En el enroque sobre el tablero de ajedrez se mueven simultáneamente el rey y una torre para proteger al monarca y ofrecer más visión al resto. Es una jugada clásica de este juego que, por lo general, se hace cuando los caballos no pueden sorprender saltando casillas y los alfiles han perdido recorrido.

Trasladando el salto del tablero a la geopolítica, podría decirse que el Rey de España, al reclamar mayor protección de la frontera ceutí, realiza un enroque; Felipe VI se protege aplicando la jugada histórica del campeón de ajedrez de la Rusia Blanca, Alekhime, en una partida frente a León Totski. El campeón, detenido en una celda y desahuciado, le mostró al político su estilo en el momento del enroque y otros trucos que el líder bolchevique no conocía y que le salvaron la vida al ajedrecista, al que acabaron liberando.

La invasión de Ceuta a nado por el Tarajal, del pasado día 30 de julio, se realizó cerca de Tetuán, donde Marruecos celebraba la Fiesta del Trono, en el mismo palacio que ocupó el Alto Comisario español durante los años del Protectorado. Esta vez, con un discurso del monarca Mohamed VI “sin la menor mención a la huida en masa de su país de miles de jóvenes”, remarca el juicioso diplomático español, Jorge Dezcallar.

Se acerca el 23 de septiembre, fecha de los comicios marroquíes en los que destacan la renuncia del primer ministro Aziz Ajanuch y el intento de presentar una nueva coalición gubernamental por parte de Fouzi Lekjaa, ministro de Presupuestos, presidente de la Federación de Futbol de Marruecos y hombre indicado para organizar los Mundiales de 2030 junto a Portugal y España. El fútbol, que se arrodilló ante Donald Trump, vive ahora la disputa sobre el estadio en el que se celebrará la final del próximo campeonato. Como es bien sabido, hay que escoger entre el estadio en construcción Mohamed II, en Casablanca, con el mayor aforo del mundo, y el Santiago Bernabéu.

El complejo enjambre bilateral Madrid-Rabat atraviesa una tirantez que creíamos relajada, a pesar del Polisario y Argelia. Marruecos no es un socio fiable. Los servicios de inteligencia españoles confirman esta sensación y concluyen que, aunque Rabat no planeó la marea humana, la permitió y sacó provecho político de ella.

¿Chantaje? ¿Guerra híbrida? Las dos culturas, la hispana y la marroquí, se han vinculado al lenguaje de la controversia al estilo de las partidas de ajedrez en las que uno compone y el otro busca la solución no como victoria, sino como lo hace un problemista del escaque, que tiene un propósito en sí mismo. En el juego de mesa, la batalla no se libra entre blancas y negras sino entre el compositor y el hipotético solucionista; el encono no es útil para ninguno de los dos contrincantes; más bien la batalla les une porque la cuestión no es ganar o perder sino jugar y ser valorado por haber entendido el misterio de la mano.

Washington y Tel Aviv nos miran y participan en la crisis. Hablan de la flagrante violación de soberanía pero culpan a la política migratoria de Pedro Sánchez. Ceuta, el “enclave colonial” no contempla la devolución como en el caso singularísimo de Gibraltar. El colonialismo español es una reliquia, mientras que el británico es una promesa eternamente incumplida.

Un gran ajedrecista expresa en el juego sus ambiciones estilísticas, tal como mostró Alekhemi, recién terminada la Revolución de Octubre, en la histórica partida, en la que Trotski satisfizo su curiosidad y el campeón salvó su cuello. No se trataba de ganar sino de cumplir ambiciones con estilo. El ajedrez, contra lo que parece, no es un problema de álgebra; es más bien un soneto.

Al exigir la integridad territorial, Felipe VI considera esta crisis como un asunto de Estado ante el que los partidos deben aparcar sus diferencias. Esta es la finalidad del enroque, un movimiento aparentemente defensivo.