Gonzalo Bernardos opina sobre Pedro Sánchez
Pedro Sánchez: mucha táctica, poca gestión y nula estrategia
"Al presidente del Gobierno no le importa adoptar decisiones que contribuyan a dividir España en dos bandos ni efectuar declaraciones que generen tensiones con EEUU, pese a las nefastas consecuencias que todo ello puede tener en el país"
Las cualidades de los grandes líderes
Desde mi perspectiva, un gran líder político debe reunir tres grandes cualidades: visión estratégica, habilidad táctica y capacidad de gestión. La primera le permite construir un proyecto de país, la segunda, sobrevivir políticamente, y la tercera, mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. En la actualidad, la mayoría de los presidentes y primeros ministros de los países más relevantes del mundo únicamente poseen la segunda virtud.
En los últimos 50 años, solo tres presidentes del Gobierno han tenido un verdadero proyecto de país: Adolfo Suárez, Felipe González y José María Aznar. Los principales objetivos del primero fueron el retorno y la consolidación de la democracia. Los del segundo, la modernización de la economía y la creación de un estado del bienestar. Los del tercero, la incorporación de España a la zona euro y el aumento de su influencia política internacional.
Cuando un político carece de visión estratégica, pero es un brillante táctico, su permanencia en el poder depende en numerosas ocasiones de la coyuntura económica internacional. Si el viento sopla a su favor, como sucedió durante la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, probablemente ganará las próximas elecciones. Si le viene de cara, lo más probable es que las pierda. En este último caso, para evitar la derrota, algunos dirigentes pueden optar por abandonar la política nacional y renunciar a presentarse a la reelección.
Si un político ni tiene estrategia ni táctica y cree que presidir el Gobierno equivale a dirigir una gestoría, su permanencia en el poder será limitada. Pueden expulsarlo con su voto los ciudadanos, pero también el resto de partidos. Esto último fue lo que le sucedió a Mariano Rajoy. Ganó las elecciones de 2015 y 2016, aunque sin obtener la mayoría absoluta de los escaños del Congreso, y en 2018 una moción de censura lo obligó a dejar su cargo.
Pedro Sánchez no tiene una estrategia de país ni una gran capacidad de gestión, pero sí una elevada dosis de tacticismo y un claro proyecto personal: alcanzar el poder y conservarlo durante el mayor tiempo posible. No es, ni mucho menos, el único político que posee dicha prioridad, pero en ningún otro dirigente de la Unión Europea resulta tan visible como en él.
Breve historia política de Pedro Sánchez
Para alcanzar el poder en el PSOE, Sánchez aprovechó el pase del gol que le dieron Susana Díaz y sus aliados. En primer lugar, al apoyarle en las votaciones a secretario general del partido. No lo hicieron porque confiaran en él, sino porque lo consideraban más manipulable que Eduardo Madina. En segundo, al convertirlo en víctima tras el esperpéntico Comité Federal del 1 de octubre de 2016.
Para acceder a la presidencia del Gobierno, Sánchez contó con un colaborador inesperado: Mariano Rajoy. Después de que el PNV respaldara el proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2018, el líder del PP consideró al partido vasco como un socio estratégico y fiable. Sin embargo, cometió un grave error de juicio. Solo nueve días después, el PNV se convirtió en su adversario: le retiró su apoyo y permitió que prosperara la moción de censura presentada por el secretario general del PSOE.
Este episodio demuestra que, para el partido jeltzale, los aliados son circunstanciales y lo verdaderamente importante son sus intereses. Una visión que Sánchez comprendió muy bien y, por eso, le ofreció más concesiones políticas y económicas de las que habría obtenido de Rajoy. En primer lugar, el respaldo del PSE–EE, imprescindible para gobernar el País Vasco y las tres diputaciones forales durante un largo período de tiempo.
En segundo, un gran número de transferencias de competencias desde la Administración General del Estado a la autonómica. Entre ellas figuran la gestión de las prisiones, el Ingreso Mínimo Vital, los trenes de cercanías, el litoral y las prestaciones por desempleo. En tercero, un trofeo emblemático por su enorme valor sentimental: la propiedad del palacete de París que albergó la sede principal del Ejecutivo vasco en el exilio.
