Vocablos que han empezado a ser de uso corriente en nuestras vidas.
El confinamiento surgió con fuerza con motivo de la Covid-19, generando en el pensamiento libertario una ola de rechazo a su puesta en práctica. "Mi libertad personal, usted no puede decirme lo que tengo que hacer". La batalla de las cafeterías y de las actividades comerciales fue un pequeño ejemplo; las vacunas, otro. Añadamos a este relato el negacionismo, médico o climático, y ya tenemos una fotografía.
No se puede prohibir.
Después descubrimos las alertas por móvil, con avisos personalizados, especialmente ante posibles episodios meteorológicos adversos. Grandes risas e intentos de desacreditar el mecanismo. Hay demasiadas alertas, decían algunos sectores económicos, que se quejaban del efecto negativo y del alarmismo innecesario.
Como es normal y habitual, cuando los calores y las testosteronas de todos los sexos que lo deseen se enfrían, hemos descubierto el lado oscuro de la luna.
Grandes debates entre el derecho y el bienestar individual y el colectivo, muchos matices y situaciones para ejemplificar. No se ha avisado con tiempo, o la información era insuficiente.
Malos tiempos para las previsiones meteorológicas. Podemos saber que lloverá, pero la intensidad, la fuerza y la hora todavía son aproximativas.
Incluso en Estados Unidos, donde han desarrollado servicios para seguir la evolución de tornados, huracanes, ciclones, tsunamis, etcétera, existen carencias. Pero se analizan y se trabaja con una lógica de mejora constante.
Por estos lares, una alerta no emitida o mal emitida ya es motivo de polémica política.
Añada usted una alerta con confinamiento incluido y el malestar es total.
Pero tal vez, viendo lo que ocurre en el mundo —Nepal, Tíbet, Colorado, los ríos del centro de Europa— y los impactos de los nuevos climas, debemos todos aprender a escuchar a la naturaleza.
Prefiero que me avisen de posibles lluvias torrenciales, del riesgo de incendios o de episodios de calor extremo a que no se dé la información.
Coordinación de todos los efectivos socialmente implicados.
Tenemos mapas de campings potencialmente situados en zonas de riesgo, de urbanizaciones, de refugios climáticos. Hay muchas urbanizaciones con zonas expuestas a lluvias torrenciales o incendios.
No todo lo puede hacer la Administración.
Pasar de la bonanza de la casa y de sus vistas a asumir costes y riesgos que hace unos años no se contemplaban será una tarea ardua. Especialmente para muchos ayuntamientos.
Permítanme un dato adyacente: debemos aprender a revisar y leer las pólizas de seguros. En muchos casos, carecemos de la información necesaria o no les damos importancia hasta que tenemos el siniestro encima.
Especialmente en el caso de las viviendas: ¿Sabemos qué cubren nuestras pólizas y en qué circunstancias? Previsiblemente serán más caras, pero deberían ser también más claras y transparentes.
Hay que hacer pedagogía.
Como ciudadanos, debemos asumir que, al tomar determinadas decisiones, también asumimos determinados riesgos. No podemos traspasar todas las responsabilidades a los demás.
