Javier Serrano Copete opina sobre la crisis de Ceuta
Ceuta: en África también hay España
"Defender la españolidad de Ceuta no es una cuestión sólo de historia o dinastías, sino de protección de derechos"
El calor es mal compañero de la mesura. Es común que los conflictos bélicos vengan junto a catástrofes o crisis climáticas; sirvan de ejemplo la “caída” de Roma o la propia Guerra Civil española. Conforme al panorama actual, y los pesares del espeso y bochornoso, en todo sentido, estío, no hay posibilidad de elección de tema alternativo, en lo que a geopolítica se refiere, que no pase por tratar la cuestión de Ceuta.
Toda reivindicación va precedida de un relato, y éste, por definición, es producto, siempre, de una narrativa histórica y de un paradigma (jamás de ciencia empírica irrefutable). La ciudad ceutí es africana y, al mismo tiempo, de soberanía española. El cambio de país, en este caso, no ahondaría en la coordinación geográfica tanto como en la pérdida de derechos y cambio radical de paradigma. El Islam (“sumisión”) se ha extendido a lo largo de la historia más como revolución que como invasión, aunque en este caso pareciere ser la excepción.
El Rif, actualmente marroquí, ya estuvo vinculado a Hispania en tiempos del Bajo Imperio romano (Hispania Transfretana, o Hispania de “más allá del Estrecho”). Ceuta fue territorio vándalo (con Genserico, verdadero destructor de la romanidad occidental) y bizantino (con el general de Justiniano, Belisario). Posteriormente, en el célebre episodio del Conde Julián, los visigodos perdieron la ciudad ante los conquistadores árabes (que eran pocos, y en verdad, fueron producto de una gran revolución en el arco mediterráneo, que tenía más similitud con la revolución bolchevique, en cierto modo, que con una conquista al uso).
El norte de África, antes de islámico, fenicio-cartaginés, romano y bereber, más que por un cambio de gentes, cambió de paradigma por un cambio de religión, motivada, en no poca medida, por causas políticas. En cierto modo, la conversión masiva de África al Islam fue una reacción ante el centralismo de Constantinopla y la crisis global generada por un cambio climático y la proliferación de la peste.
La rápida conquista de Alejandría, pues, tuvo mucho de “nacionalismo” frente al centralismo de Bizancio y las peculiaridades terrenas de los norteafricanos lo facilitó. Es evidente, pues, que, aunque la geografía es infalible y estática (salvo por la tectónica de placas, que de no ser por los terremotos y demás catástrofes en ocasiones, es insensible por los humanos), los territorios políticos cambian, con el paso de un paradigma a otro.
Esta pertenencia de Ceuta y Melilla al ámbito hispánico (ininterrumpido, pues, durante siglos) fue recuperada, para el caso de la primera, en el siglo XV por los portugueses, con su reconquista (si bien, por el Tratado de Monteagudo de las Vicarias, de 29 de noviembre de 1291, Ceuta y Melilla quedaban bajo la influencia política castellana, aunque aún fueran islámicas). En 1640, Ceuta decide no seguir a Portugal en su independencia y ser española (aunque mantendría el escudo de armas luso, como aún se luce).
Desde entonces, la plaza fuerte de Ceuta ha sido capital para el control del Estrecho por parte de los europeos, habiendo formado parte de territorios más o menos amplios en suelo africano a lo largo del tiempo.
Defender la españolidad de Ceuta no es una cuestión sólo de historia o dinastías, sino de protección de derechos. A la historicidad de la pertenencia hispánica del enclave se le une la consideración de todo ciudadano ceutí como español, lo que directamente les hace pertenecer a un Estado con una de las economías más avanzadas del mundo y, lo más importante, tener pasaporte europeo, con las garantías que ello implica.
La política internacional es diplomacia y ésta, fuera de populismos, se hace con discreción y en secreto. Es de esperar que el Gobierno español esté haciendo lo oportuno para contrarrestar el frontal ataque marroquí (con algo más que aparente apoyo estadounidense) sin, de momento, llegar a la violencia de las armas o de las sanciones económicas (que podrían ser críticas para el régimen de Mohammed VI, habida cuenta de que Marruecos depende energéticamente de España y de que sus exportaciones, en no poca medida, pasan por territorio peninsular).
Que Pedro Sánchez viajara a Argelia con total urgencia entre la final del Mundial de Fútbol (felizmente ganado por nuestro país, y que debiera organizar, en la próxima edición, en exclusiva con Portugal, o renunciar a él) y la recepción a los campeones no deja de mostrar la importancia de lo hablado. El ataque marroquí a Ceuta no deja de estar netamente en correlato con el restablecimiento de la amistad histórica entre Argelia y nuestro país (con gaseoducto mediante, para el enfado italiano, con ello también explicado).
Se mire por donde se mire, estamos en conflicto (“guerra híbrida”, dicen algunos), y lo que no es una revolución debe ser tratado como lo que es, una invasión. Ceuta debe defenderse.