Roger Huguet y un modelo de IA
Inteligencia artificial: ¿miedo o esperanza?
"La tecnología cambia, pero también lo hacemos nosotros"
Cada vez que aparece una tecnología capaz de alterar nuestras costumbres, se forman inmediatamente dos bandos: los entusiastas, convencidos de que resolverá todos nuestros problemas, y los alarmistas, siempre dispuestos a anunciar que esta vez sí ha llegado el principio del fin.
La inteligencia artificial no es una excepción.
Hace unos días escuchaba en la radio a un profesor de la Universitat Rovira i Virgili, experto en inteligencia artificial, explicar que la rapidez de su desarrollo le producía vértigo. Si no conseguíamos cercar al "bicho" —así lo llamó—, sus consecuencias podían llegar a ser apocalípticas.
La preocupación es comprensible. Lo que resulta menos convincente es la facilidad con la que convertimos cualquier riesgo tecnológico en una profecía sobre la desaparición del trabajo, de la libertad o, ya puestos, de la humanidad entera.
La historia debería enseñarnos cierta prudencia ante estas predicciones. No porque las nuevas tecnologías carezcan de riesgos, sino porque casi nunca evolucionan de manera aislada. Mientras cambia la tecnología, también cambian la sociedad, las leyes, las empresas y nuestro comportamiento.
Sin embargo, los pronósticos apocalípticos suelen imaginar máquinas cada vez más poderosas frente a una humanidad completamente inmóvil, contemplando resignada cómo la atropella el futuro.
El fin del mundo lleva anunciándose mucho tiempo
Los ejemplos vienen de lejos.
En febrero de 1881, un artículo en The New York Times advertía sobre las posibles consecuencias físicas del nuevo invento. Según aquella visión, las corrientes eléctricas podían alterar las corrientes oceánicas, modificar los polos terrestres, desplazar el ecuador e incluso afectar a la inclinación de la Tierra y al equilibrio del sistema solar. Hablaban del temible… ¡telégrafo!
El telégrafo, por fortuna, no consiguió mover el planeta de su sitio. Se limitó a revolucionar las comunicaciones mundiales.
Pocas décadas después, en noviembre de 1909, el Daily Times recogía las opiniones de un profesor vinculado a la prestigiosa Universidad de Cornell que consideraba que los aviones serían una moda pasajera. El futuro, aseguraba, pertenecía a los dirigibles, que muy pronto atravesarían regularmente los océanos.
La predicción contenía una parte razonable: los dirigibles llegaron efectivamente a realizar vuelos transatlánticos. El pequeño inconveniente fue que los aviones no desaparecieron y terminaron convirtiéndose en el principal medio de transporte aéreo. Las modas pasajeras, aparentemente, también pueden durar más de un siglo.
Y no hace falta remontarse a tiempos tan lejanos.
Cuando el walkman comenzó a popularizarse a principios de la década de 1980, algunos adultos y comentaristas lo presentaron como una amenaza para las relaciones humanas. Se advertía de que los jóvenes se aislarían del mundo, encerrados en una burbuja musical individual e incluso sería una nueva droga alterando nuestras mentes.
El apocalipsis que debía traer internet
No necesitamos remontarnos demasiado. Durante la década de 1990, internet provocó temores muy parecidos a los que hoy despierta la inteligencia artificial.
Se dijo que acabaría con las relaciones personales, que nos convertiría en seres aislados, que destruiría el comercio tradicional, que haría imposible proteger la intimidad y que los estudiantes dejarían de aprender porque toda la información estaría al alcance de un clic.
También se temía que los hackers hicieran imposible confiar en los bancos, que la pornografía invadiera todos los hogares, que el anonimato destruyera la responsabilidad individual y que el exceso de información terminara haciendo imposible distinguir la verdad de la mentira.
Algunas de aquellas preocupaciones señalaban problemas reales. Pero con frecuencia se presentaban como pruebas de que internet acabaría destruyendo las bases mismas de la sociedad.
En 1995, el astrónomo y escritor Clifford Stoll publicó en Newsweek un artículo en el que cuestionaba seriamente el futuro de internet. Consideraba poco probable que el comercio electrónico pudiera sustituir a las tiendas, entre otras cosas porque los consumidores no podrían examinar físicamente los productos ni confiarían en introducir los datos de sus tarjetas en una computadora.
La realidad tuvo la descortesía de no hacerle caso.
Internet no eliminó las relaciones humanas: transformó la manera de mantenerlas. No destruyó el comercio: creó el comercio electrónico. Tampoco hizo desaparecer la educación, aunque sí obligó a replantear la función de los profesores, de los libros y de las propias universidades.
Es cierto que también produjo problemas destacados. La pérdida de privacidad, la desinformación, la ciberdelincuencia, el poder monopolístico de las grandes plataformas y el debilitamiento de algunos medios de comunicación no fueron fantasías de alarmistas especialmente imaginativos.
