Mirar al cielo es lo que ha mantenido viva a la humanidad y la ha hecho llegar hasta aquí. Desde las civilizaciones más antiguas y ancestrales, el gesto de levantar la mirada por encima de nuestras cabezas es lo que ha determinado nuestra propia supervivencia, para poder cubrir desde las necesidades físicas más básicas, como comer y beber, hasta las aspiraciones más espirituales y metafísicas, que es justo lo que distingue al ser humano del resto de los seres vivos.

Y vale la pena detenernos en todo esto a poquísimas horas del eclipse total de Sol que podremos ver el próximo 12 de agosto.

La mayoría de las culturas precolombinas temían enormemente los eclipses de Sol. Y no es de extrañar si nos ponemos en la piel de mayas, aztecas, toltecas, etc.

El astro rey, del que dependía la alimentación de toda la comunidad, de repente, en medio del día, desaparece y no saben por cuánto tiempo. Todo se oscurece, se hace el silencio absoluto, incluso entre los animales, y hasta el viento se para. Pues la verdad es que sí era para asustarse.

Los indios navajos, en su concepción holística del mundo que se representa en un cesto, literalmente, todavía hoy nos cuentan que cuando hay un eclipse de Sol hay que esconderse hasta que termine, especialmente las mujeres embarazadas, ya que es el momento en el que el Sol, que todo lo rige, está más débil y, por tanto, es el momento en el que pueden pasar las mayores desgracias y cataclismos. Tiene sentido.

Y esto de que las mujeres embarazadas no pueden mirar los eclipses es una idea que se repite recurrentemente, ya que, aunque yo no creo que las abuelas de mi pueblo tengan nada que ver con los indios navajos, sí es cierto que desde siempre he oído que atribuían las enfermedades que causaban manchas en la piel, como la púrpura y el vitíligo, a que, mientras esa persona estaba en el vientre de su madre, ella había estado expuesta a algún eclipse. Sabiduría ancestral.

Por suerte, el ser humano, en su absoluta grandiosidad, capaz de lo mejor y de lo peor, no se dejó amedrentar por estos grandes fenómenos astronómicos y siguió mirando al cielo.

No solo para poder calendarizar las estaciones y planificar así las cosechas, sino para orientarse, en la tierra y, sobre todo, en el mar, hasta cruzar el mundo solo guiado por las estrellas. Hasta inventar los sextantes, para mí unos aparatos que son pura magia y que podríamos considerar los proto satélites de geolocalización.

Y, por supuesto, la humanidad, siempre que ha buscado algo parecido al sentido de la vida, lo ha hecho mirando hacia arriba. Ya sea para maldecir, para suplicar o para agradecer. Siempre, en todas partes, todas y cada una de las culturas y civilizaciones desde que existe el ser humano.

Pero, sobre todo, hemos mirado al cielo para soñar y para hacernos grandes. En busca de inspiración y de esperanza. Y no me refiero a la manida pregunta sobre si estamos solos en el universo, que, visto lo visto, espero que así sea, porque un multiverso con una copia de cada uno de nosotros se me hace insoportable hasta para el cosmos.

Miramos al cielo para escaparnos de la Tierra y de sus castigos, a cada uno el que le toque.

Por eso les propongo que, en unos días, cuando el Sol desaparezca por unos minutos frente a nosotros, lo vean (con gafas homologadas, of course), lo perciban e intenten conectar con los miles de personas que durante toda la historia de la humanidad han hecho lo mismo: mirar al cielo.

Háganlo para despegarse de toda la basura que pisamos. Aléjense de todos los apóstoles del feísmo y del discurso único del “hay cosas más importantes”.

Vayan a un lugar con gente que sepa apreciar lo bonito que hay en lo desconocido, ese pequeño momento y huyan de los detractores de la belleza en general y de lo aspiracional en particular, y disfruten de sentirse parte de algo más grande. La parte más insignificante de eso más grande, obvio.

La razón por la que todos los niños y niñas alguna vez han verbalizado que quieren ser astronautas es, precisamente, porque tienen intacta esa capacidad de proyectarse. Porque aún no han sido engullidos por la filosofía feísta, que es la consecuencia estética de la anticultura woke, que todo lo ha infectado. Aprendan de los niños.

Otro día les hablaré de los grandes negocios que se están montando en el espacio ultraterrestre, como el casino de criptomonedas que acaba de inaugurar Elon Musk en una de sus naves de SpaceX, o de cómo se está generando todo un corpus iuris spatialis que va a determinar la supervivencia de unos pocos y no de otros muchísimos en muy breve espacio de tiempo, sin que la gente terrícola se esté enterando de nada. Un temazo.

Pero hoy no. Hoy solo les quiero hablar de belleza y de lo muy necesario que es protegerla para nuestra propia supervivencia. Ya lo decía la canción: “que se mueran los feos…"