Hace unos días, durante la presentación y debate en el Círculo Ecuestre sobre mi último libro, La segunda revolución digital: una nueva era para la humanidad, debatimos sobre algunos de los grandes retos que plantea la era digital: los sesgos algorítmicos; la ciberseguridad; el impacto sobre el empleo y las competencias; la gobernanza internacional, y la telepresencia holográfica y su posible evolución hacia nuevas formas de relación con el pasado.
También el eventual desarrollo de una superinteligencia consciente, que plantearía incluso el debate sobre los derechos humanos frente a los posibles derechos de una inteligencia artificial; y, especialmente, el riesgo de que el acceso desigual a estas tecnologías amplíe la brecha entre ciudadanos.
Abordamos además un aspecto al que, en ocasiones, se presta menos atención: la huella ecológica de la inteligencia artificial. En este ámbito constatamos que la IA no es intrínsecamente insostenible, pero que su actual modelo de desarrollo plantea grandes interrogantes ambientales.
Los centros de datos, infraestructura esencial para entrenar y operar los sistemas de IA, consumieron alrededor de 415 TWh de electricidad en 2024, aproximadamente el 1,5% de la electricidad mundial, según la Agencia Internacional de la Energía (IEA). Se trata de un volumen de electricidad comparable al consumo eléctrico anual conjunto de España y Portugal, lo que permite dimensionar la magnitud de los recursos energéticos que requiere esta infraestructura.
A ello se añade el consumo de agua necesario para la refrigeración de estas instalaciones.
Las estimaciones presentan diferencias según la metodología y el ámbito geográfico, pero algunas fuentes indican la magnitud del problema, explicando que los centros de datos de Norteamérica consumieron cerca de un millón de millones de litros de agua en 2025, una cifra que si se toma como referencia el consumo doméstico medio en España (128 litros por habitante y día, según el INE), ese volumen equivaldría al gasto anual de 21,4 millones de personas.
Más allá del dato exacto, lo relevante es que el agua se está convirtiendo, junto con la electricidad, en uno de los grandes condicionantes físicos para la expansión de la inteligencia artificial.
Y no debemos olvidar los materiales que hacen posible esta infraestructura. La IA requiere centros de datos, servidores, redes, chips y sistemas de refrigeración cuya fabricación depende de minerales y materias primas como cobre, litio, níquel, cobalto y otros materiales críticos. Su extracción y procesamiento pueden generar impactos significativos sobre los ecosistemas, el agua y el territorio.
El crecimiento de los centros de datos y de las infraestructuras asociadas a la IA son, por tanto, auténticas máquinas de consumo de recursos a una escala que puede entrar en competencia con las necesidades de otros sectores industriales y, especialmente, con las de territorios sometidos a estrés hídrico.
La cuestión no es únicamente cuánta electricidad o agua consume la IA, sino dónde se produce ese consumo y qué consecuencias tiene sobre los recursos disponibles para el conjunto de la sociedad.
En el debate que hacía referencia, moderado por el doctor Jaume Llopis, surgió la preocupación por el elevado número de proyectos y permisos para la construcción de centros de datos en España, así como por la necesidad de que se revisaran estableciendo criterios más exigentes antes de continuar con su expansión, siguiendo las medidas que habían adoptado otros países europeos, como Irlanda y los Países Bajos.
Con estos antecedentes, la semana del 24 de agosto leí la noticia de que el Gobierno de España, a través del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, dirigido por Sara Aagesen; el Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, dirigido por Óscar López; y el Ministerio de Economía, Comercio y Empresa, dirigido por Carlos Cuerpo, prepara una nueva regulación para ordenar la expansión de los centros de datos en España.
La decisión responde, entre otras razones, a que los permisos concedidos representarían una demanda potencial de unos 12 GW, una cifra muy elevada si se tiene en cuenta que, en un día normal, el consumo eléctrico de España ronda los 40 GW. La magnitud de esta demanda potencial pone de manifiesto la necesidad de ordenar el despliegue de estas infraestructuras antes de que pueda generar tensiones adicionales sobre el sistema eléctrico.
Sin duda, desde mi perspectiva, es una excelente iniciativa, que requeriría que todo el arco parlamentario la apoyase. No se trata de frenar la digitalización ni de impedir el desarrollo de la inteligencia artificial, sino de evitar complicar aún más la ya de por sí compleja transición digital mediante una expansión especulativa de infraestructuras digitales que pueda tensionar la red eléctrica, incrementar la presión sobre los recursos hídricos y reducir los recursos disponibles para otros sectores industriales.
La nueva regulación pretende precisamente priorizar los proyectos que sean más eficientes y sostenibles, teniendo en cuenta criterios de eficiencia energética, consumo de agua, disponibilidad de energías renovables, soberanía digital y resiliencia de las infraestructuras.
En el posdebate, en el Círculo Ecuestre, hubo un amplio consenso en que los centros de datos deben ser eficientes y sostenibles y que cada nuevo incremento de demanda eléctrica asociado a estas infraestructuras debería estar respaldado por nueva capacidad de generación renovable, evitando que el crecimiento digital se traduzca en un aumento de la generación fósil y, al mismo tiempo, garantizando que su implantación no represente un riesgo para la disponibilidad de los recursos hídricos, especialmente en un contexto marcado por el cambio climático.
La inteligencia artificial puede convertirse en una de las grandes palancas de progreso de nuestro tiempo. Pero su desarrollo no puede ignorar los límites físicos del planeta. La verdadera revolución digital será aquella capaz de, respetando los límites planetarios, crecer sin comprometer los recursos que necesita la sociedad para vivir y prosperar.