Pero internet no destruyó la sociedad. Se convirtió en una infraestructura esencial: útil, imperfecta, frecuentemente mal utilizada y ya prácticamente imposible de separar de nuestra vida cotidiana.
Probablemente sucederá algo parecido con la inteligencia artificial.
Los tres errores de los profetas del desastre
Los análisis más catastrofistas sobre las nuevas tecnologías suelen cometer tres errores.
El primero es suponer que la tecnología avanzará extraordinariamente mientras la sociedad permanecerá congelada.
Se imagina una inteligencia artificial cada vez más poderosa, pero no nuevas leyes, sistemas de seguridad, modelos educativos, organizaciones empresariales ni comportamientos sociales para adaptarnos a ella.
La tecnología cambia, pero también lo hacemos nosotros.
Cuando aparecieron los automóviles, no existían semáforos, permisos de conducir, cinturones de seguridad, autopistas ni normas de circulación adecuadas. Si se hubiera juzgado el futuro del automóvil únicamente por los accidentes de sus primeros años, probablemente se habría prohibido antes de que pudiera demostrar su utilidad.
El segundo error consiste en identificar un riesgo verdadero y proyectarlo hasta su consecuencia más extrema.
Que la inteligencia artificial pueda eliminar algunos empleos se convierte inmediatamente en "nadie tendrá trabajo". Que pueda generar información falsa pasa a significar que "nadie volverá a creer en nada". Y que pueda actuar de manera autónoma termina presentado como la entrega inevitable del control de nuestras vidas a las máquinas.
Entre un problema real y el fin de la civilización suele existir una distancia considerable, aunque no siempre resulte útil para conseguir un buen titular.
El tercer error es contar con gran precisión los empleos y sectores que desaparecerán, pero ser incapaz de imaginar los que todavía no existen.
Ocurrió con la mecanización, con la electricidad, con el automóvil y con internet. Siempre resulta más sencillo identificar la fábrica que cerrará que la industria que todavía no ha nacido.
La inteligencia artificial destruirá ciertos trabajos y transformará muchos más. Pero también creará profesiones, empresas y aplicaciones que ahora apenas podemos imaginar.
De los asistentes a los agentes
La inteligencia artificial está dejando de ser simplemente una herramienta que responde preguntas.
Los nuevos sistemas comienzan a actuar como agentes: reciben un objetivo, planifican diferentes pasos, buscan información, utilizan programas y ejecutan tareas con una intervención humana cada vez menor.
No se limitan a explicar cómo reservar un viaje. Pueden llegar a comparar vuelos, organizar los horarios, preparar la documentación y realizar parte de la reserva. No solo describen cómo analizar una empresa: pueden consultar datos, elaborar informes, identificar riesgos y proponer decisiones.
Esta evolución provoca un vértigo comprensible porque cambia la relación entre el ser humano y la herramienta.
Hasta ahora, las máquinas nos ayudaban principalmente a ejecutar nuestras decisiones. Los agentes inteligentes empiezan también a participar en la preparación y organización de esas decisiones.
Una de las clasificaciones más divulgadas sobre la evolución de la inteligencia artificial distingue cinco niveles: sistemas conversacionales, sistemas capaces de razonar, agentes que ejecutan tareas, innovadores capaces de contribuir a nuevos descubrimientos y, finalmente, sistemas que podrían coordinar el trabajo de organizaciones enteras.
No se trata de una escala científica universal ni de un calendario inevitable. Es una forma de imaginar hacia dónde podría dirigirse la tecnología.
Actualmente estamos entrando en la etapa de los agentes. Es precisamente en los dos niveles siguientes donde las interpretaciones se separan.
Dos maneras de imaginar el mismo futuro
La versión alarmista sostiene que una inteligencia artificial capaz de innovar y organizar acabará actuando por su cuenta, desplazando a los seres humanos y controlando empresas, industrias y decisiones fundamentales.
Según esta interpretación, en la cuarta etapa el "bicho" comenzará a inventar por sí mismo y, en la quinta, será capaz de organizar empresas y sistemas complejos sin necesidad de intervención humana.
La versión esperanzadora contempla exactamente las mismas capacidades, pero llega a una conclusión distinta.
Una inteligencia artificial capaz de innovar podría acelerar la investigación médica, descubrir nuevos medicamentos, diseñar materiales, desarrollar fuentes de energía más eficientes y resolver problemas científicos que actualmente requieren décadas de trabajo.
Un sistema capaz de coordinar organizaciones podría mejorar hospitales, redes de transporte, cadenas logísticas, administraciones públicas y grandes empresas cuya complejidad supera ya la capacidad de supervisión de una sola persona.
La misma tecnología que unos imaginan gobernándonos podría servir para ayudarnos a gestionar un mundo que nosotros mismos hemos hecho cada vez más difícil de gobernar.
