Pocas cosas hay tan bonitas como asistir a una pelea entre independentistas. Una puesta de sol en el Caribe o el desnudo de la mujer amada se le podrían acercar en belleza, pero sería solo una aproximación, donde esté un buen reparto de bofetones entre la izquierda y la derecha independentistas, que se quite todo lo demás.

Las tradicionales trifulcas de la Diada no decepcionaron a nadie.

En este rincón, la CUP y adláteres, con un peso cada vez más irrisorio en política y sin ningún combate ganado en toda su trayectoria. En el otro rincón, la Aliança Catalana de Sílvia Orriols, con peso todavía por determinar y debutante en el pugilismo.

La cosa prometía, la lástima fue que se interpusieron los Mossos d’Esquadra entre los contendientes, lo cual nos privó de ver manar sangre, que es lo que gusta al respetable que asiste a esos espectáculos. Aun así, se pudo observar un odio y una animadversión entre unos y otros catalanistas, que si hubiesen sido capaces de manifestarlo con la misma fuerza cuando les tocaba, hoy Cataluña no solo sería un estado soberano, sino que formaría parte del Consejo de Seguridad de la ONU.

"Cuidado con los catalanes, que son feroces", se comentarían Trump y Putin al oído, no sin cierto espanto.

Lo que no sabrían es que los catalanes solo son feroces contra otros catalanes. Si un catalán le tiene aversión a alguien, es a otro catalán, y por una sencilla razón: todo catalán quiere ser el más catalán, así que no soporta que otro pretenda serlo más que él. De ahí el odio que se tienen.

En otros lugares, derechas e izquierdas no se gustan pero se soportan, son países que en uno u otro momento se civilizaron. Como a Cataluña no llegó la civilización, los catalanes no tienen más remedio que atizarse entre ellos para no perder sus esencias.

La vergüenza de haber hecho el ridículo durante el procés y, encima, de haber quedado como unos cobardes, les obliga ahora a sacar pecho unos contra otros. Está bien que así sea, la Diada se había convertido en un acto rutinario, con los políticos ofrendando flores con cara de "a ver si eso termina pronto" y pronunciando las mismas socorridas frases de siempre.

Años atrás, la tradición de meterse con otros catalanes se colmaba insultando a los representantes del PP (o de Ciudadanos, cuando existía), pero nada es comparable al placer de pelearse con otros independentistas. En los últimos tiempos las agresiones no son solamente verbales, sino que llegan al contacto físico --y más que llegarían si no fuese, insisto, porque los Mossos nos hurtan el espectáculo-- lo cual demuestra que se producen con auténtico sentimiento, no para salir del paso, como era el caso de los exabruptos a populares.

Los peores enemigos de los catalanes han sido siempre los catalanes, eso ya se vio en la Guerra Civil. Mientras el resto de España se unía contra los militares rebeldes, aquí estábamos a lo nuestro, es decir, a disparar y, cuando fuese posible, ejecutar por la espalda, a catalanes que pensasen distinto que otros catalanes. Montarse una guerra civil propia en el interior de otra guerra civil tiene mérito, eso está al alcance solo de los catalanes, que por algo de las piedras hacen panes. Panes como hostias, se entiende.

A mí no me molesta que la CUP y sus compinches se enzarcen en combates con Aliança Catalana y sus compinches, más bien me agrada. Solo les reprocho que limiten sus peleas a fechas señaladas, eso es como ir a misa solo por Nochebuena, un buen católico debe asistir al oficio cada domingo y un buen catalán debe pegar a sus adversarios catalanes cada día.

Deberían acostumbrarse a realizarles emboscadas nocturnas, a ir a buscarlos al trabajo, a echarles ponzoñas y no solo sal en la comida, a escupirles por la calle y a intimidarles a la salida del cine. Parece mentira que tenga que ser yo quien les enseñe a ser verdaderos catalanes.