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Jordi Mercader y el nuevo mapamundi

Jordi Mercader y el nuevo mapamundi Equal Earth Map

Pensamiento

El peligro de los mapas

"El nuevo modelo de financiación autonómica impulsado por el Gobierno central y la Generalitat está sufriendo el efecto pernicioso del mapa"

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La Tierra no es una esfera perfecta, según las últimas imágenes difundidas por la NASA, tal y como había sospechado Einstein. Tampoco el mapamundi tradicional se ajusta a las magnitudes reales de los continentes. Ninguna sorpresa. Los catalanes en general y algunos españoles ilustrados saben lo caprichosos que pueden llegar ser los mapas y las nefastas consecuencias que pueden tener las tergiversaciones cartográficas.

La distorsión introducida por los mapas en el imaginario colectivo, sea por dificultades científicas para acertar en el dibujo o por voluntades políticas para confundir a los ciudadanos, ha ayudado a consolidar falsas realidades que luego se convierten en supuestas verdades intocables.

Gerardus Mercator, cartógrafo y teólogo de Flandes, confeccionó hace cinco siglos un mapa del mundo para navegantes, aumentando el tamaño de las latitudes altas en detrimento del hemisferio sur. Ahora, los países africanos han conseguido que la ONU recomiende utilizar el Equal Earth, una proyección pseudo cilíndrica que ofrece una imagen mucho más real de las dimensiones de los continentes. Una idea excelente.

Europa es más pequeña de lo que durante siglos se ha estudiado en las escuelas y África mucho mayor. El eurocentrismo y la cultura occidental, ya muy tocados de muerte por las realidades económicas y políticas, las imperantes y las emergentes, deberán aceptar además su auténtica dimensión geográfica.

No es un factor demasiado grave, comparado con las tempestades por las que navega la frágil carabela de la UE. Su redimensión territorial incluso podría ser utilizada, en programas electorales temibles, como un argumento científico para repensar las magnitudes de algunas políticas humanitarias.

En el mundo está visto que no hay nada eterno, excepto el actual mapa de España. El mapa autonómico vigente lo inventó, entre 1977 y 1978, con prisas, el ministro de UCD, Martín Villa, con el apoyo a veces tácito y otras explícito del PSOE.

La Transición tuvo un efecto mágico en España. De repente, cuando las comunidades autónomas estaban por definir, “se descubrieron ancestrales y profundos sentimientos de pertenencia” entre los ciudadanos de provincias que hasta entonces se lo tenían muy callado. Jacobo García Álvarez lo estudió a fondo por encargo del Senado, y su relato es muy instructivo de los objetivos políticos del entonces ministro del Interior.

En aquellos días de extraordinaria creatividad histórica y geográfica, se convocaron asambleas espontáneas por doquier, hábilmente impulsadas por la UCD y el PSOE, para reivindicar un mapa autonómico que difuminara convenientemente las aspiraciones de las nacionalidades tradicionales, a saber, Cataluña, País Vasco y Galicia.

Cuando los ciudadanos no veían la jugada y se empeñaban en defender lo evidente, por ejemplo, que León tiene una historia al margen de Castilla como defendieron la mayoría de los ayuntamientos leoneses, Martín Villa se hacía el sueco y seguía con su plan.

El mapa resultante supuso incluso un retroceso respecto de la cartografía regional que el franquismo heredó de los liberales del siglo XIX. Aquellos liberales homologaron con el mapa provincial todos los territorios, siguiendo la doctrina afrancesada, al margen de cualquier antecedente histórico. Muchos de nosotros estudiamos aquella homogeneidad artificial agrupada por regiones, el penúltimo intento de diluir la pluralidad nacional en la proverbial riqueza regional de la multiplicidad provincial.

En el nuevo mapa, las castellanísimas provincias de Madrid, Cantabria y La Rioja obtuvieron categoría de comunidades autónomas (CCAA) por razones étereas. El Reino de Murcia, que nunca tuvo otro rey que el de Castilla, perdió Albacete para hacer crecer la comunidad de Castilla-La Mancha. León quedó adosado a Castilla la Vieja porque sí.

La voluntad de tratar igual y de forma uniformadora realidades de características y naturaleza muy diferentes dio vida a un engendro político. Era tan obvio el plan, resultaba tan deprimente para las aspiraciones de vascos, gallegos y catalanes, que los autores intelectuales del mismo no se atrevieron a incorporar el mapa del Estado de las Autonomías en la Constitución. Ni tan solo introdujeron el nombre de las CCAA en la Carta Magna.

Oficializar un mapa que no responde a la literalidad del artículo 2 de la Constitución, el que asegura que en España hay nacionalidades y regiones, hubiera sido muy atrevido, incluso para Martín Villa. También habría sido una temeridad acudir al referéndum constitucional con un texto que incorporaba un certificado de defunción de cualquier reconocimiento de la famosa pluralidad nacional, más allá de la foralidad.

Ahora mismo, tanto para el PSOE en su papel de ufano padre del Estado de las Autonomías, como para el PP, que lo asumió a regañadientes cuando era AP, pero que le ha ido viendo la gracia a medida que ha ido gobernando las comunidades, este mapa es poco menos que el santa sanctorum de la españolidad.

En realidad, el mapa no representa a nada que no sean los intereses coyunturales de UCD y PSOE durante la época de la Transición. La fórmula, sin embargo, ha permitido asentar unos nuevos poderes territoriales que, si bien presentan cierta conflictividad con el Gobierno central, también son los garantes de la uniformidad del Estado, al actuar como frenos a cualquier reivindicación de Cataluña y el País Vasco.

La voz coral de las CCAA, entre la que tanto montan, montan tanto, las del PP como las del PSOE, interpreta automáticamente cualquier propuesta de avance de los gobiernos del País Vasco o Cataluña en un privilegio a combatir.

Robert Dussey, el ministro de Asuntos Exteriores de Togo que ha llevado la voz cantante en la jubilación de Gerardus Mercator, lo explicó claramente en la Asamblea de la ONU. “Los mapas conforman nuestra comprensión del mundo. Orientan la educación, alimentan el imaginario e influencian las percepciones colectivas. No son neutros, si ofrecen una imagen deformada de nuestro planeta se arriesga la perpetuación de representaciones erróneas transmitidas de generación en generación”.

El nuevo modelo de financiación autonómica impulsado por el Gobierno central y la Generalitat está sufriendo el efecto pernicioso del mapa.

Y también la estulticia de Junts, pero esta es otra historia.