Josep Maria Cortés y una imagen de la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, y el líder del PP, Alberto Núñez-Feijóo
Primarias a la sombra de los ateneos
"La oposición desmonta a la pareja Ayuso-González Amador, utilizando el fuego amigo que le costó el cargo a Pablo Casado. El PSOE da paso al desmonte de la Moncloa antes de que Sánchez se saque el último as de la manga y se quede"
Feijóo desmonta a la presidenta de la Comunidad de Madrid buscando en Patrimonio la explicación del ático de Chamberí, lo que conllevaría malversación. No es moco de pavo. Las palabras del líder del PP son demoledoras para Ayuso; buscan el carisma automático de quien manda.
Mientras tanto, frente al bloque de la oposición, el ministro socialista Óscar Puente anuncia la última legislatura de Pedro Sánchez; se hace valedor del relevo, el rescate de la dupla Feijóo-Abascal. La libertad de conciencia está pillada entre Ultramontanos y Librepensadores y la defunción del viejo liberalismo es solo una venganza, el plato que se come frío. El pueblo yace sobre la costra endurecida de las asociaciones profesionales de la toga. Es lo que Nicolás Salmerón llamó la “atrofia nacional” por obra de una catequesis ideológica, alejada de la razón, que condena a los ciudadanos a oscilar entre la servidumbre y la rebeldía, el fanatismo de la derecha y el fanatismo de la izquierda. “Se utiliza la memoria como arma arrojadiza”, en palabras del profesor Manuel Cruz, en Letra Global. Nada es azaroso; todo está impregnado de fervor.
A las puertas de 2027, los partidos políticos se recomponen. La oposición desmonta a la pareja Ayuso-González Amador, utilizando el fuego amigo que le costó el cargo a Pablo Casado. El PSOE da paso al desmonte de la Moncloa antes de que Sánchez se saque el último as de la manga y se quede en el cargo contra todos los sondeos.
Nadie saca el mosquetón ante un pronóstico tan claro a favor de la derecha. Los comicios generales pueden endulzar la derrota socialista con una dosis de presanchismo, después de la externalización de la frontera, en manos de Rabat, la capital de un Estado autárquico. Los cenáculos rojos pierden el seso tratando de encontrar un término medio entre la España de la inteligencia artificial y la tierra de la gleba donde florecen los tomillos y las jaras.
Consideran que el orteguiano Salvador Illa, interesado por las cosas reales más que por las palabras, sería la solución; pero no se atreven. Temen el retorno de Carles Puigdemont, cuando la alcaldesa Orriols se lo come por los pies y Junts trata de frenarla rechazando la cuota autonómica de menores migrantes que le corresponde, después de Ceuta.
Crece la xenofobia de la nación blanca espoleada por el abandono de la frontera sur. El nacionalismo no es un signo de vitalidad como en la época de la Institución Libre de Enseñanza, jalón de la amistad entre el krausismo y el catalanismo. En esa tradición encajaría la figura del president de la Generalitat, como candidato del PSOE. El exministro de Sanidad, más responsabilidad que optimismo, le daría un buen mandoble a la tribu del Derecho, la alternativa conservadora abanderada por la memoria del regeneracionismo rancio. El debate abandonaría los círculos económicos para reunirse en los Ateneos, la tradición de Giner de los Ríos.