Llevo años escuchando en boca de amigos y familiares que, si quisiera, podría ser una buena maestra de instituto, porque soy curiosa, me gusta contar historias y sería capaz de inspirar a los adolescentes. Nunca les he hecho caso.
Primero, porque solo imaginarme frente a un aula abarrotada de adolescentes rogando silencio me produce escalofríos. Segundo, porque un requisito básico para ser docente de instituto es sacarse el máster de Formación del Profesorado de Secundaria, que no es precisamente barato, especialmente si lo quieres hacer online y encima no sabes todavía si te gustará dar clases.
No solo eso. El sistema educativo actual te obliga a especializarte según tu carrera de base, no según tu experiencia profesional. Es decir, si has estudiado Dirección y Administración de Empresas, como es mi caso, solo puedes dar clases de Economía, Emprendeduría, Matemáticas o similares, a pesar de que mi verdadero savoir-faire reside en mis veinte años de ejercicio como periodista y escritora.
Me siento mucho más preparada para enseñar Historia y Geografía, o escritura creativa, que para explicar conceptos básicos de Contabilidad, pero eso al sistema le da igual.
No obstante, hace unos días, tras asistir a una charla sobre cómo combatir la desinformación y el auge de los prejuicios contra los inmigrantes (“nos quitan puestos de trabajo”, “vienen todos a delinquir o a pedir subsidios”, etcétera), tuve una especie de iluminación.
Una clase de Economía en un instituto era un escenario ideal para esclarecer conceptos sobre inmigración, mercado laboral, vivienda o salud pública, entre otros. “Tengo que ser profesora”, me dije. Casualmente, esa misma tarde me encontré por la calle con una amiga, maestra de instituto, y le comenté mi utópica e impulsiva iniciativa. A ella le pareció fenomenal. “Además, ahora que hay tantas plazas por cubrir, te puedes inscribir en la bolsa de docentes interinos sin tener el máster, con comprometerte a que lo cursarás es suficiente”, me explicó.
Al llegar a casa, abrí la web del Departament d’Educació y rellené el interminable formulario para acceder a la bolsa, además de subir todos los documentos necesarios. Por suerte, ya los tenía todos gracias a haber estudiado en la UOC; si no, habría implicado un desgaste burocrático y económico notable.
“Ya está, ya me he inscrito”, anuncié a mi amiga muy orgullosa, aunque también algo triste al comprobar que en ningún momento el formulario de la Generalitat me preguntaba por mi experiencia laboral previa. “Es como si haber trabajado veinte años de periodista no tuviera ningún mérito”, le dije.
Mi amiga me dio la razón. “Espera, que si te llaman, fliparás con cómo funciona el sistema…”, se rió.
No sé si llegaré nunca a trabajar como profesora, ni siquiera sé si llegarán a llamarme. Lo que tengo claro es que no podemos tener un sistema que nos anime a reciclarnos en lo laboral y, a la vez, sea incapaz de reconocer el conocimiento adquirido fuera de la universidad.
