Los lectores de Crónica Global tienen mucha suerte. Porque yo voy a decirles lo que nadie les dice; algo que, probablemente, ellos mismos, nuestros lectores, han pensado alguna vez, sin querer detenerse demasiado en ese pensamiento, porque es incómodo, y que nadie más dice.

Me refiero al drama de la inmigración (ahora candente después del asalto a Ceuta de 80.000 marroquíes), y que tanto preocupa en todo el Viejo Continente, de manera que fue decisivo en el catastrófico “Brexit”, y que determina el éxito imparable de los partidos xenófobos en Alemania, Hungría, Francia e Italia, hasta el punto de que el país ha cancelado el espacio de libre circulación Schengen, controlando las fronteras con España. Y viceversa.

Esa dinámica ha llegado a España, representada por Vox, subiendo como la espuma en todo el país, y por Aliança Catalana en Cataluña, que aparte de las bravatas independentistas, se basa únicamente en la repugnancia hacia el inmigrante africano.

Despachar esa tendencia con el sambenito de “la extrema derecha”, una tendencia fascistizante que habría surgido de las redes sociales, o sea, como un malestar falso de tantas poblaciones, causado, esencialmente, por el disgusto de las generaciones burguesas al constatar su propia pérdida de poder adquisitivo, al que éstas sólo saben reaccionar culpando de ese mismo malestar al “extranjero”, al distinto, creo que es un error de apreciación de la realidad.

El caso de Ceuta, en este sentido, tiene algo de aleccionador, algo de positivo. Porque de una manera sumamente plástica, revela el “mal”, por decirlo con una expresión catalana, que afecta a los “invasores” y el “mal del que hem de morir”, que nos afecta a nosotros, los invadidos.

Aquí hay dos realidades que nos cuesta aceptar. Una, la decadencia incesante de nuestra idea de la vida en común, arrasada por fenómenos modernos. O sea, la difícil sostenibilidad de una economía basada, en España, en el turismo y la construcción, con la renuncia expresa a la industria, reservada para Alemania cuando ingresamos en la Unión Europea.

Pero está resultando que la industria alemana también está sometida a retos devastadores, en buena parte debidos a la competencia oriental. El sueño de “la caseta i l’hortet” que era lo que nos conformaba para aceptar los horrores de la vida en sociedad, tan aburrida, se ha ido por el desagüe.

La otra realidad innombrable: hay docenas, si no cientos de millones de seres humanos, que no tienen en sus países africanos una solución viable al hambre, o sea, directamente, a la muerte. Guerras, hambrunas, sequías, dictaduras pavorosas. Con vallas o con muros, en pateras o en aviones, o a nado, estas multitudes seguirán afluyendo a Europa y, por su mismo número, socavando nuestro cada año más precarizado Estado del Bienestar. Tal como se ha visto en Ceuta.

Para frenar ese flujo, sólo hay una manera: disuadirles matándolos. En eso consiste, en el fondo, la protección de las fronteras. De hecho, ya lo hacemos, al encomendar la defensa de nuestras fronteras a países de siniestros regímenes dictatoriales, como Turquía y Marruecos. Se les paga para que frenen y rechacen a multitudes de desdichados que no serían bienvenidos a nuestras costas y nuestras ciudades. Es una buena forma, tan hipócrita como cualquier otra, de lavarse las manos, y de poder mirarnos al espejo por la mañana considerando que somos “buenos”. Pero resulta que también está revelando su ineficacia: esos regímenes dictatoriales no son de fiar.

La alternativa es recuperar el control sobre nuestras fronteras, lo cual quiere decir: matar directamente, a ráfagas de ametralladora, a los primeros miles de invasores, de manera a disuadir a los siguientes. Esto se podía hacer en tiempos de los Reyes Católicos, pero ahora nosotros, los europeos, no podríamos aceptarnos a nosotros mismos si tomásemos decisiones de este calibre. Tenemos detrás una historia sangrienta y repugnante de la que hemos aprendido.

Por consiguiente, docenas, o cientos de millones de inmigrantes africanos huyendo de la miseria y de la muerte, llegarán de la manera que sea a Europa. ¿Quién será tan malvado de rechazarlos? La inmensa mayoría serán buena gente, pero no serán ingenieros en informática, precisamente. Habrá que alimentarlos. Se les habrá de encontrar vivienda y trabajo. Enseñarles nuestra “forma de convivir”. Evidentemente, se los explotará cuanto convenga. Se les pagará mal, se les alojará en barrios periféricos y asquerosos de nuestras ciudades. Se les mirará por encima del hombro, por ordinarios y bastos. Lo cual, a su vez, creará en esos “guettos” una gran indignación y rebeldía. Es cosa de dos o tres generaciones, ya pasa en Francia.

El llamado “Estado del bienestar” tiene fecha de caducidad, y está cercana.