Jordi Mercader opina sobre la inacción en Ceuta Europa Press
Ceuta, apoteosis del desconcierto
"El mérito del político parece ahora que no consiste en solucionar el problema, sino en conseguir cargar el muerto a otros para sacudirse la responsabilidad"
La política se ha convertido en una cacería de culpables. El mérito del político parece ahora que no consiste en solucionar el problema, sino en conseguir cargar el muerto a otros para sacudirse la responsabilidad que pudieran tener en la cuestión él o ella, o sus colegas de gobierno o partido.
Esta situación calamitosa ha sido descrita por Manuel Cruz como “el grado cero de la política”, en el que las ideas han desaparecido como motores de la acción gubernamental y opositora, quedando éstas a expensas de la reacción ante los hechos consumados. Y en esta deriva de culpabilizar al adversario de las desgracias que ya son noticia, triunfan charlatanes empedernidos como el ministro Óscar Puente o la portavoz del PP en el Congreso, Ester Muñoz.
La relación de la nómina de estos especialistas en emitir intrascendencias permanentemente sería interminable y escasamente interesante. Tampoco sería corta la lista de gobernantes que se sacuden las responsabilidades ante un hecho conflictivo, una urgencia colectiva o un fallo del servicio público más esencial, atribuyéndolos al capricho del destino, a los excesos de la naturaleza o a la aleatoria combinación de viejos desajustes.
La crisis de Ceuta se ha convertido en este sentido en lo que Raimon Obiols denominaría, probablemente, una “apoteosis barroca” del desconcierto político, o de la política prisionera de la improvisación. Gobierno y oposición han participado con idéntico ímpetu en tal desbarajuste.
Un mes después del asalto a la frontera ceutí por miles de marroquíes, la situación social de la ciudad es delicada y las causas directas del episodio siguen atribuyéndose a los bulos difundidos por terceros países interesados en desestabilizar (todavía más) al Gobierno de Pedro Sánchez y a las malvadas mafias de turno.
Oficialmente, pues, el asalto de la frontera española en Ceuta ha sido explicado por el ansia inmigratoria de buena parte de la sociedad marroquí, azuzada de repente por un malentendido. El remedio aplicado ha consistido en aumentar la presión policial, incentivar la expulsión voluntaria, acoger bajo mínimos a los persistentes y aprobar una lluvia de millones para apaciguar a la indignada población ceutí.
Paralelamente, la tesis de un incidente provocado por el régimen de Marruecos como recordatorio de sus reclamaciones de soberanía sobre su territorio nacional ha sido desechada pública y reiteradamente por el Gobierno español, dando por buena la colaboración policial marroquí a pelota pasada.
El retorno a la normalidad de Ceuta, una ciudad acostumbrada a convivir con casi la mitad del censo de ascendencia marroquí, debería ser relativamente fácil de encarar para un Estado que luce prosperidad económica ante sus socios de la UE. Tiempo y dinero para incentivar la paciencia de una ciudad temerosa de verse abandonada a su suerte, sea mañana o dentro de medio siglo.
La cuestión de fondo es la soberanía del enclave y, aunque se hagan esfuerzos en ignorarla, ahí estará la monarquía alauita para insistir en sus expectativas de integridad territorial. Nadie le va a disuadir de su reclamación, como nadie le ha hecho retroceder del Sáhara.
¿Habrá alguien en el Gobierno o en la oposición que tenga alguna idea sobre cómo encarar el futuro de Ceuta y Melilla, más allá de reírse del patético Aznar?
No lo sabemos.
Lo que se sabe, porque lo dijo en la radio Pedro Sánchez, es que el Rey de España va a viajar a Ceuta cuando las condiciones lo permitan. Hace semanas que lo pidió el PP, que incluso reprochó a Sánchez que no invitara al monarca a la reunión del Consejo de Seguridad Nacional que debatió sobre la crisis ceutí.
Núñez Feijóo está en su guerrita para llevar a Sánchez a la oposición y, a poder ser, también ante el Tribunal Supremo, por eso no repara en gastos de credibilidad para él y para el PP. Sin embargo, el líder del PP es perfectamente consciente de que la presencia de Felipe VI en Ceuta situaría la crisis en el ámbito nacional patriótico que la derecha desea.
El último Rey de España en pisar esta ciudad norteafricana fue el padre de Felipe VI, provocando una reacción airada de Mohammed VI y la correspondiente tensión diplomática. Sabiendo esto, ¿por qué el presidente del Gobierno que ha reiterado el carácter social de la crisis para soslayar la versión del conflicto de soberanía accede ahora al viaje del Rey al ojo del huracán?
El papel humanitario y emocional que pueda desempeñar Felipe VI entre los vecinos de Ceuta y los inmigrantes pendientes de destino quedará muy probablemente relativizado por la exaltación de españolismo eterno y excluyente que provocarán los mismos que han reclamado desde el primer día la presencia del Rey, justamente para esto.
Para la oposición, el culpable de este nuevo lío diplomático será fácil de cazar. Cierto que a Sánchez no parece que le quite el sueño la apertura de un nuevo frente.