El verano de 2026 pasará a la historia como uno de los peores por el número de hectáreas calcinadas, pero no el peor, salvo que en las próximas semanas sigan los incendios, algo poco probable al comenzar a bajar las temperaturas y llegar las tormentas.
Estar en torno a 300.000 hectáreas calcinadas es una barbaridad, incluso para un país como España, que cuenta con más de 30 millones de hectáreas forestales. Un 1% quemado en un año es mucho, sobre todo por la afección a las personas, más allá de las estadísticas. Y lo peor es que se repite cada año.
Mirando las estadísticas, el peor año fue 1985, con casi medio millón de hectáreas calcinadas, siendo los “mejores” aquellos en los que “sólo” se queman 50.000 hectáreas, como 2024. Las 25.000 hectáreas de 2018, el mínimo de la serie, parecen casi una anomalía estadística, con una “normalidad” centrada entre 50.000 y 100.000 hectáreas. 2026 quedará en el top 10 de la serie iniciada en 1975, una pena.
Como cada verano nos dolemos por el bosque calcinado, por las pérdidas humanas y materiales, y ahora le echamos la culpa al cambio climático. No hay duda, lo dicen los datos, este verano ha hecho mucho calor durante muchos días, y sea por causa antropogénica, por una evolución cíclica o por lo que fuere, parece que estamos condenados a sufrir largos veranos cálidos al menos durante una temporada, por lo que es muy probable que nos esperen años con registros más similares a los de este año que a los de 2024.
Este año la “innovación” de nuestros políticos ha sido confinar a la población y hacerla abandonar sus casas con bastante celeridad, ES-Alert mediante, algo que hasta hace poco rara vez sucedía.
Es cierto que toda precaución es poca, pero también parece que nos rendimos al inicio de un fuego, declarándolo “inextinguible”, llamamos a la UME, el incendio cobra proporciones apocalípticas y, finalmente, se extingue.
Atrás queda la época en la que los vecinos ayudaban a la extinción, sea abriendo cortafuegos, sea en tareas de apoyo a los profesionales. Ahora todo el trabajo queda en manos de bomberos y UME.
Si repasamos las comunidades más afectadas vemos una gran heterogeneidad. Cataluña sale bastante bien parada, pero no así las comunidades de la cornisa cantábrica, y ahora la España vaciada se lleva la palma de las desgracias.
En los últimos 25 años entre un tercio y la mitad de la superficie forestal de Cantabria, Asturias y Galicia ha ardido, una barbaridad que se explica, en parte, por la rápida reforestación, en ocasiones con especies de crecimiento rápido, pero también muy poco resistentes al fuego.
Castilla y León es la comunidad “líder” en hectáreas, pero es cierto que es también la que cuenta con más superficie forestal, por lo que “solo” se ha quemado un 16% de su superficie en estos 25 años. Y Cataluña es la comunidad con la menor intensidad relativa (~5%). Parece que algo hacemos bien, o al menos mejor que otros, en la gestión forestal, en la densidad de infraestructuras de prevención (red de cortafuegos, Bombers, Infocat) y, sobre todo, en la extinción temprana que hace que, salvo episodios puntuales, haya una menor recurrencia de macroincendios, aunque nunca se puede cantar victoria.
Un rayo, una imprudencia, un loco… los fuegos empiezan de muchas maneras y siempre habrá incendios. Pero entre que se quemen 25.000 hectáreas como en 2018 o casi medio millón como en 1.985 hay una diferencia enorme y se pueden hacer muchas, muchísimas cosas.
Lo primero es prevención. Todo el mundo habla de bosques sucios y poco o nada mantenidos. ¡Pues manténganse! Hay mano de obra poco cualificada en desempleo en invierno a la que se le podría ofrecer trabajos de mantenimiento de bosques. Además, los grandes incendios son más frecuentes en la España vaciada, pues nada mejor que atraer personas que cuiden, cobrando, los bosques.
Todo lo que se gaste en prevención será poco, lo mismo que todo lo que se gaste en mantenimiento de infraestructuras, que están para pocos trotes como, lamentablemente, hemos visto con el trágico hundimiento de la fiabilidad del AVE. Las carreteras no están mejor, pero las consecuencias de un mal mantenimiento quedan más disimuladas que cuando descarrila un tren.
Y tras la prevención, la detección temprana. Hay muchísimas herramientas para identificar el inicio de fuegos, incluso en zonas muy remotas. Drones, sensores, redes de vigilancia… está todo inventado, solo hay que ponerse a ello.
No es casualidad que los incendios de Collserola y Saler no se desbocasen por estar muy próximos a zonas pobladas. Y en la extinción este año, de nuevo, hemos escuchado con bochorno que hay pocos aviones, y que algunos están en tierra por falta de mantenimiento desde hace años. Simplemente, no puede ser.
Si en España hay menos muertes en carretera por kilómetro recorrido que en Estados Unidos, Francia o Alemania, y somos de los países de la Unión Europea donde hay menos muertes por violencia de género por cada 100.000 habitantes y, sin embargo, o tal vez gracias a eso, los medios nos machacan permanentemente con mensajes de concienciación, no es comprensible que los incendios forestales parezcan una maldición divina contra la que solo cabe huir y pedir que venga la UME.
De igual modo que la sequía hay que trabajarla cuando los embalses están llenos, los incendios forestales hay que evitarlos antes de que llegue el verano.
