El 12 de agosto, entre las 20.26 y las 20.33, millones de personas en España mirarán al cielo. Será el primer eclipse total de Sol visible desde la Península en más de un siglo, y la franja de totalidad cruzará el país de Galicia a Baleares en plena hora dorada del verano.

El Gobierno ha activado un plan específico de protección civil, los alojamientos de la franja llevan meses agotados y hay pueblos medio vacíos del centro peninsular preparándose para recibir a más visitantes en una tarde que en toda su historia reciente. Es un acontecimiento precioso. Y precisamente por eso, es también una oportunidad de negocio para quien vive del engaño.

Llevo 25 años trabajando en ciberseguridad y hay una regla que no ha fallado nunca, el delincuente digital no ataca a la tecnología, ataca a la atención. Cada gran evento colectivo, un mundial, unas elecciones, una catástrofe, un concierto con entradas agotadas, genera su propia cosecha de fraude.

El eclipse no será una excepción. Ya estamos viendo los primeros movimientos, dominios recién registrados con la palabra eclipse, supuestas quedadas premium en pueblos con nombre y apellido, gafas milagrosas sin certificación real y mapas exclusivos que llegan por SMS con un enlace que nadie ha pedido.

Para el ciudadano, la receta es menos técnica de lo que parece. Las gafas se compran en ópticas y comercios verificados, con certificación ISO 12312-2, porque lo que está en juego no es la cartera sino la retina. Las reservas se pagan dentro de las plataformas oficiales, nunca por transferencia o Bizum a un desconocido que tiene mucha prisa. Los enlaces no se clican, la web del Instituto Geográfico Nacional se escribe a mano en el navegador, que para eso existe.

Y conviene asumir que en las zonas de observación la cobertura móvil estará saturada, así que habrá mapas descargados, batería externa y un punto de encuentro físico acordado antes de salir de casa. La urgencia es el perfume del fraude. Si algo exige decidir ahora mismo, casi siempre merece decidir que no.

Pero el 12 de agosto me preocupa también por lo que no se ve desde el campo de observación. Un eclipse total no es solo un espectáculo, es un evento de estrés para infraestructuras críticas. Hacia las 20.30, la generación fotovoltaica caerá de golpe en media Península y volverá a subir minutos después, una rampa que los operadores de red tienen prevista y ensayada, pero que crea el escenario perfecto para que una anomalía provocada pase desapercibida entre las anomalías esperadas.

Las redes de telecomunicaciones de zonas rurales soportará picos de tráfico para los que no fueron dimensionadas. Y todo ello ocurrirá en agosto, con las plantillas de los centros de operaciones de seguridad reducidas al mínimo y con medio país pendiente del cielo.

Quien planifica un ataque no elige el momento al azar. Elige la distracción. Por eso las agencias de ciberseguridad, la catalana, la estatal y las del resto de comunidades, hacen bien en extremar precauciones estos días, y por eso las empresas deberían imitarlas.

No hace falta un búnker, hace falta reforzar turnos entre el 11 y el 13 de agosto, ajustar los umbrales de alerta, vigilar los dominios que explotan el tem del eclipse, repasar los planes de continuidad con los proveedores críticos y dedicar 10 minutos a avisar a empleados y clientes de que estos días llegarán correos muy convincentes que no deben abrir.

La ventaja del defensor es que esta ventana de exposición tiene fecha y hora exactas. Pocas veces el adversario nos regala el calendario.

Hay algo casi poético en todo esto. Un eclipse es el recordatorio de que fenómenos inmensos pueden predecirse al segundo con siglos de antelación, y sin embargo seguimos sin predecir el clic que abre la puerta equivocada.

La astronomía ha hecho su trabajo, sabemos dónde estará la Luna el 12 de agosto a las 20.28. La ciberseguridad consiste en hacer el nuestro, saber dónde estará nuestra atención en ese mismo instante, y quién puede estar contando con que no esté donde debe.

Disfruten del eclipse. Miren al cielo con las gafas adecuadas y guarden el teléfono en el bolsillo, que para dos minutos de corona solar no hace falta pantalla. El único apagón de esa tarde debe ser el del Sol. De que no haya ningún otro nos ocupamos los demás.