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Al fondo: bicicletas eléctricas de Bicing

Al fondo: bicicletas eléctricas de Bicing Europa Press

Pensamiento

Importa más el medio ambiente que el ciudadano

"No es una solución primar a quien se anime a comprar una bicicleta eléctrica si no se da la orden de que en la calle se estreche el cerco al incívico"

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El Ayuntamiento de Barcelona ha decidido avanzar con su plan de dotar una partida económica para incentivar la compra y el uso de más bicicletas. Eléctricas, en este caso.

Un millón de euros a repartir en el 2027 a razón de entre 400 y 800 euros, según el caso, que acabarán por provocar que unos 2.000 ciudadanos más circulen por la ciudad con los vehículos que más casan con la sostenibilidad. Ese plan sería perfecto si esos nuevos sujetos y los que hasta ahora inundan las calles de Barcelona supieran comportarse cívicamente, respetando las normas más elementales de la movilidad.

Desengañémonos. La administración acelera en los planes que fomentan la movilidad sostenible, pero olvida los intereses globales de los ciudadanos que, además del medio ambiente, se nutren del cumplimiento de las normas esenciales de urbanidad. No tiene mucho sentido fomentar el avance de vehículos alternativos cuando la ciudad tiene una saturación en sus vías principales.

Se han eliminado vías de comunicación, se han eliminado carriles de circulación mientras tenemos los mismos coches, o más, y cada vez más bicicletas y patinetes. La alcaldía pretende además incrementar los kilómetros de carriles bici en Barcelona y la situación, de cumplirse esa promesa, será realmente insoportable para los conductores de vehículos de motor, y en general, para todos los ciudadanos.

El sueño del progresismo es cercenar el parque móvil a motor en la ciudad. Y ese desiderátum tendría un sentido si viviéramos en un mundo feliz en el que todo el mundo tiene oportunidades para desplazarse cómodamente sin fastidiar la capa de ozono. Pero la realidad —la vida es así— camina en otra dirección.

Se ha dicho hasta la saciedad, pero los inventos gestados por Ada Colau y seguidos por Collboni de fomentar sin tregua la movilidad sostenible se da de bruces con la realidad de la circulación en la capital catalana. No habrá menor volumen de automóviles en Barcelona hasta que el transporte público que une a la ciudad de los prodigios con su primera y segunda corona sea una realidad más eficiente para el ciudadano.

Y mientras eso no se arregle, y no se solventa con un decreto, la realidad de Barcelona será la de estar condenada a un atasco permanente, más contaminante que la movilidad de la ciudad en su pantalla anterior.

De todos modos, y al margen del cuello de botella que supone para la movilidad el alud de automóviles que seguirá llegando diariamente a las calles de la ciudad, el Ayuntamiento debería tener en cuenta un incremento de las medidas coercitivas para quien no cumple las normas de circulación.

No es una solución primar a quien se anime a comprar una bicicleta eléctrica si no se da la orden de que en la calle se estreche el cerco al incívico. En el caso de los usuarios de los vehículos sostenibles el incumplimiento del código de circulación es una norma. No hay manera de que respeten un semáforo rojo, ni un ceda al paso, ni la prohibición de circular por las aceras y de poner en riesgo a centenares de peatones que sufren las consecuencias de conductores que respetan el medio ambiente pero que cercenan el respeto más esencial de la convivencia.

Quizás esa ayuda habría que condicionarla a la manera de conducir de esos usuarios porque si hubiera respeto a la ley, la mayor parte de esos conductores se tendrían que gastar la ayuda en multas.