Los partidos gobernantes de Escocia, Gales e Irlanda del Norte firmaron el lunes en Cardiff una histórica declaración conjunta de autodeterminación en la que defienden su independencia del Reino Unido porque su futuro “está en la Unión Europea”, como reclaman los primeros ministros de estas naciones —John Swinney, líder del Partido Nacional Escocés (SNP); Rhun ap Iorwerth, del galés Plaid Cymru; y Michelle O'Neill del Sinn Féin norirlandés—.
El Brexit ha dañado sus economías y creen que el futuro de sus naciones pertenece a la UE. La Comisión Europea y el descuento del euro son la puerta, aunque la salud de los 27 dependa de la sanación de un cuerpo orgánico con subordinación de las partes a la débil cabeza rectora, Bruselas.
Las naciones británicas caminan hacia la UE e invierten el orden de los factores del independentismo catalán que anunció salir del euro y alejarse de Bruselas para burlar a Madrid. La fiebre exige auscultar las palpitaciones de un cuerpo histórico.
Aliança Catalana elige ahora romper la vajilla de las periferias nacionalistas, que aseguraban la gobernabilidad de España, antes de la era Vox.
La alcaldesa de Ripoll, Sílvia Orriols, está dispuesta a surcar el abismo definitivo de Pedro Sánchez, que solo desmiente el CIS de Tezanos.
Con el nacionalpopulismo jugando fuerte, Aliança Catalana, epítome de la nación blanca, se ha convertido en el brazo invisible de Vox: Orriols no irá a las elecciones generales y dejará su espacio vacante en manos de Santiago Abascal o de Junts, si el partido de Puigdemont se escora a la derecha ¿Aún más?
Mientras tanto, para hacer frente al indubitable pucherazo del PSOE —es una broma, ¿no?— el Tribunal Supremo aplaza la Ley de Nietos, con la complicidad de la Junta Electoral, que impide participar en el sufragio a 400.000 ciudadanos nacionalizados. La Junta acata la decisión del Supremo para evitar que el último contencioso sufragista se monte sobre el secesionismo siempre latente.
El Reino Unido mantiene la templanza de sus patrias, en busca de un bien superior, mientras que lo que queda del procés catalán prioriza siempre el alarido, como demuestra la glosa de Ramon Cotarelo en Ripoll con motivo de la Diada.
Cotarelo, aprendiz de líder, cultiva el gesto e inquiere por sus dotes, ganándose una reprimenda liviana de Junts y ERC o de la misma Orriols, que fue quien le otorgó la palabra al profesor de melancólica prestancia y palabra airada. Cotarelo dijo “o nos pasamos al Islam o hacemos la guerra”. Pura islamofobia.
El panorama político de las islas británicas está cambiando; el nuestro no, y cada vez es más oscuro.
En Downing Street, el premier Andy Burnham sólo ha dicho que pondrá pie en pared, como ocurrió con el atrabiliario Boris Johnson y su famoso levelling up (“igualar por arriba”), la voluntad de reequilibrar los territorios, acabando con el Whitehall, para reducir las diferencias entre el empobrecido norte de Inglaterra y el todopoderoso Londres.
