Un montaje con una foto de José Antonio Bueno y una imagen de un robot de fondo.
El gran negocio de la IA
"Las grandes empresas de inteligencia artificial son, sobre todo, promesas de futuro que tratan de “enganchar” a empresas y particulares, haciéndolos dependientes de sus servicios"
“La inteligencia artificial va a hacer desaparecer cientos de profesiones”, “la inteligencia artificial acabará con la humanidad”… el apocalipsis zombi parece que será producido por la IA… o no.
La IA está absolutamente de moda y aparece en cada esquina, pero no está de más tomar un poco de distancia y ver el fenómeno con algo de frialdad.
En el mundo de la tecnología siempre ha habido modas. Algunas son fugaces, como el metaverso; otras no crecen tanto como se pensaba, como la realidad virtual; y otras son mucho más duraderas, como el desarrollo de los smartphones. Y si no, que se lo digan a Apple, que ha lanzado un teléfono de 2.500 euros, por cierto, mucho más caro en Europa que en Estados Unidos. La inteligencia artificial es una moda, pero ésta tiene toda la pinta de que ha llegado para quedarse.
La inteligencia artificial, entendida como programas que “aprenden”, no nació ayer. Se comenzó a hablar de ella a finales de los 50 del siglo pasado y el lenguaje de programación con el que “empezó” todo, LISP, data de 1958. La vimos en el cine en 1968, en la película de Stanley Kubrick 2001: una odisea en el espacio, materializada en el ordenador HAL 9000. Nvidia, el gigante de la fabricación de chips tan de moda ahora, se fundó en 1993, focalizada en tarjetas de gráficos para videojuegos; Palantir, la empresa que todo lo sabe, se fundó en 2003; y OpenAI, dueña de ChatGPT y de cuyo seno surgió Anthropic (Claude), se fundó en 2015. Lo que ocurre es que desde hace no mucho tiempo están muy de moda y ahora que están cerca de salir a bolsa, aún más.
Los programas para un ordenador son secuencias de instrucciones muy simples que se procesan de manera rapidísima. Un ordenador es muy básico por naturaleza; hace poquísimas cosas elementales, pero las hace muy rápido. Un ordenador doméstico o un smartphone son capaces de ejecutar casi un billón de operaciones por segundo (centenares de GFLOPS). Un supercomputador trillones de operaciones por segundo. De esa manera, combinando operaciones simples, los ordenadores son capaces de hacer cosas maravillosas.
La inteligencia artificial da un paso más, permitiendo a los programas “aprender” y mejorar, no solo repetir incansablemente y de manera muy rápida aquello para lo que están programados. A diferencia de la programación tradicional, la inteligencia artificial no busca repetitividad, sino encontrar estrategias para hacer cosas. Y ahí aparece el reto y hasta la paranoia, ¿hasta dónde llegarán esos programas que se autocorrigen y, además, lo hacen a velocidades vertiginosas? Hasta donde queramos nosotros porque los ordenadores no dejan de ser unas herramientas que tienen, como HAL 9000, un botón mágico que los enciende y apaga.
La capacidad de cálculo de cerebro humano, medida en algo similar a los FLOPS, ya está por debajo de la de los grandes ordenadores, pero la comparación nunca podrá ser correcta porque nuestro sistema nervioso es analógico, no digital, nuestra eficiencia energética es impresionante, se calcula que el ser humano consume unas 50.000 veces menos energía que un ordenador para un cálculo equivalente, nuestra adaptación al medio impresionante y, sobre todo, tenemos, bien que mal, conceptos de ética y valores, algo que no tiene ningún sistema informático.
La visión apocalíptica no debe nacer de la inteligencia artificial, sino del uso que se le quiera dar. Si un sistema de IA controlase, sin supervisión humana, un sistema de lanzamiento de bombas nucleares, lógicamente la podría liar porque podría tomar decisiones que un hombre nunca tomaría. Sin ponernos trágicos, los robotaxis que pululan en San Francisco se paran si se les pone un cono en el capó, porque el sistema no entiende qué está pasando y está programado para priorizar la seguridad. Por eso los servicios de robotaxis cada vez tienen más supervisores humanos remotos, planteando incluso servicios con conductor a distancia, porque la “inteligencia” de un coche no es capaz de reaccionar a todos los imprevistos. Pero si alguien es tan inepto como para dejar un arsenal nuclear en manos de una máquina sin supervisión humana, sí que podemos tener un problema muy serio.
Más allá de visiones apocalípticas, lo que hay que tener claro es que la IA es un negocio en el que se mueve muchísimo dinero. El mercado dice que Nvidia vale 5,5 billones de dólares, OpenAI 900.000 millones y Anthropic cerca del billón. Inditex, la empresa con mayor valor en nuestra bolsa, tiene un valor de 200.000 millones, facturando mucho más que estos líderes del futuro que aún tienen que demostrar su capacidad de facturación y de realizar dividendos. Algunos, como OpenAI y Anthropic, pierden dinero año tras año y, sin embargo, el mercado los valora a cada uno en torno al billón de dólares, y subiendo.
Las grandes empresas de IA son, sobre todo, promesas de futuro que tratan de “enganchar” a empresas y particulares, haciéndolos dependientes de sus servicios. Ahora una suscripción normal de IA está en torno a los 20-30 $/mes. Los costes por usuario se acercan a 20 veces más porque les ofrecen una capacidad de cálculo brutal. Pero una vez que personas, y sobre todo empresas, se acostumbren a la IA, los grandes operadores, que son muy pocos, comenzarán a subir el precio, como han hecho, por ejemplo, las plataformas de streaming. Netflix salió en 2015 a 10 EUR por mes en su plan estándar. Ahora está en 15 y seguirá subiendo. Si esto hace una plataforma de puro entretenimiento, ¿qué no hará una herramienta que se nos está haciendo imprescindible? En diez años o menos, la suscripción media subirá a los 100 $ por mes. En el mundo empresarial, quien permita que Palantir gestione sus datos se casará casi para siempre, pues tiene unas barreras de salida altísimas y estará a su merced. Estas empresas nacen, sobre todo, para ganar dinero, muchísimo dinero.
Apocalipsis zombi, negocio… y máquina para hacer tontos. Si hoy es muy difícil encontrar personas capaces de realizar una raíz cuadrada a mano, porque para eso tenemos las calculadoras, y menos aún los cálculos avanzados que nos enseñaron en la carrera a los que fuimos por el lado de ciencias, ¿qué será de nuestros jóvenes cuando se acostumbren a preguntar todo a la IA? Los calamitosos resultados en el informe PISA de este año serán una joya de lo que nos espera en no mucho tiempo y eso, tener una sociedad iletrada, sí que es un auténtico apocalipsis porque, “contra parafraseando” a San Juan, la ignorancia nos hará esclavos.