En una entrevista televisiva le preguntaron al gran Mel Brooks cómo había sido su infancia, teniendo en cuenta que era muy joven cuando perdió a su madre. Brooks interrumpió al entrevistador.

--El problema no fue ese, si la hubiéramos perdido, habríamos salido todos a buscarla y estoy seguro de que tarde o temprano la hubiéramos encontrado. Lo que sucedió es que se murió.

Algo parecido le sucede a Roger Español, de quien todos los medios de comunicación cuentan que perdió un ojo en las manifestaciones del 1 de octubre de 2017. Y no. De haberlo perdido, seguro que lo habría encontrado.

Aunque un ojo sea de peor localizar que una madre --puede esconderse hasta en una alcantarilla o en un bolsillo, cosa que a una señora madre, por pequeñita que sea, no le resulta fácil--, estoy seguro de que los demás manifestantes se habrían puesto manos a la búsqueda, de saber que uno de los suyos había perdido un ojo y habrían terminado hallándolo.

Un ojo, al contrario que una madre, no tiene piernas, así que no puede marcharse muy lejos.

No, Roger Español no perdió ningún ojo, sino que se quedó tuerto. Es lo mismo que si se te muere la madre, pero relativo a la vista, aunque bien es cierto que madre no hay más que una y ojos tenemos dos, tres si contamos al que no ve.

He recordado estos hechos porque está a punto de empezar el juicio contra los Mossos d’Esquadra que le dejaron a Roger Español un ojo a la funerala mediante el disparo de una pelota de goma. Ya la fecha, conocida entre los independentistas como 1-O, parecía preludiar el dramático final: se diría que son dos ojos, uno de los cuales cerrado por una grave herida.

Hay cosas que cuestan un ojo de la cara, y la independencia de Cataluña sin duda es una de ellas. Lo que ocurre es que el pobre Español pagó el precio y no le dieron a cambio la república catalana que esperaba.

Supongo que el juicio debe ir por ahí, no soy experto en esas cosas. Como doy por supuesto que ninguno de los policías apuntó al ojo de Roger Español para saltárselo de un pelotazo, lo que debe de reclamar el perjudicado es que nadie le ofreció al famoso estado catalán a pesar de que él había pagado lo estipulado, que era un ojo de la cara.

Se trataría, en ese caso, de un juicio civil, es como si usted, lector, va a comprarse unos zapatos, paga religiosamente el precio que marcan, y el comerciante se niega después a entregárselos.

Si eso ya le molestaría a usted, imagínese lo que debe ser pagar con un ojo la llegada de la república catalana y que después nadie se la entregue. A ver si no hay para denunciarlo. Porque, además, en el caso de los zapatos, el problema se puede resolver devolviéndole a usted el dinero, pero a ver cómo se le devuelve a alguien un ojo.

Nada más lejos de mi intención que burlarme de una desgracia como la de Español, que bastante tiene un independentista con arrastrar tal apellido. Todo lo contrario, vaya desde aquí toda nuestra solidaridad.

Vivir con un solo ojo no es fácil, y además las posibilidades laborales quedan bastante reducidas, la más clara sería la de rey en el país de los ciegos, un puesto de trabajo que, además de ser bien remunerado, le permitiría gozar de una vida regalada, como todos los monarcas, hasta los eméritos.

El problema es que no se sabe si este país existe, tengo para mí que es un lugar de leyenda, como la Atlántida. En fin, vale la pena averiguarlo, por si acaso hay ahí una oportunidad de empleo. Aquí estamos para ayudar a la gente.

Esperamos con ganas el juicio, a ver si nuestro héroe saca del mismo algo que le alivie la desgracia. Así, a ojo --con perdón-- uno cree que lo peor que puede pasar es que durante la vista alguien diga que Español «perdió el ojo» y que toda la sala --juez, testigos, abogados y hasta el público-- empiece a buscarlo por los juzgados, como si fuese la madre de Mel Brooks.