Salvador Illa cumple dos años como presidente de la Generalitat regalando al país un discurso optimista, casi triunfalista pero, sobre todo, de un voluntarismo a prueba de disgustos, y una confianza extraordinaria en los catalanes y en él mismo. Esta debe ser su versión de la histórica ambición institucional de Cataluña, más huevos que fueros.
¿Podría ser que viviéramos en el lugar con más futuro del mundo? Así acababa el anuncio institucional que precedió al discurso presidencial. Está claro que para Illa no hay dudas. Si no lo es ya, lo será bien pronto, siempre que su gobierno tenga tiempo y recursos para materializar todo lo que tiene en cartera. De momento, a juicio del presidente de la Generalitat, solo es “un lugar maravilloso”.
En opinión de Illa, nada se le va a resistir a la Cataluña unida que dispone de un proyecto compartido, un horizonte de estabilidad envidiable, una capacidad evidente de anticiparse a los problemas, que libera continuamente una energía imparable e irradia una esperanza propia de la representada por el Papa León XIV, la autoridad más citada en el discurso de medio mandato.
La crónica política diaria no coincide exactamente con el retrato optimista del presidente Illa. La opinión pública suele centrarse en los problemas de Cercanías, en la crisis del sistema de educación, en la inseguridad, en la amenaza creciente de Aliança Catalana, que los últimos sondeos acercan mucho a los resultados previstos para el PSC, en las dificultades de supervivencia política de su gran valedor, el presidente Pedro Sánchez, en la capacidad que tiene Junts de hundir sus sueños de una nueva financiación, que es tanto como decir todos sus planes de un futuro extraordinario.
Salvador Illa se declaró decidido a no sucumbir ni al derrotismo, ni mucho menos ante el catastrofismo. Habrá que estar atentos a la capacidad de cumplimiento de las promesas del gobierno Sánchez en materia de financiación, al ánimo con el que regresará a casa el expresidente Carles Puigdemont y a la capacidad de resistencia de ERC y Junts al acoso de la xenofobia y el racismo impulsados por Aliança Catalana.
El actual presidente de la Generalitat no es un nacionalista catalán; sin embargo, ha aprendido a introducir las dosis mínimas de chovinismo localista en su discurso, incluso ha entendido la urgencia de driblar, al menos en la retórica, la acusación más habitual que le hacen los independentistas, la de su militancia españolista. Quizás por eso, en su conferencia se saltó sus referencias tradicionales de colaboración con el Gobierno español para ocupar, directamente, su sitio en el mundo.
En todo caso, el Illa presidente ya no es el candidato a la investidura Salvador Illa, aquel que calculó mal la fuerza de las promesas de Carles Puigdemont y creyó que su performance en la calle tendría consecuencias en el Parlament, y acudió a la sesión con el discurso a medio hacer.
Tampoco es el presidente investido que nombró a un gobierno de consellers sobrecargados de competencias esperando una entrada de socios republicanos para compartir poderes.
Para transformar el país como tiene previsto, tal vez ya sea hora de enmendar aquella improvisación.
