La gente vota mal. En España, pero se ve que también en Alemania. La gente, simplemente, vota mal. Venimos escuchándolo desde hace tiempo. Y más que lo vamos a escuchar. Vota mal porque, por alguna razón que se nos escapa, la gente no conoce cómo funcionan los populismos de derechas –ni de izquierdas–, no entiende cómo se articula la red internacional de desinformación global, desconoce el cambio político-económico que desdibuja los perfiles del Estado-nación a favor de las empresas transnacionales y, además, tampoco se entera de que el poder planetario está cambiando de polo.

Qué desastre de gente. No se enteran de cómo funciona el mundo ni de lo que les conviene… Somos unos inconscientes. So… A lo mejor, tampoco tendríamos que votar tanto; casi mejor que vote solo uno por familia o que voten solo los hombres, que al final ellos siempre han sabido cómo había que hacer las cosas. Perdónenme la ironía, estoy enfadada. Me molesta que nos traten como idiotas, más aún, me molesta profundamente que nos dejen ser idiotas. Yo, llamadme listilla, no estoy sorprendida por lo que está pasando. Más aún, me parece cínico sorprenderse con lo que está pasando.

Hace tiempo, un pariente me dijo con condescendencia ante mi idealismo juvenil: “Jovencita, yo he terminado votando en defensa propia”. Aquella frase me ha perseguido desde entonces porque pasan los años y la encuentro increíblemente certera.

La gente no vota mal, la gente vota como puede, como le dejan. Si has permitido que los ciudadanos caigan secuestrados bajo algoritmos instrumentalizados por potencias geopolíticas cuyos intereses desconocen –porque la educación, buena y profunda, vale mucho dinero– y has preferido usarlo para tu beneficio a corto plazo, votarán lo que su burbuja de filtrado les diga. Traduzco: lo que les diga el algoritmo.

Si has dejado a las generaciones de jóvenes a merced de una vida low cost de fotos de brunch en Instagram, viajes en Ryanair y desconfianza en el sistema de pensiones, votarán lo que su cámara de eco les diga. Traduzco: lo que les diga el algoritmo.

Si, a golpe de contratos temporales, has convertido la universidad en una academia precaria que enseña a encontrar empleo y no en una institución de pensamiento e innovación con profesores libres y sin miedo, tampoco podrás salvar a quien acredite estudios superiores. Traduzco: la gente sabe lo que le dice el algoritmo.

En definitiva, si has permitido que se socaven los cimientos de la sociedad civil y de la clase media, de aquello que nos ha traído hasta aquí, no te extrañe que la gente esté harta y vote, lo dicho, en defensa propia, aunque sea metiendo al lobo a cuidar de los corderos.

No caigan en la trampa. Esto no va de derechas ni de izquierdas. Les van a dar a todas. Terminarán siendo carne de museo para que los pocos que en unas décadas puedan darse el lujo de la Cultura recuerden cómo fue aquel tiempo breve en el que a una parte del planeta se le ocurrió la descabellada idea de que todos los ciudadanos tuvieran derecho a votar. Les contarán que estos inconscientes un día hicieron presidente a un troyano, a un monigote, a un loco, a un lobo. Menudos pirados, dirán, quién sabe, los príncipes y nepobabies de la aristocracia transnacional vinculada a la tecnología. ¿En qué pensaban estos creyendo que la masa tiene criterio? Poco malo les pasó… dirán de nosotros mientras nos firman la paguita. Que de algo habrá que vivir para no pudrirse en las aceras…

No hay que ser un experto en historia política y económica para saber que la democracia liberal se basa en la clase media. La clase trabajadora y el pequeño empresario, con su horizonte de bienestar, con su equilibrio, es la base de un sistema que, con matices aquí o allá, ha traído el mayor periodo de paz en buena parte del planeta, perdonen mi sesgo y mi occidentalismo. Y es el colapso de esa clase media –ella misma reventando, perforada de grietas– el que abona el terreno. El de la nostalgia de tiempos anteriores donde se controlaban mejor los retos del mundo: mano dura, un líder fuerte, a ser posible, con uniforme, o vestido de caza o con camisa negra.

Organizaciones dopadas con capital extranjero ofrecen un buen abanico de opciones a jóvenes confusos en busca de un propósito. Sospechosamente virales, las hay de todo pelo y estética, para que cada cual elija su propia aventura: provida o eugenésicos, racistas o integrados, modernos o clásicos, fascistas clásicos o radicalmente chics. Todas tienen soluciones “fáciles”, soluciones para una Europa “auténtica” y “sin complejos”, soluciones para volver a la Europa de antes porque a la Europa de “antes” puedes maquillarla a tu antojo cuando la gente no tiene ni pajolera idea de Historia. ¿Estaremos a tiempo de explicarles de qué barros sangrientos surgió esta Pax Europaea?

No sé cómo será en Alemania, con salarios increíblemente superiores, pero en nuestro país la clase media es esa que ve cómo su sueldo se acerca cada vez más al salario mínimo –que, al menos, ya da menos vergüenza–.

Son los opositores que rechazan una plaza en Barcelona o en Málaga porque no pueden competir con el turista ni con los ingresos de un nómada digital. Los profesores de universidad que tienen que compartir piso en Madrid aunque tengan expedientes brillantes. Son los miles de funcionarios que cobran prácticamente lo mismo que hace veinte años. Los autónomos reventados de multas porque a los inspectores de Hacienda también se les atraganta el final de mes y necesitan darle fuerte al plus de productividad. Son los hombres y mujeres que tardan más de quince días para conseguir una cita en Atención Primaria, seis meses para el especialista. Los abuelos con pensiones mejores que los salarios de sus nietos, qué digo de sus nietos, de sus hijos, que reservan una parte de su pensión para ayudar a la familia a pagar la luz, las extraescolares, la gasolina. Todos ellos pagan sus impuestos directos e indirectos –bastante más que las empresas de los algoritmos–, todos ellos compran el pan, reforman su casa, matriculan en clases de refuerzo a sus hijos… Gastan para que otros ganen. Y hace tiempo que agonizan.

A la clase media es posible salvarla y devolverle su sitio, pero se necesitan, que no es poco, claridad de ideas, sentido de Estado y valentía. Aunque lo primero, lo reconozco, sea tan difícil en estos tiempos de algoritmos y lo segundo haga tiempo que brilla por su ausencia... Será por eso, y no porque sean cobardes, que nuestros políticos andan en otra cosa. Tirándose de los pelos, jugando a decir burradas desde el pinganillo, criticando a los que votan mal, abriéndose Tiktoks, instrumentalizando –cuando pueden– la justicia, aliándose con el lobo para rascar un escañito o mantener una CCAA… Todo ello mientras la gasolina sube, el aceite no baja y los alquileres vuelan. Todo mientras la vida sigue y la gente, con lo que puede, se defiende y termina votando en defensa propia.