Ha hecho correr, como suele decirse, “ríos de tinta” la muerte idiota de dos mujeres en pleno corazón de Manhattan. Todo en esta historia suscita compasión. El lunes pasado, en Times Square, Erin Piacenti (32 años) fue asesinada por Pamela Cisneros (42 años).

La homicida deambulaba, fuera de sí, por la famosa plaza blandiendo un cuchillo en cada mano. Había apuñalado, previamente, a un desdichado en la boca del metro y luego, al ver a Erin, que acababa de reincorporarse al trabajo en el Bank of America tras un mes de baja por maternidad, y se dirigía a la sede del banco, se lanzó contra ella y le asestó una puñalada en el corazón. La joven cayó fulminada.

Acudieron unos policías, conminaron a la homicida a tirar los cuchillos y entregarse. Pamela se negó, gritando como una energúmena: “No voy a tirar nada, prefiero mataros a los dos”.

Intentaron pararla a base de descargas eléctricas de táser, que suelen tumbar a cualquiera. Pero sea porque la mujer era corpulenta, obesa más bien, y el exceso de grasa la protegió de las descargas, que no pudieron llegar a zonas sensibles de su cuerpo, sea por la ropa que vestía (leggins y una camiseta holgada), el táser no la paró, se abalanzó sobre los policías y hubo que pararla a tiros. Murió también en el acto. Su madre ya ha salido a protestar: hubieran debido dispararle a las piernas, dice. Hombre, la madre qué va a decir… Que “el sistema” ha fallado, claro.

Cisneros estaba claramente desquiciada. El motivo de que el caso haya llamado tanto la atención de los medios —y la mía— es la gran diferencia entre las dos mujeres, no sólo en cuanto víctima y victimaria, sino en su vida y en su apariencia. Eran como la noche y el día. Erin estaba felizmente casada y tenía un bebé; Pamela, divorciada el año pasado, tenía tres hijos.

Erin era blanca, pálida delgada, estaba en buena forma, era atractiva. Pamela era de tez cobriza, obesa, poco atractiva.

Erin era una alta ejecutiva del Bank of America, vicepresidenta del departamento de Negocios y Conflictos y tenía por delante un brillante porvenir profesional, lo que Wolfe llamaba una “master of the universe” y otros, un “modelo aspiracional”; Pamela trabajaba en una firma de abogados especializada en casos migratorios, pero sus antecedentes en episodios de alcoholismo y amenazas y otros de carácter psiquiátrico la tenían al borde del despido, era una loser, una fracasada de la vida.

El único parecido entre las dos era el historial universitario: Erin se licenció en ciencias políticas y derecho, y Pamela en psicología. Había hecho los deberes, había educado a tres hijos, pero las cosas se le torcieron de una forma u otra hasta llevarla a los terrenos abruptos de la locura.

He dicho al principio que los dos casos suscitan compasión pero, claro, inevitablemente, más compasión suscita Erin, no sólo porque fue la víctima inocente de la otra, sino porque, con toda probabilidad, tenía por delante un brillante porvenir o por lo menos una vida objetivamente interesante. Mientras para la pobre Pamela morir, aunque sea de una manera tan estúpida, es un descanso. Sus propios demonios la dejarán en paz. Las imagino a las dos en el cielo. Pamela le pide excusas a Erin por lo que le hizo, “no sé qué me dio, yo antes era buena, no quería hacer daño a nadie, hasta que empecé a oír en mi cabeza voces”. Y Erin le responde, con una de sus espléndidas sonrisas, que no se preocupe, que allí donde están también se está bien.

Shit happens la mierda sucede, dicen los americanos, ya se entiende lo que quieren decir. Uno puede estar paseando tranquilamente por el centro del mundo, puede incluso estar encerrado entre lingotes de oro en Fort Knox, e igualmente la casual e inesperada fatalidad le alcanza. También pueden alcanzarle cosas mejores.

Creo recordar que, al principio de Les choses (Las cosas), Georges Perec hace que sus dos protagonistas se conozcan al cruzarse casualmente en el metro, y de ese cruce casual surge el amor, y especula sobre las mucho más numerosas posibilidades de que Jérôme hubiera llegado dos minutos antes, o Sylvie un minuto después, nunca se hubieran conocido y su vida hubiera sido también otra. ¿O era Boris Vian al principio de L’écume des jours (La espuma de los días)? No recuerdo bien. Consulto a la inteligencia artificial, y me responde que en ninguna de las dos.

Bueno, pues no están allí, pero recuerdo que aquellas reflexiones sobre un pequeño azar, un instante que determina todo, me impactaron. Y que sobre este tema también tiene páginas muy buenas La inmortalidad de Kundera. El pobre Navalni, en su emocionante última carta a su esposa, antes de ser asesinado en una prisión rusa, le contaba que su peor pesadilla en la cárcel era que aquel día en que se conocieron él no hubiera acudido a la cita que tenía con unos amigos y entonces no hubiera llegado a conocerla. Es la carta más romántica que he leído nunca.