La delincuencia es como la energía, que ni se crea ni se destruye, solamente cambia de lugar de operaciones.
A un delincuente como persona física sí que se le puede encerrar y ahí termina su carrera, pero la delincuencia como ente social continuará existiendo, puesto que siempre sabe adaptarse.
Parece ser que las duras y efectivas medidas que adoptó en El Salvador su presidente Bukele han eliminado prácticamente la delincuencia de las calles de aquel país, gracias a encerrar sin miramientos a los criminales, como si fuesen animales.
El sistema se ha demostrado tan antiguo como efectivo, lo cual confirma que, si algo ha funcionado desde el principio de la historia, no vale la pena modificarlo. Ello ha producido un "efecto desplazamiento", llevando a los pandilleros a refugiarse en otros países para seguir ejerciendo su trabajo.
En Cataluña a eso le llamaríamos "exilio", ya que así denominamos a lo que hacen nuestros propios delincuentes cuando corren a refugiarse a Waterloo para continuar ejerciendo de tales.
Los miembros de las bandas salvadoreñas han optado, primero, por trasladarse a países como Honduras, Guatemala y México, por su cercanía.
Pero claro, lo ideal para su profesión es encontrar un país en el cual las leyes sean laxas, las prisiones casi hoteles con todas las comodidades y, por si todo lo anterior fuese poco, una parte de la sociedad que esté siempre dispuesta a defender los derechos de los criminales por encima de los de las víctimas.
Aunque parezca imposible, esta arcadia para los peores criminales de Centroamérica, existe: se llama España. El hecho de compartir idioma se suma a la larga lista de facilidades para trasladarse aquí a trabajar. Es decir, a matar y robar.
Imagino que a Bukele y al resto de gobernantes de aquella conflictiva zona, todo eso les importa un bledo.
Hacen bien, no es su problema que España sea tan permisiva con la criminalidad como lo eran antes sus países. No solo no es su problema, sino que deberían combinar la estrategia represiva con carteles en las ciudades y en las marquesinas de bus que dijeran «Criminales: el paraíso les espera, emigren a España».
Entre el temor a la cárcel y las posibilidades que se les abren en la madre patria debidamente publicitadas, Centroamérica quedaría pronto huérfana de bandas criminales.
Nadie podría echarles nada en cara a los presidentes de aquellos países, por lo menos en Cataluña, donde las cosas se hacen de esta manera y a todo el mundo le parece bien.
La consellera de Interior, Núria Parlon, explicó tranquilamente hace meses que la presión que se ejerce en Barcelona sobre los delincuentes hace que éstos se trasladen a Gerona y otras poblaciones del centro de Cataluña. Lo mismo que hace Bukele, aunque con cárceles más confortables.
Como barcelonés, yo estoy encantado de que mis atracadores, carteristas, camellos y violadores cambien de lugar de trabajo.
No sé cómo se lo toman —por ejemplo— los gerundenses, pero eso a mí no me importa, a los turistas que visitan Barcelona, tampoco, y se diría que a Núria Parlon, menos todavía, con lo cual ya está bien que en Gerona se sacrifiquen un poco por todos nosotros.
Si lo que pretenden los vecinos de Gerona, de Vic o de Lérida es salir a la calle sin el temor de ser asaltados, no tienen más que venir a pasar el día a Barcelona, donde se sentirán seguros.
Probablemente, el tren con el que vengan a la capital va a cruzarse con el que lleva a los delincuentes a cumplir con su jornada laboral en Gerona, y podrán hasta saludarse por la ventanilla.
