Para alguien que ahora tenga 18 o 20 años, lo más probable es que la marca de automóviles Seat no signifique gran cosa, como los discos (CD o vinilos), las salas de cine y demás anacronismos contemporáneos. En consecuencia, le dará lo mismo la desaparición de Seat (si es que le suena) y entenderá perfectamente que la casa madre en Wolfsburg, Volkswagen, se interese más en promover a Cupra.
Lo único relevante de la discontinuidad de Seat es mantener los puestos de trabajo de la fábrica de Martorell. Todo lo demás (las lamentaciones especialmente) no son más que nostalgia o patriotismo tronado e inoportuno. En España, Seat puede presumir de un currículo notable, pero lo mismo pueden decir otras iniciativas industriales que ya han pasado a la historia.
Más que llorar por Seat, deberíamos preocuparnos por la eficacia de Cupra y la conservación de los puestos de trabajo en la factoría de Martorell. Por lo menos, en público. En privado, todos tenemos derecho a la nostalgia, aunque la generada por Seat tenga lugar mayormente entre el sector más viejuno de la población, del que uno ya forma parte al haber nacido el mismo día y año que Johnny Rotten.
Yo diría que todos recordamos con cariño al mítico Seat 600, que permitió a la clase media y baja del franquismo hacerse con un vehículo para ir al curro y llevarse a la familia a la playa. Era un avance notable con respecto al Biscúter (versión enana de los amaderados station wagons norteamericanos, también producido como vistoso descapotable) o a la Isetta (popularmente conocida como El Huevo por su forma: este curioso trasto se sostenía sobre tres ruedas, dos delante y una detrás, y se abría por la puerta delantera, que era la única que había).
Hasta se le dedicó una canción compuesta por el gran Moncho Alpuente, fallecido antes de tiempo y al que sus amigos aún echamos de menos: Adelante, hombre del 600 / La carretera nacional es tuya, así empezaba. Y, si no recuerdo mal, Joan Capri le dedicó uno de sus monólogos, que gozaban de mucho predicamento en Cataluña, que se titulaba Je tenim el 600 o algo parecido.
A mi padre, el 600 se le antojaba un pelín cutre, así que nunca tuvimos uno. Hubo que esperar a la aparición del 124 para que papá se decidiera a motorizarse. Nunca lo olvidaré: era de color blanco y con la tapicería (de skai) de color rojo (cuando le daba el sol, echaba un pestazo insoportable que me daba unas ganas tremendas de vomitar, pero cualquiera le decía algo a mi progenitor, con lo orgulloso que estaba de su vehículo).
¿Aire acondicionado? Ni hablar. Yo me mareaba que daba gusto, hasta que mi madre me abrió la puerta a las drogas con una cosa llamada Biodramina gracias a la cual me encantaba ir en coche. Completamente colocado (luego descubrí que sus efectos eran similares a los del Trankimazin), ya no me afectaban ni el movimiento del coche ni el olor nauseabundo de la tapicería. La sensación de felicidad absoluta era muy parecida a la que unos años después experimenté con mi primera Coca Cola con ginebra, pero eso ya es otra historia, ¡y demasiado larga!
Los Seat fueron, probablemente, los primeros coches españoles de alcance popular. Los genuinos coches del pueblo de los que hablaba Hitler y que encontraron su plasmación en Volkswagen (que significa Coche del Pueblo). No eran tan bonitos como los escarabajos alemanes, pero los tiempos tampoco estaban como para resucitar a Hispano Suiza, ¿verdad?
Seat se convertirá en un recuerdo para los que peinamos canas o se han quedado calvos. Como tantas otras cosas. Ha cumplido con creces su misión y se puede ir al hoyo con la sensación del deber cumplido. Desaparecerá del todo cuando desaparezcamos los que la recordamos, como ha pasado antes con tantas y tantas cosas. Lástima que uno sea tan cenizo como para recordar especialmente el hediondo olor del skai bajo el sol.
