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Francesc Arroyo opina sobre la sanidad pública

Francesc Arroyo opina sobre la sanidad pública

Pensamiento

¿Alguien lee los prospectos de los medicamentos?

"Esas listas de espera, que según Díaz Ayuso no existen, esos contratos con los hospitales privados, que no tienen nada que ver con el novio de la presidenta de la comunidad de Madrid, responden a lo mismo: la falta de atención a la sanidad pública, la de todos."

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Leído en el prospecto de un antibiótico: “Puede sufrir reacciones psiquiátricas la primera vez que tome (aquí el nombre del medicamento). Si sufre depresión o psicosis, sus síntomas pueden empeorar con el tratamiento. En casos raros, la depresión o la psicosis puede progresar a pensamientos suicidas, intentos de suicidio o suicidio consumado. Si esto ocurre, deje de tomarlo y contacte con su médico inmediatamente”.

Es difícil saber a quién va dirigida esta información. Porque, tras un “suicidio consumado”, resulta más que evidente que el protagonista del mismo habrá dejado de tomar el producto. Y, desde luego, le va a resultar muy difícil contactar con su médico.

Desde hace un tiempo las farmacéuticas (uno de los sectores que más dinero ganan, junto al de la cosmética) adjuntan a sus productos unos folletos infinitos cuya lectura completa exige, además de un montón de tiempo, casi un doctorado en farmacia.

El lenguaje utilizado para describir los componentes y los efectos secundarios resulta más difícil de entender que algunos autos judiciales.

Y, claro, es un serio problema en un momento en que, según señala el último informe Pisa, los españoles apenas son capaces de leer y entender un texto de más de un folio. De modo que se reduce la capacidad de comprensión, al tiempo que se multiplica la dificultad de asimilación de las instrucciones médicas que, en algún caso pueden ser asunto de vida o muerte. Incluso sin tener tendencias suicidas.

Bien podría ser que la gente se muriera de un soponcio.

Por supuesto, el párrafo copiado del prospecto médico puede estar simplemente mal redactado. Pero a la mala redacción de quien lo haya escrito hay que añadir que ha tenido (es de suponer) la supervisión de un responsable de la firma y, especialmente, el control por parte de las autoridades sanitarias. Alguien más lo habrá leído entero. ¿O no?

Ya se sabe que las funciones del Ministerio de Sanidad están casi todas traspasadas a las autonomías (y en algunas de ellas a Quirón u otras empresas privadas), pero las del control de las medicinas siguen siendo competencia de la Agencia Española del Medicamento, organismo dependiente del Ministerio. Además de necesitar el visto bueno de la Comisión Europea.

Pues con todos estos controles va y se escapa una indicación para cómo actuar después del suicidio.

La sanidad pública no pasa por un buen momento. Tras los recortes en toda Europa iniciados con la excusa de las restricciones impuestas por el tratado de Maastricht, cayeron las obras públicas (y las comisiones a algunos partidos), de modo que éstos hallaron un nicho de beneficio fácil en la sanidad.

Se implantaron algunos copagos. Se privatizó (se está privatizando) todo lo que se pudo y se recortó (se sigue recortando) en el sector público con el objetivo de que la gente, desquiciada por listas de espera (esas que no existen o que son mínimas), opte por los seguros privados.

En Catalunya, el “astuto” Artur Mas nombró consejero de Sanidad a Boi Ruiz, uno de los máximos representantes de los intereses privados. Y éstos, ¡bingo! multiplicaron sus beneficios.

Esas listas de espera, que según Díaz Ayuso no existen, esos contratos con los hospitales privados, que no tienen nada que ver con el novio de la presidenta de la comunidad de Madrid, responden a lo mismo: la falta de atención a la sanidad pública, la de todos.

Lo que no cabía esperar es que el Ministerio de Sanidad, con Mónica García al frente, no prestara atención a las instrucciones que se facilitan a los ciudadanos.

El folleto citado es un extremo, pero que la mayoría de ellos sean más largos que los antiguos listines telefónicos y estén escritos en una jerga incomprensible para la mayoría de los mortales es difícil de admitir.

Salvo que se busque socavar la autoestima del personal, de modo que acabe sumido en una depresión profunda. Incluso sin los antibióticos de marras.