente.
Más allá de las cifras, que por tamaño y escala son difícilmente comparables, existe una diferencia especialmente relevante: la convicción y la capacidad de actuar.
Y aquí aparece una cuestión que debería preocuparnos.
¿Crecer o restringir?
Barcelona y Cataluña se encuentran ante una disyuntiva. Podemos apostar por un crecimiento sostenido, responsable y de mayor valor añadido, utilizando nuestras capacidades para ser más fuertes; o podemos construir progresivamente un modelo basado en restricciones, límites y controles.
Los problemas que afrontamos son reales. Barcelona tiene dificultades de acceso a la vivienda, congestión en determinados espacios, complejidad creciente de la movilidad, presión sobre determinadas infraestructuras y una transformación acelerada de la composición social y económica de la ciudad.
Son debates legítimos. También lo son las preocupaciones sobre energía, agua, vivienda, inmigración, convivencia o cambios culturales.
Pero una sociedad avanzada debe ser capaz de gestionar estos fenómenos sin convertir la regulación en una barrera al dinamismo social y económico.
El riesgo aparece cuando la respuesta a cualquier problema consiste fundamentalmente en limitar. Porque mientras nosotros debatimos y regulamos, otros territorios avanzan.
No se trata de defender un crecimiento descontrolado. Se trata de preguntarnos qué consecuencias tienen las restricciones y qué oportunidades podemos estar perdiendo.
El aeropuerto es mucho más que turismo
El aeropuerto de Barcelona es probablemente el mejor ejemplo del debate de las restricciones.
Es una infraestructura estratégica para Cataluña y para todo su hinterland. Por sus terminales llegan turistas, sí, pero también inversores, investigadores, estudiantes internacionales, empresarios, profesionales altamente cualificados, familiares, emprendedores, congresistas y personas que buscan nuevas oportunidades.
Todos ellos forman parte de una misma realidad: la conexión internacional de Barcelona.
Por eso, cualquier política destinada a reducir externalidades no debería confundir la gestión de las externalidades con la reducción de la conectividad.
Barcelona compite hoy con Madrid, Milán, Roma, Lisboa, Estambul y otras grandes ciudades por atraer vuelos intercontinentales, empresas, centros de investigación, talento, inversiones y grandes acontecimientos.
Esta competencia es permanente. Y cuando una conexión internacional se pierde, recuperarla puede resultar muy difícil.
Las compañías aéreas destinan su capacidad allí donde encuentran expectativas de crecimiento y rentabilidad. Las decisiones que adoptemos hoy pueden condicionar la posición competitiva de Barcelona durante décadas.
El verdadero riesgo sería confundir una política contra el aeropuerto con una política contra la conectividad.
El coste de las restricciones
Lo mismo puede suceder con otras decisiones.
Limitar determinadas actividades, reducir oferta o incrementar costes puede resolver parcialmente un problema concreto, pero también puede provocar efectos secundarios: menor inversión, desplazamiento de actividad hacia otros municipios, pérdida de competitividad o mayor concentración empresarial.
La demanda no siempre desaparece cuando se restringe. Muchas veces simplemente cambia de lugar.
Por eso, vivienda, movilidad, actividad económica, infraestructuras y ordenación territorial no pueden abordarse únicamente desde una perspectiva municipal. Barcelona es una realidad metropolitana y necesita una estrategia acorde con esa dimensión.
El futuro de la ciudad no puede construirse desde una sucesión de decisiones aisladas.
Una ciudad abierta al mundo
Barcelona ha construido durante más de tres décadas una reputación internacional basada en la apertura, la innovación, la creatividad y su capacidad para atraer conocimiento, empresas, inversión y talento.
Ese capital reputacional es uno de sus principales activos.
La cuestión no es si Barcelona debe tener límites. Evidentemente debe tenerlos allí donde sean necesarios. Por ejemplo: el incivismo.
La cuestión es qué límites son inteligentes y cuáles pueden acabar debilitando aquello que queremos proteger.
La sostenibilidad no consiste únicamente en restringir. También significa gestionar mejor, invertir más, planificar a largo plazo, distribuir actividades, utilizar mejor las infraestructuras y generar mayor valor añadido.
El Plan Director Urbanístico Metropolitano debería desempeñar un papel fundamental en esta visión de futuro.
Barcelona y su entorno necesitan una estrategia territorial capaz de compatibilizar vivienda, actividad económica, movilidad, infraestructuras, espacios naturales y calidad de vida.
El objetivo debería ser que el crecimiento genere prosperidad compartida, no simplemente que se reduzca el crecimiento.
La pregunta de fondo
Barcelona necesita decidir qué quiere ser dentro de veinte o treinta años.
Una ciudad que se protege hasta el punto de reducir progresivamente su conectividad, su capacidad de atraer talento, inversión y empresas puede acabar protegiéndose también de las oportunidades.
La alternativa no es entre crecimiento sin límites y restricciones permanentes.
Existe un tercer camino: crecer mejor.
Crecer con más productividad, más innovación, más conocimiento, mejores empleos, mejores infraestructuras y una mayor capacidad para gestionar los costes sociales y ambientales.
Quizás Shanghái nos ofrece una buena oportunidad para recordar algo esencial: mientras nosotros discutimos sobre cuánto debemos limitar, otros están pensando en cómo ser más grandes, más competitivos y relevantes.
Barcelona debería hacer lo mismo.
No se trata de elegir entre proteger la ciudad o hacerla competitiva. Se trata de entender que, a largo plazo, una ciudad competitiva tiene más recursos para proteger a sus ciudadanos.
