La maniobra de Sílvia Orriols parece clara: demostrar su catalanidad y desmentir a quienes la acusan de ser un submarino del Estado español. Puesto que poner de nombre a sus retoños Queralt, Vinadell, Violant, Fortià y Peronella no parecía ser suficiente muestra de catalanismo —a pesar del sacrificio vitalicio impuesto a las criaturas—, optó por una táctica definitiva que no dejara lugar a dudas y que certificara que es una catalana «de la cepa»: conocedora y practicante de las más arraigadas tradiciones del país, como es colocar a la niña.

Otra costumbre que demostraría la indudable catalanidad de alguien sería ponerle un piso a la querida, pero como de eso no gasta la señora Orriols, ha colocado a la hija como policía municipal de Ripoll, lo cual tampoco está mal y encima la imbuye de autoridad.

Ante hechos así, se tambalean las teorías de quienes vertían dudas sobre la ideología de la alcaldesa —o de la batllessa, como le gusta decir a ella pensando que eso, igual que los nombres de los niños, la hace más autóctona—.

Ni una cosa ni la otra: lo que la hace catalana de verdad es apañárselas para que un tribunal, nombrado ad hoc para ello y por ella, le conceda la plaza a la niña. Uno espera que la cosa no quede ahí, pues le faltan todavía cuatro retoños por enchufar, y lo que se hace para una se debe hacer para los demás. Equidad entre hermanos ante todo, que si no luego aparecen enfrentamientos en el seno de la familia, y eso queda muy feo.

Por fortuna, las encuestas siguen vaticinando aumentos espectaculares de Aliança Catalana en todas las citas electorales que están por llegar, entre ellas las de la Generalitat. Si Sílvia Orriols consigue auparse a la presidencia de Cataluña, se le abrirá todo un abanico de posibilidades para colocar al resto de su prole, que es de lo que se trata.

Siendo solamente alcaldesa, las opciones son muy limitadas. Si la niña no entraba en la policía local, no le quedaba más que integrarse en los servicios de limpieza u ocupar un puesto de administrativa en las oficinas municipales, y ni recoger deposiciones caninas ni hacer fotocopias parecen tareas dignas de la hija de la alcaldesa.

En cambio, si, Dios mediante, nuestra Sílvia se proclama la primera presidenta de Cataluña, los otros hijos tendrán dónde elegir. Como han demostrado todos los partidos catalanes, existe una infinidad de direcciones generales, subdirecciones, gabinetes, delegaciones en el exterior y entidades públicas de todo tipo —por no hablar de los cientos de asesores— donde es posible colocar a quien se desee.

Si hasta ahora los distintos gobiernos han enchufado ahí a familiares, amigos o gente de probada fidelidad al régimen que perdió el cargo, con más razón podría meter Sílvia Orriols a sus hijos, que por algo son sangre de su sangre. Ni siquiera va a hacer falta asignarles oficialmente el puesto: a poco que sean espabilados, ya encontrarán la forma de beneficiarse del cargo de mamá. Si lo hizo todo un Jordi Pujol, ¿por qué no va a poder hacerlo, llegado el caso, Sílvia Orriols?

Cataluña es eso, un gran cortijo en el que colocar a los niños. Sílvia Orriols lo ha entendido y ha empezado a practicar este catalanismo desde su pueblo, ahí en el Pirineo, cosa que le agradecemos todos los catalanes de bien, y especialmente su hija, que ya luce con orgullo filial el uniforme de la policía local.

No es extraño que las encuestas auguren el crecimiento estratosférico de su partido: nada nos gusta más a los catalanes que una madre orgullosamente catalana. Además, tenemos curiosidad por ver dónde va a enchufar a los cuatro hijos que le quedan por colocar, razón de más para votarla.