La destrucción de la clase media reside en la megalomanía de una raza especulativa que revienta de ideal. El Ibex 35 ha creado a los nuevos ricos que reinvierten sus fortunas en pisos de zonas tensionadas. Los 50 desahucios al día y los 25.000 al año son la manifestación de un fracaso en la política de vivienda española, frente a las soluciones blandas de las capitales europeas, como Viena y a las medidas radicales de Berlín, donde Die Linke anuncia expropiaciones.
Con el pacto entre Urbagestión y Mari Carmen se abre paso la tercera vía. Madrid ha establecido un precedente y su referencia evitará miles de desahucios. La calle sindicaliza los lanzamientos de ciudadanos vulnerables y, cuando aparece la imagen icónica de la anciana en camilla saliendo de su domicilio con la policía, es el principio del fin de una era.
La Europa pudiente y el cuadro macroeconómico del vicepresidente Carlos Cuerpo no son capaces de evitar las enormes desigualdades. Los miles de desahuciados han dejado de ser anónimos. Mari Carmen en El Retiro de Madrid y los inquilinos de la Casa Orsola, en el Eixample de Barcelona —adquirida por el Ayuntamiento y Habitat— han pactado la permanencia en sus viviendas, gracias a la movilización. Pero qué ocurre con los desahucios silenciosos del extrarradio que no llegan a la opinión.
La gente no cree en el fruto de la experiencia; quiere la experiencia en sí misma. Cada desahuciado puede apoyarse ahora en el Sindicato de Inquilinas y será esta organización la que pueda judicializar cada caso con arreglo al precedente.
El sindicalismo de clase es demasiado fabril; en su lugar se impone el sindicato de vida que se ocupa de cosas como la alimentación, la salud, el clima o la vivienda. El fin de la historia acabará con la banalidad y el apocalipsis. Si los medios ponen al descubierto a los afectados y a las inmobiliarias que los desalojan, la caída de los desahucios afectará a la demanda por primera vez en muchos años.
La acampada en Sol interpela, con un chotis, al mundo de los partidos políticos; en primer lugar, al de Podemos, la izquierda de Irene Montero, una dama de discurso dúctil y gran resentimiento que se avergüenza de las intenciones del PSOE en el Decreto Mari Carmen. Irene es danzarina, encadena instantes como si fueran esbozos; tira de la manta, provoca la disidencia de Junts y la indiferencia del PNV.
Por su parte, los de Puigdemont se alejan del acuerdo inicial porque “el Decreto prohíbe desahucios también a pequeños propietarios”. ¡Que pequeña es la botiga! Mientras tanto, y a la espera del Congreso, la revolución será debatida o no será. Los acampados expresan conceptos que estrechan el cinturón de los políticos profesionales.
Sea como sea, no habrá mayoría en el Congreso. A Sánchez se le exige ahora la carta descubierta del BOE con la ayuda de los letrados del Estado: trocear las propuestas y hacer pedagogía mientras le quede un hálito de legislatura. Su oponente Núñez Feijóo cubre su exuberancia con palabras huecas: “Déjenme a mí la solución de la vivienda” ¿Y por qué no empieza usted por Madrid? La pequeña historia desmonta la aspiración sin merecimiento.
Hay 11 comunidades autónomas que no aplican los marcos regulatorios del poder legislativo. Su no sonoro a la Ley de Vivienda ya fue el ejemplo de la revolución institucional de PP y Vox ¿Se les podría aplicar el 155 de la Constitución en las competencias en materia de vivienda? Seguro que no.
Los precios no paran de subir, pero las ventas caen y los alquileres viven en el paraíso perdido, un Edén a las puertas del infierno. El mercado es un cenotafio enorme, poderoso por fuera, pero vacío por dentro. España, con sólo un 2,5% de vivienda pública, está de nuevo en el furgón de cola.
El polémico informe del Banco de España sobre la situación del sector afirma que con los medios actuales es posible levantar casi 800.000 viviendas públicas nuevas en menos de ocho meses ¿A qué esperamos?
El ladrillo es un pecado sin contrición. El silencio es la cualidad más vigorosa del mercado y la propiedad privada es la condición indispensable que hace imposible la expropiación exigida por la izquierda perdularia. La socialdemocracia tiene la mejor letanía, como está demostrando el Govern de la Generalitat con las 140 zonas tensionadas de Cataluña (¡bravo, Illa!); y la regeneración llegará acompañada de adhesiones y capitulaciones.
