Cuando uno no sabe muy bien dónde está, después de un viaje sin mañana, es señal de que ha encontrado la belleza del lugar. Puede ocurrir en la costa dálmata, en el corazón de Cerdeña o en la ribera del Estrecho.
Miles de jóvenes migrantes, con el sueño de llegar a la península, sintieron esta belleza por unas horas en las playas de Ceuta. Pero ahora saben que Rabat no sostiene sus promesas. Y que parte de España discute las ayudas que reciben: “No se puede recibir migrantes sin límite”, argumenta Oriol Junqueras —en contra de su delfín, Gabriel Rufián— y “no admitiremos a ninguno”, base argumental de Míriam Nogueras.
Ambos dirigentes son del gremio del arte por el arte, es decir, cultivan plenamente cada disertación para obtener no el fruto de sus discursos, sino la experiencia misma de haberlos pronunciado. Cumplen con el diletantismo, garantía de libertad y placer; más que hacer algo, intentan ser alguien.
Los partidos del procés ven con buenos ojos la reforma del Servicio de Acción Exterior (SEAE) de Bruselas que incluye el endurecimiento de la política migratoria, bajo la supervisión de Úrsula von der Leyen.
El rediseño de las fronteras no está en el orden del día, pero es el sentir compartido por los estados en la cita informal de los ministros de Exteriores de la UE, que se celebra hoy en Irlanda. Y el nacionalpopulismo catalán espolea el nerviosismo de la cita: expulsar al migrante sin recursos producto de la superposición de culturas foráneas.
La frontera de Ceuta es la menos costosa del mundo, pero no se mueven las fronteras, sino los ciudadanos en busca de mejoras, lejos del hambre. Para los expertos en la geopolítica del Estrecho hay dos elementos que se complementan: la estrategia anticolonial de Marruecos y, frente a ella, el fracaso de la política de disuasión de España, que apuntaló Aznar en la crisis de Perejil, amenazando con la superioridad militar española. Moncloa niega hoy la disuasión por principio y abraza la negociación blanda que satisface a Mohamed V.
A base de ser un coladero, las ciudades españolas de la cornisa norafricana expandirían el conflicto. No basta con pedir ayuda a Frontex, como ha hecho Sánchez, entregado a la gesticulación para limpiar su error de bulto en la playa de El Trampolín.
Por su parte, PP y Vox trasladan su discurso tentador a Junqueras y Nogueras: responder a Rabat para no alimentar su deseo de expansión natural. ¿Lo mantendrá Feijóo cuando llegue a la Moncloa?
El jefe de la oposición sigue a Manfred Weber, presidente del PP europeo, junto a los países de la UE que acusan a España de propiciar el efecto llamada, al margen de Francia, Portugal, Irlanda y Luxemburgo. Sánchez se ata a Marruecos -él sabrá- y Feijóo alerta a la población española con las maniobras híbridas del vecino. Los del procés vuelven; están por levantar en Cataluña una muralla otomana contra migrantes, rodeada de cruces bizantinas y romanas.
