Les voy a contar dos cuentos. En el primero, la trama transcurre en 1969, en plena guerra de Vietnam. El coronel Walter E. Kurtz, de las Fuerzas Especiales del Ejército de Estados Unidos, se ha vuelto loco y ahora manda a sus propias tropas de montañeses, dentro de la neutral Camboya, como un dios.

El coronel Lucas y el general Corman, cada vez más preocupados por las operaciones de vigilancia de Kurtz, asignan al capitán Benjamin L. Willard, de la MACV-SOG, una unidad de operaciones especiales altamente secreta, una misión para que "ponga fin" al comando de Kurtz.

En el segundo, la trama transcurre en 2026, en plena confrontación política en España, donde no pasa un día sin una gran batalla. El presidente Pedro Sánchez pretende una revancha, al mando de sus huestes sanchistas, que han dejado de ser socialistas y a las que dirige como un dios, con el objetivo de, a saber: poner fin a la segunda restauración monárquica instaurada en la persona del Rey Don Juan Carlos; derogar la Constitución de 1978; abrogar el régimen implantado por ella; derrocar al Rey Don Felipe, para conectar directamente con la legalidad de la Segunda República e instaurar una Tercera República presidencialista, plurinacional y confederal, que ponga fin a España como nación.

Las intenciones de Sánchez son denunciadas por la oposición política y por todos aquellos "que pueden hacer y hacen" para defender su modelo de España. Todos se encargan de lanzar operaciones especiales en el ámbito político, mediático y judicial para poner fin al desaguisado, que puede tener su punto culminante en las elecciones de 2027. Si las ganara, España toca a su fin, se afanan en propagar los agitadores de bulos.

Los más tulliditos seguro que no han dudado en reconocer el primer cuento como el guion de Apocalypse Now, aquella maravillosa --y dura-- película de Francis Ford Coppola que contaba con un elenco que quitaba el hipo, con Marlon Brando y Martin Sheen y un papel estelar para Harrison Ford, que se nos presentó como coronel de la inteligencia militar antes de ser Indiana Jones.

El segundo cuento es el que vivimos diariamente en este país, donde España se rompe todos los días, ya sea por culpa de la inmigración o de los independentistas --saco variopinto donde se encuentran catalanes, vascos, gallegos o izquierdistas en general, sean o no independentistas--. Somos un engendro bolivariano, los socialistas son una secta que controla antidemocráticamente este país y nuestra democracia corre serio peligro si no llega al poder el Partido Popular de Núñez Feijóo con el apoyo de “la muy democrática y tolerante” extrema derecha de Santiago Abascal.

A este “Frente Popular” se unen, a menudo, mentes pensantes. Tienen todo su derecho a hacerlo. Algunos que han sido federalistas, partidarios del derecho a decidir, han sido padres de una editorial conjunta en defensa del Estatuto, ahora se convierten en voceros de un bulo apocalíptico. Insisto, están en su derecho, como está en su derecho la empresa que les tiene contratados como articulistas a rescindir su contrato.

Es la ley de la oferta y la demanda, esa que tanto defienden los más puristas del ejército antisanchista.

No se puede soplar y sorber al tiempo. Una empresa está en su derecho de despedir a quien considere que atenta contra sus intereses o simplemente por conveniencia. Miles de casos al año se producen en España y, si el señor López Burniol deja de escribir en La Vanguardia, seguro que lo podrá hacer en otro medio porque España no es bolivariana y la libertad de expresión, y de empresa, existen. El diario, recuerdo, también tiene libertad de expresión y algo que se llama línea editorial.

En esta España apocalíptica, si consideras que el Gobierno es legítimo, que la democracia está consolidada aunque la legislatura sea un carajal, que el Rey se ajusta a su papel de jefe de Estado de una monarquía parlamentaria, y si no censuras a degüello al presidente del Gobierno, llamándole presidente como corresponde, y no le insultas con ese lema tan intelectual como es “Pedro Sánchez, hijo de puta”, eres un peligroso partidario de un cambio de régimen que solo existe en la mente de los herederos del legendario coronel Walter E. Kurtz.

Aquel que se volvió loco y perdió al mundo de vista. Las coincidencias siempre son odiosas. Ya saben, la información crítica y la opinión ponderada han muerto para dar paso a la agitación y la conspiración. Y algunos se apuntan con esmero a la leva de agitadores de mérito para recuperar su protagonismo perdido.