Permítanme que, ahora que todo el mundo habla de Ceuta, yo les hable de Burgos. No porque no me importen nuestros convecinos ceutíes, sino porque, al final, de lo que quiero hablarles es de trata de personas, justo cuando el pasado 30 de julio se conmemoró el Día Internacional contra la Trata de Personas: una de esas efemérides absolutamente inútiles que promueve la ONU, organismo que no hace nada de nada por evitarlo y que también tiene mucho que ver con Ceuta. Pero eso, para otro día.
Les pongo en situación, aunque quizá a muchos ya les suene el caso. Esta semana ha saltado la noticia de que, desde marzo de 2026, más de treinta mujeres brasileñas con pasaporte belga habían acudido a dar a luz al Hospital Universitario de Burgos. Aparecían de la nada entre las semanas 39 y 40 de embarazo y, después del parto, desaparecían. Además, se daba la circunstancia de que la mayoría llegaba acompañada por el mismo hombre y facilitaba la misma dirección en España, situada en un pequeño pueblo cercano de unos quinientos habitantes. El escondite perfecto.
Alguno de los magníficos profesionales del HUBU (como se conoce coloquialmente al Hospital Universitario de Burgos) dio la voz de alarma y, desde entonces, la policía desarrolla una investigación en la que, por la información que ha trascendido, no parece estar dando pie con bola.
Una de las hipótesis que se barajan es que se trata de mujeres que vienen de Bélgica a España para ahorrarse los costes del parto. Según datos sanitarios, las mujeres acaban pagando en Bélgica unos 200 euros por dar a luz en la sanidad pública, ya que existe un modelo de copago que después sufraga casi por completo la Seguridad Social. Más o menos como en Francia. Yo diría que cuesta bastante más de 200 euros venir a parir a Burgos, permanecer aquí dos semanas y pagar viajes y estancia, así que la tesis económica tiene poco fundamento.
Otra de las hipótesis, bastante infantil, consiste en dar por hecho que, por tener pasaporte belga, las mujeres regresaron automáticamente a Bélgica después de parir, como si no pudieran desplazarse por otros países del espacio Schengen sin enseñar un solo papel. De nuevo, una teoría fallida.
Y, por supuesto, por esa misma razón tampoco sabemos si llegaron directamente desde Bélgica o si antes pasaron por otro país de la Unión Europea. Por tanto, sugiero a las autoridades policiales que afinen un poco sus pesquisas y, si quieren, tengan en cuenta un par de datos que paso a aportarles.
A mi juicio, todo apunta a que estamos ante una red de trata de personas dedicada al tráfico de bebés mediante vientres de alquiler. Lo sugiere el hecho de que todas las mujeres sean brasileñas y tengan pasaporte del mismo país. Seguramente fueron trasladadas desde Brasil ad hoc para este negocio; es decir, para ser utilizadas como incubadoras humanas. Una vez en Europa, concretamente en Bélgica, se les tramitaría la documentación, incluida, por supuesto, la Tarjeta Sanitaria Europea, que cubre prácticamente cualquier coste sanitario en todos los países de la Unión Europea.
¿Por qué llegan a Bélgica? Porque Bélgica es uno de los países europeos donde más organizaciones criminales operan, asentadas con total impunidad. Los tres países del Benelux son desde hace tiempo territorio comanche en manos de las mafias de la droga y la trata de personas, por lo que no resulta difícil suponer que ya existiera una estructura previa para trasladar mujeres, seguramente captadas para la prostitución y abastecer los burdeles legales de Bélgica, Países Bajos y Alemania.
Así que llevar a esas mujeres desde Brasil a Bélgica “legalmente” sería relativamente fácil. Bastaría con que aceptaran una oferta de trabajo en la prostitución.
¿Y por qué vienen a parir a Burgos? En primer lugar, porque ¿quién va a pensar que algo así puede ocurrir en Burgos, el corazón de la España vaciada? De hecho, han tardado varios meses en dar la voz de alarma y en apreciar que algo extraño estaba sucediendo con esas mujeres: el mismo hombre acompañaba a todas mientras se alojaban en un piso de un pueblo perdido de la mano de Dios. Una logística excelente. Y, además, ahora sí, una atención médica completamente gratuita, sin copagos.
Ese empeño en ahorrar hasta el último céntimo también nos da una pista interesante sobre el tipo de mafia que, en mi opinión, está operando en este caso: una mafia low cost. Porque, como llevo repitiendo hasta la saciedad desde que me metí en el tema de la explotación reproductiva, siempre que se abre un mercado blanco aparece automáticamente un mercado negro, también de bebés nacidos mediante vientres de alquiler. Por tanto, esas criaturas podrían acabar en cualquier parte, no necesariamente en Bélgica.
Además, el de Burgos no sería un caso aislado ni el primero en Europa. Desde que en 2014 se legalizaron los vientres de alquiler en Grecia, médicos y organizaciones feministas han denunciado que cientos de mujeres de Europa del Este, sobre todo de Albania y Macedonia, llegaban a Grecia de la nada para parir y desaparecían automáticamente después del parto. Con esos niños se nutre el mercado legal e ilegal de los vientres de alquiler, casi siempre low cost. Porque recuerden que ser pobre no convierte automáticamente a nadie en buena persona.
La manera de acabar con este infecto mercadeo de menores es una sola y bien conocida: la prohibición mundial y total de los vientres de alquiler y el cumplimiento de las penas de cárcel como las ya previstas en nuestro Código Penal, que increíblemente no se cumplen porque la fiscalía ni investiga ni acusa a quien cree que puede acceder a un bebé como si fuera una mascota.
Por tanto, nuestros queridos agentes deberían ampliar un poco el abanico de sus investigaciones y considerar seriamente la hipótesis de que estamos ante una red de trata de personas y de que esos niños serán entregados por sus tratantes a personas que pagan por ellos y que, con ello, vulneran todos los derechos humanos de las madres y de los propios niños. Y les adelanto, sin miedo a equivocarme, que la mala gente siempre es la culpable de esto.
