Toni Bolaño y la imagen de Rosa Maria Soberana, diputada de Aliança Catalana, de fondo.
La incompetencia política
"Se impone la táctica del titular sobre la estrategia a largo plazo"
Esta semana ha sido pródiga en desaguisados mezquinos. Son ejemplos que demuestran que la política, en demasiadas ocasiones, ¡pardiez!, solo sirve a tácticas de baja estofa. La política, como gestión del bien común, pasa a un segundo plano. Se pone el interés partidista y también el personal por encima del interés de la comunidad. Y lo que es peor, en muchos casos hasta se pisa la ideología solo por fastidiar al contrario. En otras palabras, se impone la táctica del titular sobre la estrategia a largo plazo.
En Madrid, lo vemos en un sinfín de ocasiones. Basta recordar la cara de Gabriel Rufián cuando la reforma laboral casi se queda en el tintero porque ERC, contra pronóstico, votó en contra. Salvó la reforma aquel diputado extremeño del PP que votó lo que no tenía que votar, denotando su poca atención y dedicación a la tarea. Desde entonces, un sinfín de casos han jalonado la política española. Por eso traigo a colación tres casos de “casa nostra”.
El oportunismo de colegio. En Barcelona, la normativa municipal aprobada en octubre de 2018 obliga a destinar el 30% de las promociones de obra nueva y grandes rehabilitaciones a vivienda de protección pública. Fue en tiempos de la alcaldesa Colau. Ocho años después no hay vivienda protegida por este camino. De hecho, casi no hay vivienda. El alcalde intentó derogar la normativa, pero su principal aliado le dio la espalda. Junts votó en contra porque le interesaba dar un codazo en el hígado al alcalde Collboni. Eso sí, su voto fue todo un tiro en el pie. Puso su tacticismo por encima de su ideología y de los intereses de sus votantes. Ahora vuelve a proponerlo. Necesidad —o sea, elecciones en puertas— aprieta y trata de revertir la situación.
El catetismo como suprema argumentación. “Companys era un asesino”, dijo Juan Garriga el diputado de Vox en el Parlament. Fue sancionado por la Mesa. Companys no fue un asesino; fue asesinado. Pequeña diferencia. Puede ser, y de hecho lo es, criticable su actuación, pero el presidente de la Generalitat respetó el orden constitucional de la época y no fue partícipe de un golpe de Estado. Los golpistas lo asesinaron. Que Vox defienda el cateto argumento tiene su lógica en su triste marco mental. Que el PP los apoye en el Parlament es simplemente increíble, pero que Aliança Catalana, un partido independentista, los respalde es pura y llanamente una aberración. La diputada ultra, Rosa Maria Soberana, votó con Vox y PP a favor de retirar la sanción.
Silvia Orriols salió en tromba a calificar el voto de error. La diputada Soberana se rasgó las vestiduras en público ante su “soberano” error. Todavía es diputada de Aliança. No ha dimitido ni le han pedido que se vaya a su casa. Si se equivocó, mal, porque su deber es estar atenta. Si esa es su percepción y votó en conciencia, se ha equivocado de partido. Si corrige por obligación, su nivel de compromiso es mínimo. Sea como fuere, debería irse a su casa porque seguramente a muchos votantes de Aliança les habrá estallado la cabeza, porque el error es descomunal en lo ideológico y en la actitud.
El tercer ejemplo es el político enfadadito. Al que le vale cualquier cosa para bloquear al gobierno de turno. Lo hemos visto esta semana en el Ayuntamiento. Los Comunes están dispuestos a no subir el IBI a las grandes cadenas hoteleras y a no subir la tasa turística a los cruceristas con tal de “joder” al gobierno. Que ellos critiquen la masificación turística, que exijan que los turistas asuman el coste de sus visitas es una nimiedad. Era mucho mejor dejar al alcalde con el culo al aire. Las grandes cadenas hoteleras les enviarán un pernil por Navidad, estoy seguro. Dicen que no les han llamado a negociar. Y es verdad, pero negociar en algo que está pactado por los dos grupos parece un axioma de Perogrullo. No es lo suficientemente dura, dicen. En eso tienen razón, pero será menos dura si no se suben las tasas. Menos mal que Junts, por esta vez y sin que sirva de precedente, no ha puesto palos en las ruedas.
La realidad que nos muestran estos casos es deprimente. Muy deprimente, porque es la máxima expresión de la incompetencia política. Luego algunos se echarán las manos a la cabeza cuando los populistas —todos— se lleven los votos a su zurrón.