Este año apunta a récord, y no de los buenos.

La superficie quemada en julio es siete veces la quemada el año pasado y nada hace prever un agosto calmado.

Que se quemen bosques es “normal” en nuestro clima, que fallezcan personas y se arrasen viviendas, no. No solo hay más hectáreas calcinadas este año, de 24.000 a más de 175.000, sino muchos más incendios, de 129 a 343, y, sobre todo, muchos más grandes incendios, con más de 500 hectáreas afectadas, 32 frente a 7 el año pasado. Y el año pasado fue un año realmente malo, el peor en el siglo XXI y el peor desde 1994.

La masa forestal no para de crecer en nuestro país, sobre todo porque el mundo rural se está despoblando. Un campo que no se cultiva se acaba convirtiendo en masa forestal y parte de esta, en bosque. La naturaleza recupera el terreno perdido en cuanto puede, y eso no es necesariamente malo. Lo que es malo es que no hagamos lo suficiente por proteger a los ciudadanos.

Desde mediados del siglo XIX al primer tercio del siglo XX España se estaba desforestando gracias al crecimiento de la población y la tecnificación del campo. Por diferentes motivos económicos y sociales se talaron bosques para ganar tierra de cultivo. Ese crecimiento se paró más o menos con nuestra Guerra Civil, estabilizándose la masa forestal.

Fue a partir de 1980 cuando el bosque comenzó a ganar terreno a los cultivos, entre otras causas porque la Política Agraria Común de la Unión Europea nos obligó, pagando, a abandonar muchos cultivos. Se dejaron de cultivar más de dos millones de hectáreas. A finales del siglo XX había un 25% más de superficie arbolada que en 1.900.

El abandono del campo no ha hecho más que crecer y hoy España es el segundo país de Europa en masa forestal, solo superado por Suecia. 28 millones de hectáreas, más de la mitad de nuestra superficie, es mucha, muchísima masa forestal. Y en arbolado es el tercero.

Si a esto le añadimos nuestro clima, seco y cálido en verano, tenemos la combinación perfecta para que una chispa prenda un incendio. Cuando cae un rayo, cuando hay alguna negligencia o cuando un desalmado prende un bosque, es inevitable que haya un incendio. Lo que es evitable es que el incendio escale y escale y sea muy complicado apagarlo.

España gasta mucho en reforestación, poco en extinción (4.000 millones el año pasado, récord… de momento) y casi nada en prevención (143 millones, cifra que es cada año menor, ahora es la mitad que en 2009), y eso nos está llevando a la situación de este año, con incendios enormes que obligan al desalojo de las personas y que acaban con tragedias humanas y pérdida de patrimonio.

Además este año se han generalizado las órdenes de confinamiento y evacuación que dejan todavía más desprotegidas a las poblaciones. No todo ciudadano puede ayudar, pero tampoco parece sensato que se obligue a abandonar su casa a quien conoce el terreno y puede echar una mano cualificada.

Lo que ocurre con los incendios es algo similar a lo que ocurre con las inundaciones. Nuestro clima es propenso a estos desastres y es igual que se crea una cosa o la contraria respecto al cambio climático, se van a seguir produciendo todos los años, y algunos con gran virulencia. No vale hablar, hay que actuar, y lo grave es que no es ni tan difícil ni tan caro.

La limpieza de los montes, la creación y mantenimiento de cortafuegos, el mantenimiento de los medios de extinción, la compra de más material… no hace falta ser un experto para darse cuenta que hay muchas medidas que se pueden acometer para reducir el impacto de los incendios, lo mismo que para la contención del daño de las inundaciones o de las sequías.

Sacar a los santos en procesión cuando no llueve o rezar a Santa Bárbara para que no caigan rayos en el bosque no es suficiente.