Después de las elecciones de noviembre de 2019, a Sánchez no le quedó más remedio que pactar con Podemos para continuar siendo presidente del Gobierno. Hizo de la necesidad virtud, guardó su ideología en el baúl de los recuerdos y abrazó progresivamente los postulados de la extrema izquierda. En una década, “Pedro el liberal”, como le llamaban algunos compañeros del PSOE por sus ideas económicas, se convirtió en “Pedro el peronista”.
En mayo de 2023, el PSOE recibió un duro castigo en los comicios municipales y autonómicos. Después de ellos, de manera sorprendente, Sánchez adelantó las elecciones generales y convirtió lo que parecía un suicidio electoral en una dulce derrota. En primer lugar, porque Feijóo creyó que tenía asegurada la presidencia del Gobierno, ya que así lo indicaban casi todas las encuestas. Por ello, optó por una campaña de perfil bajo, en la que prefirió no equivocarse a acertar y prácticamente desapareció durante la semana de la votación.
A diferencia de Feijóo, Sánchez arriesgó y consiguió mejorar en las elecciones generales el resultado obtenido por el PSOE en los comicios autonómicos y municipales. En primer lugar, porque contó con el apoyo de los jubilados, cuyas pensiones había revalorizado un 8,5% en enero de 2023, el mayor incremento anual de la actual centuria. En segundo, debido a que se presentó como el antídoto contra Vox.
Para lograr ser investido presidente del Gobierno, pagó un elevado precio a Junts per Catalunya al comprometerse a impulsar una ley de amnistía. La norma beneficiaba a Carles Puigdemont y a otros políticos y activistas catalanes, pese a la oposición de la mayoría de los españoles y a que la había descartado durante la campaña electoral.
Al hacerlo, volvió a mostrar tres de sus principales características como político: la convicción de que el fin justifica los medios, el escaso valor que concede a su palabra y su disposición a ofrecer a otros partidos más contrapartidas que cualquiera de sus adversarios a cambio de su apoyo para conservar el poder.
Conclusiones
En definitiva, la trayectoria de Pedro Sánchez es la de un dirigente que ha sabido aprovechar las oportunidades brindadas por sus sucesivos adversarios políticos (Díaz, Rajoy y Feijóo), posee escasas líneas rojas, ofrece numerosas y sustanciales concesiones a sus aliados y no tiene una ideología definida.
La visión estratégica no es su fuerte. Por eso, resulta muy difícil encontrarla en sus discursos y, durante sus ocho años como presidente del Gobierno, ha sido incapaz de elaborar un proyecto de país.
Para intentar disimular esta limitación, en 2021 presentó un documento denominado España 2050, elaborado por un centenar de especialistas. Un informe de gran valor académico, pero de escasa utilidad como guía para transformar la nación. Desde entonces, acumula polvo y telarañas en una estantería de la Moncloa.
Al presidente del Gobierno ni le gusta ni sabe gestionar, y da la impresión de que a la mayoría de sus ministros tampoco. Debido a ello, los fondos Next Generation generarán menos riqueza de la esperada, una parte de los recursos asignados por la Comisión Europea quedará sin ejecutar, numerosas familias tienen dificultades para acceder a una vivienda, el estado de conservación de autopistas y carreteras es deficiente, el funcionamiento de los ferrocarriles deja mucho que desear y la red eléctrica muestra claros síntomas de saturación.
No obstante, Sánchez posee una gran habilidad táctica que le permite orientar el relato político en la dirección que más le interesa, desesperar a la oposición y granjear la admiración de algunos periodistas y analistas políticos. Estos últimos han convertido en hazañas míticas su regreso a la secretaría general del PSOE y su remontada electoral de julio de 2023.
Además, está en permanente campaña electoral con el objetivo de retener los votos obtenidos y captar otros nuevos. Para lograr su propósito, no le importa adoptar decisiones que contribuyan a dividir España en dos bandos ni efectuar declaraciones que generen tensiones con EEUU, a pesar de las nefastas consecuencias que ambas actuaciones pueden tener para nuestro país.
Su habilidad táctica, arrojo y capacidad para pactar con unos y otros fueron claves para regresar a la secretaría general del PSOE y llevar ocho años en la Moncloa. No obstante, estas tres cualidades difícilmente le servirán para continuar como presidente del Gobierno a partir de 2027. Si finalmente deja de serlo, dudo mucho que la historia le reserve un asiento junto a los mejores gobernantes de nuestro país. Para merecerlo, debería haber mostrado visión estratégica y capacidad de gestión, pero no lo ha hecho.