Las dos posibilidades merecen ser estudiadas. Lo que no parece razonable es dar por demostrado que solo la peor de ellas puede ocurrir.
El futuro no puede depender de la fe
Prefiero contemplar la inteligencia artificial como una oportunidad extraordinaria para la humanidad. Sin embargo, el optimismo no debe consistir en confiar ciegamente en Sam Altman, Elon Musk, Satya Nadella, Jensen Huang, Mark Zuckerberg o cualquier otro dirigente tecnológico.
Por competentes o visionarios que sean, entregarles toda la responsabilidad sería una manera bastante curiosa de demostrar que no queremos perder el control.
Las empresas privadas tienen un papel fundamental porque poseen el talento, el capital y la capacidad para desarrollar estos sistemas. Pero también tienen intereses comerciales, accionistas y una inclinación bastante comprensible a confundir ocasionalmente el bien de la humanidad con su siguiente trimestre de resultados.
La innovación necesitará reglas, controles, auditorías y responsabilidades claras.
Pero regular no debería significar paralizar, ni convertir cada avance en sospechoso hasta que un comité administrativo consiga entenderlo, normalmente cuando el resto del mundo ya lleva varios años utilizándolo.
La pregunta no es si debemos regular la inteligencia artificial. Naturalmente que debemos hacerlo.
La verdadera pregunta es si sabremos regularla sin impedir que pueda desarrollarse.
La energía como desafío y oportunidad
Uno de los grandes desafíos de la inteligencia artificial será la enorme cantidad de energía necesaria para entrenar y operar sistemas cada vez más potentes.
Los centros de datos necesitarán más electricidad, mejores redes de distribución, sistemas avanzados de refrigeración y nuevas formas de almacenamiento energético.
Los alarmistas ven en esta necesidad una nueva amenaza para el planeta.
Pero también puede interpretarse de otra forma.
La demanda energética de la inteligencia artificial puede convertirse en uno de los principales motores para desarrollar nuevas tecnologías nucleares, mejorar las energías renovables, perfeccionar las baterías y encontrar sistemas más eficientes para producir y transportar electricidad.
La historia demuestra que muchas veces un problema creado por una tecnología se convierte en el incentivo necesario para desarrollar la siguiente.
Incluso puede impulsar tecnologías vinculadas con la exploración espacial, la fabricación de nuevos materiales o la utilización futura de recursos fuera de la Tierra.
Europa: regular primero, innovar después
Una vez más, Europa corre el riesgo de concentrarse más en regular el futuro que en construirlo.
Estados Unidos y China invierten, experimentan y compiten. Europa redacta reglamentos.
Naturalmente, cuando los demás hayan desarrollado las empresas, las patentes, los centros de datos y las infraestructuras, los europeos podremos presumir de disponer del formulario mejor diseñado para autorizar su utilización.
Europa posee excelentes universidades, investigadores, empresas y capacidad industrial. Lo que le falta con demasiada frecuencia es velocidad, inversión y tolerancia al riesgo.
Nuestra obsesión por prevenir cualquier posible error termina garantizando uno mucho mayor: llegar tarde.
Regular la inteligencia artificial es necesario. Renunciar a liderarla sería suicida.
Europa no debería convertirse en un Titanic burocrático que, al distinguir el iceberg, decide crear una comisión para estudiar su composición mientras otros ya están construyendo nuevos barcos.
Miedo o esperanza
¿Habrá riesgos? Sin duda.
Pero el riesgo no es un argumento para detener el progreso. Es una razón para dirigirlo.
La inteligencia artificial probablemente seguirá un camino parecido al de internet: transformará industrias, destruirá algunos modelos de negocio, mejorará la medicina y la enseñanza, aumentará la productividad y acabará integrada en nuestra vida hasta el punto de que dejaremos de llamarla inteligencia artificial.
Ya no decimos que compramos un billete de avión "utilizando internet". Simplemente compramos un billete. Lo mismo sucederá con la inteligencia artificial: se integrará en nuestros automóviles, teléfonos, hospitales, escuelas y empresas hasta convertirse en una parte invisible del funcionamiento cotidiano.
El verdadero debate no debería ser si la inteligencia artificial es buena o mala.
La electricidad tampoco es buena o mala: puede iluminar un hospital o alimentar una silla eléctrica. La cuestión siempre ha sido qué hacemos los seres humanos con aquello que inventamos.
Entre el miedo paralizante y el entusiasmo ingenuo existe una tercera posición: avanzar con ambición, prudencia y voluntad de control.
Personalmente, prefiero la esperanza.
No porque ignore los riesgos ni porque crea que todos los dirigentes tecnológicos estén impulsados por una repentina vocación filantrópica. Prefiero la esperanza porque la historia demuestra que la humanidad suele ser bastante mejor adaptándose al futuro de lo que pronostican quienes viven profesionalmente de anunciar su final.