Pasar del equilibrio a la desesperación forma parte del signo de los tiempos en las ciudades del mundo occidental. El tono emocional de la ciudadanía puede verse dañado con extrema facilidad. Lo hemos comprobado con una ciudad especial como es Ceuta, siempre amenazada por su situación de frontera rodeada de territorio marroquí, y lo detectamos en capitales peninsulares cuando acechan los problemas y la actitud de las autoridades plantea lagunas que, lejos de remar en favor de la solución de los conflictos, provocan mayores descosidos en las costuras urbanas.

La invasión sufrida en Ceuta, vastamente analizada por especialistas de todo pelaje, es una cuestión paralizante para cualquier ciudad. Quizás la distancia con las plazas de soberanía españolas en África le puede hacer pensar a alguno que se trata de un problema menor, pero la cuestión es tan grave y tan vergonzante su resolución que no ponerse al lado de la ciudadanía ceutí es poco menos que una indecencia humanitaria. Ni España ni Europa deben pagar los platos rotos de un Estado como el marroquí, que prefiere gastar 1.000 millones de euros en construir un rutilante estadio de fútbol en lugar de destinar ese dinero, y, por supuesto, otras partidas, a mejorar la vida de sus ciudadanos.

La invasión provocó que entraran en la ciudad casi tantas personas como habitantes tiene Ceuta en condiciones normales. ¿Se imaginan lo que supondría que de repente aparecieran en Barcelona 1,4 millones de personas, casi la misma cantidad de gente censada? Si las quejas ciudadanas cuando desembarcan unos miles de turistas de un crucero en el puerto, o de los autocares en la Sagrada Família, son implacables, ¿qué se diría si se viera en las calles de Barcelona o Madrid esa situación de impotencia ante la alteración de la vida convencional de la población?

Por eso sorprende que desde el Gobierno de la nación se sigan transmitiendo mensajes tan poco empáticos con la situación. No se trata ya de una defensa a ultranza del territorio nacional, que también debería existir, sino de evitarles a tus ciudadanos y contribuyentes una situación absolutamente inadmisible. El ministro canario Ángel Víctor Torres explicaba ayer en una entrevista que cuando baje la tensión ya se conocerán detalles del comportamiento del gobierno de Ceuta, vertiendo una parte de la responsabilidad en la Administración local ¿Cabe una afirmación así cuando decenas de miles de españolas viven entre el miedo, los escombros y la tensión desbordada en su ciudad porque el Gobierno no ha evitado nada previamente y no ha resuelto nada posteriormente?

Por fortuna, las ciudades peninsulares sufren problemas menos graves que los que azotan a Ceuta, pero la actitud de las administraciones debe ser examinada con lupa. No puede pasarse por alto ni un desmán porque una mala decisión dirige a la ciudadanía a un precipicio real con mucha más facilidad de lo que cualquiera podría imaginar. Significa eso que no se puede bajar la guardia en los aspectos importantes que no funcionan en una ciudad y, por supuesto, que hay que plantar cara sin ningún tipo de duda cuando el desacierto o la mala fe te condena a vivir como un ciudadano de segunda, atemorizado y con los nervios a flor de piel.