La cosa es así de sencilla y tal cual la pensaron los responsables políticos de Ensenyament: como la pruebas PISA van a demostrar que el sistema educativo en Cataluña es tercermundista y eso nos va a deja en mal lugar, vamos a eliminar de ellas a los peores alumnos, para disimular un poco.

Tiene su lógica: si los catalanes nos pasamos la vida con ese aire de superioridad respecto al resto de España, no podemos dejar que unas pruebas escolares lo desmientan.

El plan era este y no parecía tener ninguna fisura, lo que ocurre es que se les fue la mano y eximieron de las pruebas PISA a una cuarta parte del total de alumnos.

O peor todavía: no es que se les fuera la mano, es que esta cifra, la cuarta parte del total, son concretamente los alumnos que apenas saben hacer la o con un canuto y -en caso de que hicieran las pruebas de capacitación- demostrarían que el sistema educativo catalán es un auténtico fracaso.

La solución, ya que eliminarlos físicamente era problemático -seguro que algunas familias se quejarían, aunque no serían pocas las que agradecerían librarse para siempre de un inútil en casa- fue hacerlos desaparecer. No literalmente, por lo menos de momento, sino metafóricamente. Hacer como si no existieran.

No es que con este método el sistema educativo catalán mejore en nada, pero por lo menos disimulamos, que es de lo que se trata.

Si ya es triste que los estudiantes catalanes sean unos burros, si ya es doblemente triste que haya que hacer trampa para ocultarlo, que te pillen haciendo trampa es el colmo de la tristeza.

O tal vez no sea más que la demostración de que nuestros alumnos son burros porque también lo son los responsables políticos y los técnicos de Ensenyament. De los “pedagogos” ya ni hablemos, porque su inutilidad es cosa sabida desde el preciso momento en que se crearon esos estudios.

Descubrir que los estudiantes catalanes son un poco tontos habrá sido una sorpresa solamente para aquellas familias que no tengan hijos en edad escolar.

Quienes los tenemos, hace años que tenemos que reforzar en casa lo que no aprenden en la escuela, un lugar que se ha convertido prácticamente en guardería, por lo menos hasta que los niños empiezan el Bachiller, e incluso ahí el nivel es paupérrimo, lo mismo que en la universidad.

Añádanle a esto un buen número de profesores que sostienen que la disciplina y el trabajo son fascistas y que lo que debe primar en el aula es la felicidad del alumno, y tendrán una imagen completa de la situación escolar.

Por si lo anterior fuese poco, hay que sumarle además la dichosa inmersión lingüística, que hace que el sistema preste más atención a la lengua usada en las escuelas que a que éstas lleven a cabo la función para la que -se supone- fueron creadas: enseñar.

El resultado de todo lo anterior es que para que Cataluña tenga un nivel parejo al resto de comunidades autónomas en las pruebas PISA, hay que ocultar a una cuarta parte de los estudiantes.

Como las cosas no van a cambiar -ahí tenemos a la consellera Niubó disimulando, como si la cosa no fuera con ella-, de cara a las próximas pruebas PISA habrá que invisibilizar al 50% del alumnado, a ver si así mejoramos los resultados. Y si no, al 75%. O al 90%.

Hasta que llegue el día que un solo alumno catalán, convenientemente entrenado a propósito para ello durante todo un un año, se presente a las pruebas PISA en representación de todo el resto.

A ver si hay suerte y, aunque sea copiando o haciendo cualquier otra trampa, este alumno deja a Cataluña en buen lugar, que ya estamos hartos de ser el hazmerreír educativo de toda España.