Alemania no acaba de estar bien, y eso es muy malo para Europa. La primera economía europea lleva tiempo estancada.
En 2023 y 2024, Alemania decreció unas décimas, y en 2025 y 2026 sube tan solo unas décimas, pero no se mueven del +/- cero.
Un lustro de estancamiento no es sano para nadie, ni siquiera para un país rico y ahorrador. Solo dos datos para evidenciar que, aunque sin crecer, no están “tan mal”. El salario medio alemán más que dobla el español (2,25 veces), lo mismo que el ahorro “per cápita”, 120.000 en Alemania, 60.000 en España.
Por mucho que España crezca cerca del 3%, nos queda muchísimo para acercarnos a su nivel de vida y bienestar (“solo” necesitaríamos más de 20 años en este hipotético e imposible escenario de una España creciendo sostenidamente al 3% y Alemania, al 0,5%).
La economía alemana tiene varios problemas. El primero es el energético. Apostó su descarbonización a una primera transición del carbón hacia el gas, y el gas lo importaba de Rusia. El 70% de la energía la importa, y la imposibilidad de comprar gas ruso barato, añadido al precipitado cierre de nucleares, ha elevado hasta las nubes la energía. Si los salarios alemanes hacían el made in Germany poco competitivo y solo se salvaba por su excelente calidad, la factura energética ha dado la puntilla a muchas industrias que ahora no pueden exportar.
El segundo gran problema es el error de percepción de China. Alemania pensó que China sería un mercado infinito para sus industrias, especialmente de maquinaria y automovilística. Durante años, Alemania exportó muchísimo a China, pero… China ha aprendido mucho y muy rápido, y ya no necesita importar casi nada. Las marcas de coches eléctricos chinas ya venden globalmente más que todas las marcas alemanas juntas, y aunque de la maquinaria, un mercado menos transparente, no hay cifras publicadas, es un hecho que los grandes fabricantes alemanes están reduciendo personal de manera acelerada por la caída de pedidos.
En Alemania está creciendo el desempleo desde 2022. Ahora se acerca al 6,5%, una cifra magnífica para España, donde bajar del 10% nos parece una maravilla, pero vienen de tasas poco superiores al 4%. Sus tasas ya son peores que en Polonia o en la República Checa, el futuro, especialmente del empleo industrial, no es bueno y sostener a más de tres millones de parados es algo inusual para un país que históricamente ha necesitado de la inmigración para cubrir sus puestos vacantes.
Los productos alemanes son muy buenos, pero también muy caros, y el mercado global parece poco dispuesto a pagar un sobreprecio por la calidad alemana. Un ejemplo clarísimo son los coches, donde las ventas caen, y caen especialmente en el segmento medio donde el cliente compra por precio. Las alternativas chinas son “casi” igual de buenas, y el precio es radicalmente más barato. Es algo que ya ha pasado en otras industrias como los electrodomésticos, tanto de línea blanca como marrón, y ahora está matando a la industria del automóvil, que amenaza con grandes despidos y no sabe qué hacer con una electrificación acelerada que ha acabado de clavarle la puntilla. O más bien de autoclavarse, porque el boom del coche eléctrico se debe, sobre todo, al propósito de enmienda de la industria alemana tras el pufo del dieselgate.
Alemania no sabe reaccionar rápido, y ahora inicia movimientos cuyo resultado veremos dentro de meses… o años. De entrada, en 2025 rompió con el tabú del déficit público que lo limitaba constitucionalmente al 0,35%, aunque ya se lo venía saltando, y ahora apunta más al 4% que al 3%. De hecho, ya no hace ascos a que su deuda se aproxime al 100% del PIB (ahora está en el 65%), porque su economía necesita un gran impulso. En esto sí me temo que vamos a converger, lo cual explica el excelente comportamiento de la prima de riesgo española, porque las cuentas públicas alemanas se van a parecer cada vez más a las españolas, con gasto público a discreción, si bien es de esperar que en Alemania se invierta más que se gaste.
Además del cambio constitucional para liberarse del freno del déficit, Alemania está tomando otra decisión muy drástica para ellos: dar libertad a los estados para que legislen los horarios comerciales, haciendo posible abrir en domingo. Curiosamente, esta norma está generando un debate muy intenso y su aprobación no es segura, pues necesita la aprobación de los 16 estados federados. Pero es un claro indicativo de la necesidad de cambio de un país realmente rico, que trabaja menos horas al año que ningún país europeo (1.340 frente a las 1.640 de España o las 1.670 de Italia), algo que se explica, en parte, por el alto porcentaje de trabajadores a tiempo parcial (más del 30%). Además, las prestaciones de la seguridad social son muy altas, llegando a costear retiros en balnearios. El potencial de ajuste es muy alto, pero está por ver si los ciudadanos lo aceptan.
Para acabar de entender el complejo panorama alemán, los dos grandes partidos, aliados en el gobierno, están perdiendo peso día a día, creciendo las opciones más extremas, y solo es cuestión de tiempo que el ultraderechista AfD logre mayoría suficiente para gobernar en algún land, y algo más para ser decisivos en el gobierno federal, ante la imposibilidad de sumarse todos contra ellos, lo cual abrirá debates ahora inexistentes, como el de la inmigración. La polarización política también es un riesgo cierto en Alemania.
Alemania, país rico y solvente, tiene un futuro regular. Y eso no es nada bueno para España, ya que es nuestro segundo socio comercial tras Francia, es un gran mercado para nuestras empresas, un gran emisor de turistas y un gran inversor, además de ser la base de todos los programas de armonización europea, siendo el primer contribuyente neto, mientras que España sigue siendo receptor año tras año.
Todo esto, sin contar la generosa lluvia de millones (80.000 millones en subvenciones, más 84.000 millones en préstamos) que ha supuesto para nuestra economía española el Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, en gran parte financiado por Alemania.
