Un montaje de Toni Bolaño con una imagen del momento del minuto de silencio en Manresa por el homicidio de Carles Vilajosana de fondo
A los racistas poco les importa la verdad
"Ignacio Garriga y Silvia Orriols han salido en tromba. Les importa poco la verdad, y menos que una persona haya perdido la vida; están más a gusto salivando en su islamofobia"
La xenofobia, el racismo y la identificación del inmigrante como enemigo están a la orden del día. Esta semana pasada hemos tenido un episodio en el que fue asesinado en Manresa un vecino de Castellnou de Bages. La extrema derecha, la que usa la rojigualda y la estelada, se ha lanzado a la pelea agitando que la inmigración es igual a la delincuencia con manifestaciones incluidas. Se daba por hecho que el asesinato lo cometieron unos menores magrebíes. El fallecido importaba poco, lo importante era rentabilizar su asesinato.
Pasadas 48 horas, los Mossos no confirmaron el origen de los asesinos. Dijeron que eran cuatro, todos conflictivos y viejos conocidos de la policía catalana, y que dos fueron detenidos. Hasta aquí lo que se sabía. Los medios de comunicación hicieron el resto alimentando a la extrema derecha que brindaba con cava. Unos afirmaban que eran magrebíes. Otros que eran españoles y otros más que habían nacido en Cataluña. O sea que eran catalanes pero de origen extranjero. Nada se sabía a ciencia cierta, pero la hoguera ya había sido encendida en Manresa. No en vano, las municipales son en unos meses y la extrema derecha tiene muchas esperanzas de hacerse con la alcaldía. El asesinato de este hombre les ha hecho el caldo gordo. ¿La verdad? Los dos detenidos son españoles. Uno de los padres magrebíes. El otro de padres españoles. La única realidad es que son conflictivos.
Ignacio Garriga y Silvia Orriols han salido en tromba. Les importa poco la verdad, y menos que una persona haya perdido la vida; están más a gusto salivando —adjetivo plagiado de los compañeros de Crónica Global Miriam Saint-Germain y David Expósito— en su islamofobia. Los asistentes a las manifestaciones fueron convencidos de que el violento homicidio tenía una paternidad incuestionable: los marroquíes. Pero en ese momento no era una verdad constatada.
La Generalitat se esfuerza en poner encima de la mesa que "Catalunya es hoy una sociedad más segura. La criminalidad ha bajado un 9,9% durante el primer semestre de 2026". Y es cierto. Tanto que los delitos patrimoniales y la multirreincidencia han bajado y el Plan Helios, que lucha contra la delincuencia persistente y la detección de armas blancas y de fuego, ha sido dotado de 1300 nuevos agentes. Bien, pero a todas luces insuficiente para poner coto a una sensación de inseguridad que se agrava cada día, haciendo un repaso de hurtos, robos con violencia o asesinatos que encuentran eco en los medios de comunicación.
Los datos del paro de esta semana apuntan a que el empleo se mantiene con buen pulso gracias a la aportación de la inmigración. Que la regularización está teniendo un impacto positivo porque muchas personas han abandonado la economía sumergida y han recuperado sus derechos. Vivo en el barrio de Sant Antoni y tengo mi oficina en Sarrià. Soy madrugador y, a las siete de la mañana, tomando el café, me siento como el único autóctono. Sudamericanos y magrebíes son mis compañeros de mesa. Son los que van a trabajar a primera hora en obras de todo tipo y a acompañar a personas mayores. Son personas que han llegado a nuestro país para mejorar su futuro y el de sus familias, y se lo ganan con el sudor de su frente.
No han tenido la suerte de tener una madre alcaldesa que les haya ayudado a encontrar un puesto de trabajo. No son delincuentes, son personas. Seguramente, en el momento de publicación de este artículo los Mossos habrán hecho su trabajo y sabremos la identidad de los asesinos. Dará lo mismo, porque el daño ya está hecho. Algunos, para ocultar sus miserias, han encontrado a su íntimo enemigo. El culpable siempre es el diferente. Nada nuevo. Lo he escrito en estas páginas. Crecí en un barrio en el que había una pintada muy clarificadora: "Aquí se roba en castellano". Era un barrio de emigrantes gallegos en su mayoría, pero en la década de los sesenta del siglo pasado éramos "los diferentes". Los culpables de la inseguridad y los ladrones de puestos de trabajo, que los autóctonos de entonces no querían ni por asomo porque no querían sudar su camiseta.
El racismo de una parte de la sociedad catalana ha existido siempre, ayer y hoy. Son aquellos que califican las migraciones de "invasión de colonos". Hoy han cambiado el foco, es invasión de árabes —"moros" sin duda, porque no tienen posibles- y de "sudacas" que nos quitan el trabajo y rompen con la seguridad de nuestras calles. No ha cambiado nada. Nos seguimos mirando el ombligo. Ahora ese racismo latente tiene cara y ojos y está envalentonado.