Sílvia Orriols empezó a repoblar la Plana de Vic, su ciudad natal, cuando era convergente y pujolista. Al nacionalismo le suenan bien las espadas clavadas en la piedra, como la Excalibur de Arturo; le van las leyendas de Otger Catalò, aquel duque de Aquitania, celebrado por Víctor Català, el pseudónimo de la escritora Caterina Albert, que escondió su género para poder publicar en plena Renaixença.
El Santo Grial es, probablemente, el símbolo más complejo y fascinante de todo el ciclo artúrico; en el fondo, es el tipo de medievalismo que le gusta a Sílvia Orriols, con cinco hijos de nombres marcados por el honor y la gloria de tiempos heroicos: Guinadell, Fortià, Queralt, Violant y Peronella, dignos de la toponimia céltica que estudió el romanista Joan Corominas. Guinadell, la mayor, fue nombrada guardia urbana de Ripoll, bajo su madre, edil de la localidad, un paso que investiga Antifraude.
Vamos mal cuando una ideología extrema pivota sobre estos tres ejes: la patria, la autoridad y el Altísimo. De momento, el número dos de Aliança Catalana, Oriol Gès, sueldazo y opacidad, mantiene la unidad del partido radical a base de órdenes, antes de que suenen las fanfarrias electorales de 2027.
La formación de la Orriols no es tan localista ni tan fiera como lo pintan. Es un grupo capaz de rivalizar el nacional-populismo con la amabilidad de dirigentes como Jordi Aragonès, historiador y director de Estudios y Programas de AC, ideólogo del grupo, la alternativa sociológica y urbana hecha de paseos por Barcelona acompañado a veces por algún heredero de las sagas industriales que hicieron grande el país de los vaporistas, a orillas del Cardener o del Ter.
Cuando los gentilicios se mueven, anuncian algo nuevo que no suele salir airoso. Pero resuena, como Aragonès, el joven valor del populismo pirenaico, que fue candidato testimonial a la alcaldía de Barcelona y aprovechó la ocasión para presentarse ante la sombra de las élites económicas con más tronío que posibles.
Aragonès tira de recurso mnemotécnico para recorrer la Ciutat Vella de la nobleza milenaria, aunque no esgrima infancia o adolescencia en los palacetes de la Calle Moncada. A la hora del recuento, siempre queda alguna huella del pasado, sea en forma de linaje o de marca financiera desaparecida de los banqueros de la Rambla, como los Soldevila, Garcia Nieto, los Arnús-Garí, o el Banc de Barcelona, ideado por el gran mecenas, Girona i Agrafel.
En su situación, parece un éxito practicar la flanerie, aunque no quede nada de las viejas cafeterías. Diga lo que diga Orriols, tocar tejido urbano asusta a la joven guardia de Aliança Catalana, tan metida como está en los valles nemorosos del Ripollés.
Orriols dice que las diferencias internas de su partido son coincidencias mal entendidas; y a ella se le perdona una coincidencia. A la prefiguración artúrica de la alcaldesa de Ripoll le ha salido un competidor. Sin romanticismo de por medio, Aragonès es el Lancelot de turno.
