Seguimos midiendo la riqueza de los países en PIB. Tiene sentido: necesitamos saber cuánto producimos. Pero en esta nueva economía, deberíamos empezar a preocuparnos también por algo bastante más difícil de contabilizar: cuánto sabemos.

Porque detrás de una economía potente siempre hay un cerebro colectivo. Personas que investigan, crean, emprenden, imaginan y, especialmente, conectan conocimientos que antes estaban separados.

Quizá ha llegado el momento de hablar también de talento interior bruto, el TIB de un país. No como sustituto del PIB, sino como su complemento inevitable: el conocimiento, las capacidades, la experiencia, la creatividad y el potencial de innovación que acumulan sus ciudadanos. El PIB nos dice bastante sobre lo que hemos conseguido producir. El TIB debería ayudarnos a entender lo que todavía podríamos llegar a producir.

Y ahí se está librando una competición mucho más importante de lo que parece.

Estados Unidos acaba de poner más de 5.000 millones de dólares de compromisos federales adicionales sobre la mesa para ejecutar su Misión Génesis en donde más de 15 agencias federales participan para utilizar inteligencia artificial, datos, supercomputación y grandes infraestructuras científicas en ámbitos que van desde nuevos materiales y energía hasta salud, biología, semiconductores o computación cuántica de manera conjunta con la ambición declarada de nada menos que duplicar la producción estadounidense de I+D y sus innovaciones. La idea que hay detrás: hacer que el conocimiento humano-máquina produzca más conocimiento.

Conectar al investigador con la IA, los datos con la capacidad de computación, los laboratorios con las empresas y las grandes preguntas científicas con los recursos necesarios para intentar resolverlas.

Mientras tanto, China ya hace tiempo que tiene claro que el conocimiento es la nueva geoestrategia y lidera la mayoría de rankings. En 2025 invirtió más de 3,92 billones de yuanes en I+D, unos 569.000 millones de dólares, equivalentes al 2,8% de su PIB. Para el periodo 2026-30 plantea mantener un crecimiento anual de al menos el 7% en inversión en investigación y desarrollo.

No es casualidad. Las grandes potencias han entendido que la próxima ventaja competitiva no se construirá únicamente acumulando fábricas, materias primas o incluso chips. Se construirá acumulando y, sobre todo, activando inteligencia.

Y aquí Europa debería hacerse alguna pregunta incómoda. Llevamos décadas hablando de economía del conocimiento, pero construimos autopistas para que circulen mercancías, redes eléctricas para transportar energía y fibra óptica para mover datos. Quizá deberíamos construir con la misma obsesión infraestructuras para que circule el talento.

La inteligencia artificial añade además una variable extraordinaria. Por primera vez, una persona con conocimiento singular, aumentada por IA y conectada con otras personas complementarias puede disponer de capacidades que hace apenas unos años requerían equipos y estructuras enormes. Eso cambia también la idea de escala.

En la economía industrial importaba tener muchos recursos. En la economía del conocimiento aumentado importará cada vez más tener mucha inteligencia conectada por metro cuadrado, inteligencia colectiva conectada. Ese debería ser nuestro verdadero TIB.

No solo cuántos títulos universitarios tenemos ni cuántos investigadores aparecen en una estadística, sino cuánto talento somos capaces de descubrir, desarrollar, atraer, conectar y hacer que innove, convirtiendo todo eso en progreso.

Porque los países también tienen cerebro. Y el futuro no pertenecerá necesariamente al que tenga más. Sino al que consiga que el suyo piense mejor.