Selva Orejón y un perro sin ganas
Las ganas, la diferencia siempre está en las ganas, y hemos dejado de tener ganas
"Hemos entrenado la capacidad de escandalizarnos y hemos atrofiado la de conmovernos"
Llevo meses con una sensación incómoda y este verano me la ha terminado de confirmar, hemos dejado de tener ganas.
No es nostalgia. Es observación de campo. Trabajo cada día con lo que la gente publica, con lo que oculta y con lo que hace cuando cree que nadie mira, y lo que veo fuera de la pantalla es todavía más revelador que lo que veo dentro.
Somos más egoístas y más masivos a la vez, una combinación rarísima, todos haciendo exactamente lo mismo, cada uno convencido de que lo hace por su cuenta. Nos quejamos más y nos sorprendemos menos. Estamos cansados de una manera nueva, un cansancio que no se arregla durmiendo.
Ya ni siquiera vamos a modas. Vamos a fotos. Se elige el destino por cómo se verá publicado, no por lo que se va a sentir estando allí. Se reserva el restaurante por el plato fotografiable. Se va a la playa a documentar que se ha ido a la playa. Y cuando la imagen ya está hecha, el resto del día sobra. Aparentar se ha vuelto más barato que vivir, y encima da más retorno inmediato. El problema es que el retorno dura lo que dura el scroll de otro.
Lo importante nos importa poco y el susto nos dura menos. Sale una noticia grave, indignación de 24 horas, y a por otra cosa. Hemos entrenado la capacidad de escandalizarnos y hemos atrofiado la de conmovernos. No es lo mismo.
Y luego está el silencio. No responder se ha normalizado. Dejar en visto se ha convertido en una postura, casi en un mérito social: “Es que yo no respondo”, dicho con el pecho fuera. Hemos confundido poner límites con desaparecer. Un límite es decir que no. Ignorar a alguien no es un límite, es una comodidad con buena prensa.
Las fechas también se han ido desinflando. La última Navidad ya no era Navidad. El cumpleaños dejó de ser sagrado. Este verano no sabe a verano, estamos en casa con el aire puesto porque salir agota, porque hace un calor que asfixia, porque la arena en los pies molesta. Molesta la arena. Léelo otra vez. Hemos llegado a un punto en el que el mar es una incomodidad logística.
Lo que más me preocupa no es lo nuestro. Es que veo a los niños más irascibles, más tristes, menos curiosos. Y la curiosidad de un niño no se pierde sola, se apaga por imitación. Aprenden de adultos que miran el móvil mientras les hablan, que fotografían el momento en lugar de estar en él, que responden “ahora voy” sin levantar la vista; bueno, si te responden. No les estamos quitando la infancia con la tecnología. Se la estamos quitando con nuestro ejemplo.
Y, sin embargo, no escribo esto desde la derrota. Escribo desde el cabreo, que es mucho más útil.
Porque yo, conmigo misma, no he perdido la curiosidad. Ni las ganas de hacer cosas, de montar proyectos, de aprender algo que no sabía el lunes. Lo único que me da pereza este verano es salir a hacer deporte con este calor, y eso es meteorología, no carácter. Lo demás sigue intacto y pienso defenderlo.
Sospecho que a mucha gente le pasa lo mismo y no lo dice, porque decir que uno tiene ilusión se ha vuelto casi naíf. Ahí está la trampa: hemos hecho del desencanto una señal de inteligencia. Como si entusiasmarse fuese de ingenuos y el hastío diera prestigio. No lo da. El hastío no es lucidez, es batería baja, 100% comprobado.
Así que propongo algo poco sofisticado para septiembre. Contestar los mensajes. Ir a los cumpleaños. Quedar sin documentarlo. Aburrirse un rato sin buscar el móvil. Dejar que a los niños les vean curiosos alguien a quien admiran. Y aguantar la arena en los pies, que se quita con agua. Sacar la basura en tu casa de vacaciones con cholas y moño, salir a descubrir la zona en pijama.
La chispa no se ha perdido. La hemos dejado en visto. Esto va de humanos, recarguémonos las baterías, que somos seres sociales, gente.
Las ganas, la diferencia está en las ganas.