La semana que viene no lo busquen. No estará. Las ondas mañaneras de la trepidante radio española quedarán huérfanas. Ni a las seis, ni a las siete, ni a las ocho podrán escuchar al gran Carlos Alsina. Lo podrán hacer en Onda Cero a partir de las 10 de la mañana y podrán escuchar la mejor teatralización de la radio que se hace en España.

La que entretiene, la que hace reír y la que te traslada a un espacio-tiempo diferente. Esa que se aleja de la cotidianidad, de la actualidad y de la rutina política.

Carlos Alsina —Madrid, 1969— ha hecho de todo y lo ha ganado todo. Doy fe. He trabajado con él desde un lejano día de octubre de 2008 en La Brújula y continué codo con codo en Más de Uno. No ha sido un placer compartir con él centenares de horas de radio, sino un honor. Soy de los que piensa que hemos quedado huérfanos, pero Carlos, fiel a su estilo, sonríe y contesta con una cierta sorna: “Solo cambiará la personalidad. Como ha ocurrido siempre”.

Su testigo lo recoge Rafa Latorre. Un gallego al que sin duda no le falta personalidad y buen hacer. “Son etapas”, dice Alsina, que no duda en considerarse un afortunado por su pasado —“Mi etapa se acaba porque, en realidad, ya hice todo lo que tenía, y quería, hacer”— y por su futuro: “Ahora solo quiero vivir en paz y estar entretenido”.

Tiene todo el derecho, pero nos deja a la mayoría en el limbo. Su editorial de las ocho de la mañana era toda una lección de sensatez. Ese punto de equilibrio tan inexistente en la política mediática española. Con dos folios escritos a espacio sencillo, muy apretadas las letras, era capaz de hacer una interpretación estelar. No daba chapas, hacía análisis.

Sus entrevistas son una lección de periodismo. Ni una mala palabra, ni el acoso desmedido al entrevistado y preguntas certeras que dejaban a más de uno, y de una, desnudos ante la audiencia. Y sus directos en el lugar de la noticia, una lección de periodismo para los jóvenes, pero también para los millennials.

Sus tertulias, las más plurales. Eran la esencia del debate. Al que estaba en minoría no lo maltrataba y despreciaba como sucede en el elenco tertuliano habitual. Le daba caña, sí, pero siempre con respeto y acotando la crítica. Y, lo más importante, poniendo en valor tu opinión aunque fuera la minoritaria.

Durante 18 años he discutido con Alsina con pasión, pero después de todo este tiempo tengo que decir que añoraré nuestras broncas porque discutir con quien te hace pensar para dar con una respuesta correcta es todo un reto intelectual. Algún capón me he llevado —bastantes— por mi vehemencia y lo llevo con orgullo porque siempre podré decir “yo he estado con Alsina”, seguido de un sinfín de emoticonos con el brazo sacando músculo.

Echaré de menos a este hombre poco dado a las alharacas con un solo error: dar la hora que no debía, que llevó a acuñar eso de “¿Alsina, qué hora es?". No siempre podía acertar, para las delicias de sus tertulianos siempre ávidos de meterle el dedo en el ojo.

Era el único espacio que nos quedaba. Solo aspiro a que un día me invite a su nuevo espacio radiofónico para contar chismes o poner voz a un personaje de radionovela. Le deseo toda la suerte del mundo. ¡Adiós, Carlos! ¡Hasta siempre!